A un glorioso poeta de Luarca...
Querido Román, qué pena que estas líneas no lleven a tus ojos, como tantas veces, el cordial saludo y alegría de otros tiempos. Nos has dejado mudos, tristes, a todos tus amigos que de veras te apreciamos y admiramos, tras la noticia inesperada de tu muerte. No puede ser, me dije sorprendido, si el pasado mes de agosto, día 9, por su cumpleaños, como otras veces, al cumplir 83, nada menos, telefónicamente lo saludamos: «¡Va un abrazo, querido poeta, felicidades!»... Contestado: «Gracias, amigo y compañero Heradio»... Siendo, como nunca, nuestro conversar «ligero de ropas», bien corto. Por lo que al colgar el aparato, me dije mascullando qué raro, a pesar del aparente buen humor, su palabra cariñosa, entre la premura del momento, dibujaba invisiblemente una lacónica tristeza; se despidió de su interlocutor con otro «abrazo». Mas callando en el silencio, me hizo pensar que tenía prisa para felizmente festejar con su ahora enlutecida y amada musa, Celina, junto con sus queridos hijos y demás familia un suculento asturiano pote. Por ser más del mediodía.
Pero ahora claramente pensamos que estarías muy triste por tu «enfermedad», que muy pocos de ella sabíamos, de tu situación penosa, infausta. Por eso ahora mejor puedo comprender la carta que de tu querida Luarca me dirigiste el día 23 de julio de este 2012, en que, entre otras cosas, me decías: «También echo de menos, después de tantos años de actividad, desde esta quieta soledad sonora, cada viaje, cada pleito, cada empeño. La vida también es así y sobrevivir esos ochenta a que los chinos conceden condición de venerable y autorizan a ponerse la túnica amarilla, que es color del emperador, ha de pagar peaje, primero de aprender a ser viejo y después a serlo con la paciencia conforme con la que, cada mañana, cuando haces cuenta de achaques, molestias y dolorcillos, te preguntas si los nuevos serán los volanderos que van y vienen o de los emigrantes que se llegan con el evidente propósito de quedarse...». Esas molestias y esos dolorcillos eran, dolorosamente, los avisos de las Moiras de los griegos y las poéticas romanas Parcas, deidades que bien tú conocías, tal tu «Agenda de un año cualquiera», donde claramente expresas «las cosas que pasan relacionadas con los sentimientos» (LNE, 03-12-2004), como en todos tus libros de poesía, donde, junto con tu fecunda prosa, te convertiste un día, ya de edad temprana, en un escritor de universal pulso.
Por lo insospechado de tu despedida y la brevedad del tiempo, no sabes cuánto lamento no haber estado en tus funerales en la iglesia de tu Santa Eulalia, que ya desde muy niño tus padres a conversar con Dios en ella te enseñaron. No verte por última vez como todos los jueves por Oviedo donde nos saludábamos, recordándome tú: «Cuando tu Walserij West de Holanda, de cuando fuiste allí un obrero, para ser después en tu Nicaragua rubeniana presidente de los abogados y notarios, y de un prestigioso Ateneo». Querido Román, créeme, improvisando lo escrito, en tu memoria se humedecen mis ojos. Cuántas alabanzas inmerecidas me dedicaste en tus libros que siempre me obsequiaste. Seguro que en la del amor de «la Esperanza», como en tu adorada Luarca, como en las Asturias, porque eres historia palpitante, te recordarán siempre, y en tu palaciega casa, desde donde contemplabas todos los días extasiado a tu arrobante puerto, como a las serenas aguas del río Negro, donde siempre te bañabas con tus glorificantes versos, aunque en perpetuo luto por su color, en la inmensidad del mar, por los siglos de los siglos, jamás olvidarán tu gigantesca ausencia, lo sabe el corazón de la Villa Blanca.
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