Necesidad de reivindicar la política
No es cierto que la ciudadanía española y asturiana deteste la política pues las manifestaciones de julio son un claro y meridiano ejemplo de la intensidad con la que se están viviendo los problemas que padecen este país y esta comunidad autónoma. Ese caudal de indignación, de rabia y de solidaridad por unos recortes que afectan a los mismos de siempre es muy posible que no sea canalizado por los partidos políticos al uso, por una razón muy sencilla: porque los españoles y los asturianos, en un gran número, no se sienten representados por una clase dirigente desmesuradamente profesionalizada y que defiende su statu quo en congresos y asambleas sin ver más allá de las paredes de sus despachos oficiales, instituciones o agrupaciones.
La ciudadanía ha dicho basta a tanta palabrería sin sentido ni medida, a recortes injustificados a los que menos tienen y a la destrucción de una clase media que, sociológicamente, ha sido el motor político y económico de España y de Asturias.
Llevamos más de treinta años de autonomía en el Principado de Asturias y en las instituciones y cúpulas de los partidos siempre vemos las mismas caras, las mismas representaciones de los aparatos de partido, con discursos reiterativos y agotados que van conduciendo, inexorablemente, al hartazgo y al hastío de la política de unos ciudadanos, particularmente los más jóvenes, a quienes ya no dicen nada esas argumentaciones sobre el interés general que los próceres del foro dicen representar.
Los últimos procesos electorales vividos en el Principado de Asturias son un ejemplo más que claro de que tanto el Partido Popular como el Partido Socialista Obrero Español ya no llegan al corazón de quienes en otros tiempos, no tan lejanos, fueron adeptos a sus causas. Los dos grandes partidos asturianos han obtenido los peores resultados de su historia, pero nada cambia, todo permanece inalterado, con los mismos discursos, planteamientos y programas, sin caer en la cuenta de que esta sociedad, el sistema, está cambiando a una velocidad de vértigo y que quizás haya llegado el momento de que otras fuerzas políticas –o quizás sociales– tomen el relevo en las aspiraciones de unos ciudadanos cada día más desencantados de una clase política a cuyos miembros ya no considera sus representantes. Un ejemplo claro de esto que digo es la fuerte irrupción en Grecia de una organización política de izquierda como Syriza, que obtuvo un excelente resultado como consecuencia de la descomposición de los dos grandes partidos helenos: el Pasok y Nueva Democracia.
No obstante todo lo anterior, aún hay muchas personas que piensan, pensamos, que la política es una actividad necesaria para solventar los problemas económicos, sociales y vitales que los crudos momentos actuales nos deparan. Que es necesario reivindicar la esencia ideológica que desde el fin de la II Guerra Mundial nos llevó a vivir en Europa uno de los momentos de mayor bienestar posible y en ese loable propósito la socialdemocracia jugó un papel destacado al punto de ser el movimiento ideológico que más ha contribuido al progreso de la Humanidad.
Algunos no podemos, en estos tiempos descorazonadores, olvidar nuestras raíces, ponerlas en valor y reivindicarlas; los años de lucha por unas ideas que buscaban un mundo mejor, más igualitario y más permeable al debate de ideas, de opiniones y de planteamientos opuestos, pero dirigidos a lograr un clima de consenso y armonía.
Es hora de que la férrea estructura interna de los partidos hegemónicos se flexibilice, que dé paso a ideas, planteamientos, criterios y personas que insuflen aire fresco a unas ideologías que deben, inexorablemente, adecuarse a los cambiantes tiempos que estamos viviendo.
Como punto de partida, la clase política debería limitar el tiempo de su estancia en cargos institucionales y orgánicos, por higiene democrática y por sentido común. El impulso, la energía, las ideas y el esfuerzo se acaban agotando o acomodando; no es lo mismo el inicio de una andadura gubernativa, como secretario/a general o como diputado/a que una vez transcurridos, pongamos por caso, veinticuatro años. Las fuerzas se van agotando y el impulso se desinfla por el paso del tiempo. Ocho años es un tiempo más que suficiente para llevar a cabo el programa que cualquier dirigente, institucional u orgánico, pudiera plantear y después pasar a un segundo o tercer plano apoyando, eso sí, con su experiencia y veteranía, a quienes tomasen el relevo.
Y no conviene acumular cargos; no es bueno ni mental, ni físicamente. Quien ostenta un cargo institucional, elegido por la voluntad de los ciudadanos o por designación de quien manda, no puede ser al mismo tiempo alto cargo del partido ni, incluso, su máxima autoridad. Los cargos orgánicos están por representar el ideario del partido, ser la correa de transmisión ideológica hacia quien ocupa puestos en el Gobierno o en la oposición, sea en la autonomía o en los ayuntamientos, mientras que los cargos institucionales representan y están a disposición de los ciudadanos que los han votado, sean éstos militantes del partido o no.
Como decía José María Maravall, una de las figuras más destacadas del PSOE en la transición y en los primeros gobiernos socialistas, persona de profundas convicciones socialdemócratas, «resulta conveniente una nueva relectura del pasado para legitimar la política del presente».
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