Don Mariano y don Alfredo, personajes únicos
Soy uno de los millones de españoles que, desde hace tiempo, asiste perplejo y «acongojado» ante la deriva que tomó y lleva esta España nuestra. Como buen aldeano, aplico simplemente el sentido común a la difícil situación que hace años ya se inició y le encuentro solución: «Haz las cosas bien, a conciencia, y sobre todo no pretendas eructar jamón si has comido sopas de ajo». En «Román Paladino», trabaja y no gastes más de lo que ganas ni vivas por encima de tus posibilidades.
Desgraciadamente, el sentido común en nuestros gobernantes está parapléjico. En su lugar se instaló un «palabro» que está acabando con el mundo: egoísmo. Por egoísmo quieren el poder y desde él mentir, prevaricar, enriquecerse, colocar a los suyos, favorecer a los grandes y un largo etcétera, etcétera.
Si este par de hipócritas, cabezas de los dos grandes partidos culpables de lo que pasa, tuviesen un mínimo de sentido común, de honradez y me atrevería a decir de vergüenza, se sentarían frente a frente, se mirarían a esos ojos vacíos y se dirían: tú has engañado y yo he engañado, tú colocaste a los tuyos, yo coloqué a los míos, tú has permitido la corrupción, yo he permitido la corrupción, yo derroché y tu derrochaste. Consecuencia de todo esto son 6 millones de parados que llevamos sobre nuestras espaldas. Esto hay que arreglarlo tirando los dos del carro y en la misma dirección. Y cuando todo vuelva a la normalidad, volveremos a echarnos zancadillas para lograr el poder, volveremos a derrochar, a mentir, a hacer la vista gorda ante corruptelas, pero ahora hay que sacar esto adelante, hay que dar de comer a los hambrientos, no hay que llevarlos a un estado de desesperación que tomen la Bastilla en la que vivimos y nos decapiten, porque entre nosotros, y sin que se entere nadie, es lo que merecemos. Tiremos juntos del carro, aunque las ruedas de mi lado chirríen y las del tuyo también. Tiempo tendremos luego para seguir haciendo de las nuestras. Aunque el pueblo nos importe un bledo, tenemos que hacerles creer que sí nos interesa yendo juntos de la mano, porque ni tú con lo que predicas ni yo con lo que hago arreglaremos esto. Démonos un abrazo de cara a la galería, eso sí, con los colmillos bien afilados, para clavárnoslos en mejor ocasión.
Adiós Alfredo. Adiós Mariano.
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