La licenciatura de la vida
Si hay algo incuestionable en nuestra existencia es que todos somos prescindibles, completamente, una madre ilustrándonos durante nueve sufridos meses, que el amor es asunto altruista, generoso, y nuestro cronómetro se pone en marcha, comienza la cuenta atrás y, efectivamente, el mundo que vamos a conocer, ya giraba antes, y seguirá haciéndolo, naturalmente, cuando nuestro corazón agote la pila. Poseemos la dudosa honra de sentirnos una pieza esencial, irreemplazable, en todo este barullo de vida que nos traemos, y ese protagonismo, bajo mi punto de vista, tajante egoísmo, que adquirimos con total naturalidad, es fruto de modelos sociales que se han ido transformando con el paso del tiempo.
Padres y profesores, educadores en conjunto, insisten, desde bien temprano, en asegurarse de que sus retoños o alumnos comprendan que para triunfar en la vida es obligatorio sacar buenas notas, intentar ser el mejor de la clase y llegar a la Universidad, a pesar de que ésta pueda ser el lugar menos estimulante y provechoso que exista para muchas personas. Pisamos, alegremente los pocos, y entre sollozos la mayoría, un centro educativo y comienza la batalla, si el discípulo posee unas habilidades intelectuales compatibles con el modelo educativo del momento todo irá bien, será distinguido como un niño o niña inteligente, alabado constantemente por sus buenos resultados en cada circo escolar, mediante una competición férrea en destacar por encima de todos sus compañeros o, dicho de un modo más acertado, sus adversarios, sin remordimientos ni misericordia, en una lucha de todos contra todos. Y los otros, pobres de los otros, quizá poseen unas cualidades intelectuales magníficas, pero no son compatibles con el patrón didáctico de turno, sin ocasión de desarrollarlas, ni aprovecharlas, serán segregados y condenados al llamado fracaso escolar, o inevitablemente van a tener que esperar, sumisos, malgastando unos años tan relevantes para que por fin les llegue su momento, si aún no es tarde, y puedan libremente aprender y desarrollar unas capacidades intelectuales distintas, pero no por ello menos virtuosas que los triunfitos académicos.
Como toda carrera de fondo, se pone interesante entrada bien en materia, y muchos de esos adolescentes que fueron tildados de mediocres estudiantes, que tiene pelotas la cosa, acaban desarrollando una profesión que les entusiasma, les motiva día a día y enriquece sus vidas, auténticos peritos de su profesión, o eruditos en adaptarse a los cambios y sobrevivir, aspecto, este último, que se pasan por alto en los centros educativos, cegados en baremar académicamente a los alumnos, ignorando que la inteligencia abarca más campos de los que habitualmente se analizan, y que solemos considerar, entonces, aquel niño catalogado desde la infancia como perdedor, hoy nos alecciona a que en muchas ocasiones no basta con ser un buen estudiante y cosechar muchos diplomas, probablemente saber adaptarse a los cambios, interpretar acertadamente las distintas etapas y su evolución se convierte en la licenciatura más rentable de la vida.
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