Asturias: «Science Fiction» o nueva frontera.
El desarrollo tecnológico avoca a una nueva era, pero nuestro escaso desarrollo social no está por la labor de traspasar esa puerta, y preferimos quedarnos en el infierno tradicional. Hay personas convencidas de que nuestro problema es la falta de productividad: que nuestros trabajadores deben trabajar más y ganar menos. Para ellos todo debe seguir igual: los demás para servirles. ¿Acaso es mala la productividad de USA o de Japón, con sus millones de robots trabajando día y noche? Sin embargo padecen la misma crisis. «¿Qué futuro nos aguarda?», se preguntaba el filósofo Adam Schaff ya en 1985, vaticinando que el obrero ya había muerto y que la clase asalariada desaparecería. Luego, ya en 1995, el economista Jeremy Rifkin nos pronostica «El fin del trabajo», con la globalización y las nuevas tecnologías exacerbando a la productividad y generando desempleo. Lo cierto es que si en Asturias tenemos problemas de productividad es, precisamente, por no tener medios robotizados, ni haber preparado a nuestras gentes para su uso generalizado, ni demandando, a nuestros emprendedores vividores de lo público, que siguiesen ese camino.
Hace tiempo que me imagino un futuro de Asturias centrado en la capacidad productiva de sus valles: selvicultura, ganadería, agricultura, acuicultura... En resumen: industria alimentaría y de madera. Pero eso sí, cambiando el modelo a minifábricas muy automatizadas: empresas familiares que dispersas por valles y quintanas, cooperan y constituyen asociativamente grandes empresas corporativas que comercializan sus productos, con su envasado y marca homologada, en las grandes superficies del mundo. Deberíamos ser capaces de lograrlo con la colaboración de las nuevas tecnologías y del trabajo asociado. Desarrollaríamos con éxito el «know how» para producir en los valles mientras la gran metrópoli central: gestiona, comercializa, investiga, y desarrolla lo necesario. De la fabricación de armas y vehículos militares, pasaríamos a la fabricación de maquinaria automatizada y de vehículos para el trabajo en el campo y la montaña. Se multiplicarían por doquier: prensas, matricerias y máquinas de inyección de plásticos o de fundición inyectada. Todas de escaso uso y extrañas en Asturias. Se facilitaría así la maquinaria necesaria para que esas mini fábricas, que darían valor añadido a sus valles, funcionasen.
Hace cuarenta y cinco años se fundó la Central Lechera Asturiana. Entonces, y ahora, se transportaba la leche hasta la gran fábrica central. Pero el producto debe salir ya laborado y envasado de las minifábricas. Llega la hora de una nueva era, en la que un concesionario de coches bien pertrechado y robotizado, te producirá in situ, just in time, el coche elegido. De igual forma en los valles, las familias emprendedoras, producirán mermelada, quesos, arroz con leche, chorizos... Una nueva frontera en simbiosis con la naturaleza. Asturias, podrá traspasarse esa frontera, que ya algunos han hecho en solitario, si se pertrecha y facilita a sus gentes el necesario espíritu emprendedor; los fundamentales conocimientos básicos del «aprendizaje inicial»; y la imprescindible y constante cualificación complementaria de las destrezas adaptativas del «aprendizaje permanente». Sólo así saldremos de nuestro infierno tradicional de impedir a los buenos emprendedores hacer su trabajo.
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