Por don Alvaro

7 de Septiembre del 2012 - José Galán Arias (Oviedo)

En la despedida de don Álvaro de su queridísima parroquia de San Juan el Real de Oviedo uno quiere dejar muy clara su opinión ante este insensato traslado.

Los católicos asturianos de la segunda mitad del siglo XX hemos tenido la fortuna de tener por cabeza de la Iglesia a dos hombres que ya están en la Historia: su eminencia don Vicente Enrique y Tarancón y monseñor don Gabino Díaz Merchán. Ellos dejaron el listón altísimo y creo que tal comunidad se merecía una prolongación a tono con sus predecesores, pero no ha sido así.

Un buen día aterrizó como arzobispo de la Regia Sedes un tal Osoro, que al poco tiempo se fue por la puerta de atrás dejando tras de sí poco menos que tierra quemada. A este ciudadano le ha sucedido otro tal Sanz Montes cuya idea más luminosa ha sido descabezar por completo la parroquia de San Juan el Real de Oviedo, tal vez la más importante de Asturias.

He nacido y vivido a unos treinta metros de la iglesia de San Juan. Me he bautizado y confirmado en ella. Mis hijos y nietos también se han bautizado, confirmado y casado en ella. Recuerdo a don Hermógenes; a los inolvidables don Marcelo, don Luis, don Javier Conde, don «Bene» (camino de los altares) y a otros dos sacerdotes de los que me disculpo por no recordar su nombre... y, por supuestísimo, al gran, inmenso y llorado don Fernando.

Don Álvaro fue la mano derecha de don Fernando durante más de treinta años. Él enseñó el catecismo, o lo que es lo mismo las nociones básicas del catolicismo, a todos, he dicho todos, los pequeños feligreses de San Juan durante tanto tiempo... lo que supone conocerlos con nombres, apellidos y circunstancias de cada uno. Él escuchó en confesión a buena parte de su feligresía y, doy fe, cerró los ojos de otros tantos en su encuentro con el Señor.

Pues bien, en la gloria de Dios don Fernando, al Arzobispo sólo se le ocurre la «maravillosa» idea de hacer tabula rasa de la parroquia de San Juan el Real y a quien estaba absolutamente al tanto de todo se lo envía a otro lado y son nombrados párroco y coadyutor dos sacerdotes que desconocen por completo lo que se van a encontrar.

Podría contar cuánto le debo, quiero y por qué a don Álvaro; pero como me consta que a él no le gustaría, me lo reservo.

Señor Sanz: como ni de lejos tengo ningún voto de obediencia a nadie, le digo a las claras que ha metido usted la pata clamorosamente. Le deseo un rápido cambio de destino y que su apostolado, lejos de nuestra tierra, sea más afortunado que el que infaustamente ha demostrado en esta archidiócesis que, como a su antecesor, le ha venido muy, muy, muy grande.

Don Álvaro: gracias por tanto como mi familia y yo le debemos, y mi abrazo más emocionado.

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