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El deán de Compostela, asturiano de Coaña

12 de Octubre del 2012 - Antonio Parra (Cudillero)

El flujo de peregrinos a Compostela ha sido este verano tan incesante como misterioso. Pasan por la vieja carretera de Canero evitando el puente, descienden por la trocha que pasando por delante de Casa Mariño –el restaurante donde mejor se come en España–, cruzan el sendero en la margen derecha del río Uncín donde se yergue aún la vieja iglesia del asilo de la Magdalena y, atravesando la calle sombreada de robles, humeros y algún nocéu, trepan por el Revellín hacia las cuestas de Lamuño y la rasa de Salamir hasta el antiquísimo albergue de Soto de Luiña donde estuvo el antiguo hospital del Medievo, con sus mochilas a cuestas, el bordón y las veneras. Una fuerza interior los proyecta hacia el Campus Stellae. A la Jerusalén celestial se llega por el Oeste porque la oriental está en guerra. Fuerza interior, dinámica del cristianismo. Ésta es la cara oculta de nuestra religión. Al verlos pasar y saludarlos en inglés, francés o alemán desde el lauredal que mi familia conservó librándolo de los estragos y deforestación de la autopista (Quico ha sido un buen alcalde), entono el «Veni, Creator». Esta oleada masiva de «pilgrims», «wallfahrter», «pelerines» y «palomniki» en ruso –porque este año también llegaron rusos– evidencia la búsqueda de un algo. Para mí, que soy creyente mozárabe y la mozarabía entraña buena parte de persecución y de martirio, es un signo de la presencia de Cristo en la Historia y por otra parte el desencanto de una Europa regida y dominada por el laicismo materialista de una oligarquía endogámica de políticos teóricamente elegidos por el pueblo pero en la práctica palafreneros del sistema de las leyes mercantilistas. Tengamos esperanza. Es la mejor noticia de este estío pasado en llamas el hecho de la oleada masiva de peregrinos. Que se complementa con la aparición del Códice Calixtino. ¡Ay, don José María Díaz Fernández, el deán de la metropolitana de Santiago, cuánto ha sufrido su reverencia! Conozco a este buen sacerdote desde mis tiempos de Seminario. Es un asturiano de Coaña, algo socarrón. Cursó estudios en Mondoñedo y en la pontificia de Salamanca. Sabe mucho de la historia de la Iglesia en su parte divina y en la humana. Emigró a Galicia de muy niño. De Asturias le queda el encanto de su acento corito, que tanto nos sorprendía en la ciudad del acueducto a los educandos de la Ciudad del Acueducto. Íbamos al viejo caserón del siglo XVI a que nos desbravaran. Él supo hacerlo con mano de hierro y pulso de seda. Y algo de ese ferrete coruñés que tanto se parece al humor ovetense. Los que vituperaron, calumniaron al deán compostelano –uno de los mejores conocedores del alma jacobea, conocimientos que ha esparcido a lo largo de sus escritos, media docena de libros publicados, es también un gran poeta– y lo tuvieron al punto de la muerte desconocen que el Calixtino era un tesauro o libro magistral que se mantiene en régimen semiabierto. Es lo mejor en archivística, lo más democrático, el acceso libre bajo ciertos condicionantes. Él no tuvo la culpa de que en el edificio hubiera un amigo de lo ajeno que por todas las trazas no está en sus cabales. En la correspondencia que sostuvimos a lo largo del pasado año yo lo animaba y le daba esperanzas. «Ya verá, señor deán, cómo encuentran el tesoro robado. Obrará el apóstol un milagro», así lo hice constar en una de mis bitácoras hace un par de meses. Y Boanerges hizo el milagro gracias a la pericia y constancia de un Policía avilesino. Ha tenido que producirse el hallazgo para que el Calixtino arrasase en los telediarios «prime time» y sea objeto de la curiosidad general. Aquí, para que te hagan caso, hay que robar o matar u organizar un parque temático. La culpa del robo no la tuvo el señor deán, sino la incuria general, el desapego del público español por sus cosas. Parece ser que la historia de España la están escribiendo anglosajones en menoscabo de lo autóctono. En la cosa pública hay muchos personajes que hablan, escriben o se desgañitan sin conocimiento de causa o sin tener nada que decir ni que de hablar. Poco imitan en eso a los ingleses, a los norteamericanos, muy documentados y con intención por lo general. Y nada se diga de los franceses, los cuales son admirables y muy mirados para lo suyo, a fuer de chovinistas. Oh la la.

Nadie sabía qué era el Calixtino ni lo que dice, por ejemplo, de los vascos. Este vademécum de peregrinaciones recomienda a devotos y usuarios que se abstengan de cruzar Vascongadas porque les pueden atracar o matar. Además, allí era un región que no estaba romanizada –andaban tan salvajes que en los caseríos los pastores de la majada, a falta de hembra, se lo montaban con su mula o con su cabra.

Albricias, sin embargo, don José María, salvamos. En agradecimiento él lleva sobre su sotana la cruz colorada de los caballeros santiaguistas, la misma que ostentaron Felipe IV, Quevedo, Lope. No se la quite de la pechera, señor. Santiago, de la misma manera que nos devolvió el libro perdido, nos sacará de la crisis económica y de valores en que yacemos.

Antonio Parra, periodista y archivero documentalista jubilado del Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, Cudillero

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