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Un trato modélico

20 de Septiembre del 2012 - Ángela Sierra (Palacio de Naviego (Cangas del Narcea))

A veces, las buenas noticias también es de justicia contarlas. El pasado mes de enero mi madre, Angelina Amago, se debatía entre la vida y la muerte después de varias intervenciones muy delicadas en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). Pese a sus 78 años, no dio su brazo a torcer y la vida se abrió paso, pero a un precio muy alto.

El 21 de marzo llegamos al Hospital Monte Naranco con la moral muy tocada. Mi madre casi no movía la cabeza, no era capaz de pronunciar palabra –le practicaron una traqueotomía–, carecía de coordinación en manos y piernas, estaba sometida las 24 horas del día a una cama y su cuerpo sufría múltiples llagas debido a la inmovilidad.

Tenía por delante un intenso trabajo de rehabilitación. Y ahí es donde entra en escena el equipo de profesionales del Hospital Monte Naranco.

Desde el primer momento la trataron de forma modélica, con la atención, los mimos y la paciencia que cualquier hijo daría a su madre en un trance como éste. Fue un trabajo arduo y complicado, pero el 21 de junio mi madre volvió a casa. Ahora habla perfectamente, come con sus propias manos, está comenzando a caminar con la ayuda de una muleta y nos ha devuelto la esperanza.

Su evolución se debe en gran parte a las tempraneras sonrisas de Rosa, encargada de la limpieza; a Salvador, el sacerdote del centro, convencido de que la fe mueve montañas; a las visitas llenas de ánimos de Carmen, la geriatra, y su minucioso seguimiento clínico; a Jorge, el médico rehabilitador, por ver siempre el vaso medio lleno y por su profesionalidad; a los infinitos cuidados del personal de enfermería, de Maite, Mercedes, Begoña, Inés, Fran, Ana, M.ª Jesús , Alejandra o Isabel –pido perdón si se me olvida alguien–, cuidados siempre supervisados por Marga, y a las atenciones de auxiliares y celadores, pendientes siempre de que todo estuviera perfecto para darle la mayor tranquilidad posible a mi madre. Tina, Luis, Cristina, Belén, Juan, Manuela, Tatiana, Saray… un largo etcétera de personas que a partir de ahora ocupan un lugar muy especial en mi corazón, porque me han devuelto una madre.

Se me llenan los ojos de lágrimas al acordarme de Amaya, fisioterapeuta. Fueron muchas las horas que pasamos a solas, mezclando lo laboral con lo personal, algo imprescindible –creo– para dar un servicio profesional en un hospital, como es el caso.

En tiempos difíciles, como los que vivimos, el personal del Monte Naranco demostró que por encima de los recortes está la ilusión por el trabajo bien hecho y la humanidad como máxima. Gracias por ser un oasis en un desierto de dificultades y malas noticias. Gracias porque esta buena noticia la habéis escrito vosotros.

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