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La estima del cazador

10 de Septiembre del 2012 - Eduardo Bros Martínez (Oviedo)

Vivimos los cazadores una situación, cuando menos, difícil, que se alarga ya demasiado en el tiempo, sostenida y alentada desde organizaciones de ascendencia común predeterminadas a través del oportunismo mediático, a crear confusión, distorsionando interesadamente la realidad de un asunto trascendente, de gran repercusión social y económica, representado en estos campos por la actividad cinegética como uno de sus principales válidos.

La caza parece cada día más supeditada a la evolución que ha experimentado nuestra sociedad, caracterizada por una visión contemplativa sublime de la fauna silvestre y la flora. Si hubiera que buscar los valores tradicionales de la caza seguramente los hallaríamos en la concepción y desarrollo de su impecable ejercicio, en el que no deben brillar con su presencia e inadecuado proceder y estar exentos de su participación aquellos quienes hacen del estilo ético que se requiere para cazar algo distinto de sus principios de buena práctica.

El cazador, al tiempo actual, se encuentra ante un conflicto que afecta a su credibilidad, le rodea una controversia de intereses contrapuestos que alteran e inciden de forma negativa en su prestigio, generada y propagada por aquellos que le evalúan como un belicoso agresor a la naturaleza, obviando esta casta o estirpe crítica, conceder la valoración justa y necesaria de su esencial parte contributiva en la conservación medioambiental a través de la defensa y aprovechamiento sostenible de los recursos naturales renovables (las especies cinegéticas también lo son).

Ante estas actitudes subjetivas, que persiguen descrédito para el cazador, que arrecian en improperios estereotipados nada edificantes, tratando de mancillar su honor sin conseguirlo del todo y sobremanera especial, clasificado conceptualmente fuera del fundamento del que hace el bien, pretendiendo situarlo en el interior de un escaparate público en el que ser contemplado como una «rara avis» extinguida, cargado de funestos despropósitos y recriminado por la acción de su ejercicio, lo mejor que puede hacer el cazador responsable es reafirmarse como tal, desde el debido respeto a otros idearios.

El cazador ante estas actitudes siente amenazada su libertad de cazar; para evitarlo debe reinvertir la tendenciosidad de las acusaciones insustanciales recibidas de quienes así le tratan y las consecuencias negativas que producen. En su mano está el dar a conocer a la sociedad –es notoria la falta de un sentido reivindicativo de lo que supone su buen ejercicio– recordando una vez más, a modo de información veraz, la constante eficacia de su contribución en la defensa del medio ambiente a través del control, fomento y protección de la fauna cinegética y aquella otra protegida llevada a cabo en Asturias por un extenso y competente cuerpo de profesionales dedicados en exclusiva a esta labor tan encomiable, que firma convenios de colaboración con entidades protectoras de animales en peligro de extinción, que restringe o anula su actividad si fuera necesario y que en definitiva mantiene lazos armónicos, como objetivo irrenunciable, con y para la naturaleza en todo su conjunto.

Bien es cierto que entre los cazadores se encuentran elementos extraños –en este sentido, al igual que en cualquier otro orden de la vida– incrustados en sus filas que llevan a cabo praxis contrarias a su necesario entendimiento (sirva este ejemplo como autocrítica), que los hace sufrir y soportar de envites indecorosos, agresiones dialécticas que descapitalizan su honra, en muchos casos bien ganada. Una situación de facto difícil de erradicar su comportamiento hostil, que facilita ahondar más si cabe en el distanciamiento hacia la necesaria e imprescindible comprensión de una actividad responsable por aquellos que la consideran innecesaria e injustificada.

Eduardo Bros Martínez, Oviedo

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