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Una burda descalificación al Arzobispo de Oviedo

25 de Septiembre del 2012 - Inés Morán Álvarez (Oviedo)

El periódico LA NUEVA ESPAÑA, en su página 19 del sábado 22 de septiembre, publica una entrevista realizada a don Josep Ramoneda, escritor, filósofo y periodista. En dicha entrevista le preguntan por la opinión que emitió don Jesús Sanz sobre Santiago Carrillo, tras la muerte de éste. La respuesta ofrecida por el escritor es desagradable, injusta, inveraz, molesta y burda: «Esto demuestra el carácter miserable que ha caracterizado siempre a ciertos jerarcas de la Iglesia católica.

En principio hay que decir que la opinión de don Jesús Sanz ha sido a título personal, no como jerarca ni como representante de la Iglesia. Una opinión ofrecida con pleno derecho, como tenemos todos a expresarnos libremente, y con el derecho también a ser respetados en nuestra libre expresión.

Pero es que además no todos los españoles hemos guardado cola en Madrid para rendir homenaje al cadáver y a la persona de Santiago Carrillo. Tampoco todos los españoles nos hemos rendido a la opinión imperante de la que tantos se han hecho eco. Porque hay españoles –y muchos– que no hemos valorado a Santiago Carrillo desde la única perspectiva política que es la que parece ser ha reinado en el día de su muerte y los dos posteriores (la de su buena gestión en la Transición española como la llevaron a efecto tantos otros).

¿Por qué hay ciudadanos que no hemos visto en él los méritos que le concedieron tantos políticos y allegados? Enumeremos algunos por qué:

Mientras el señor Carrillo se exilió, otros republicanos permanecieron en su país siendo consecuentes con sus ideas, sufriendo por ellas: unos, tras un consejo de guerra, la condena a muerte y el fusilamiento; y otros, también tras un consejo de guerra, el encarcelamiento durante años, sufriendo estos últimos las consecuencias de tener unos antecedentes penales y de ser señalados con el dedo tras su liberación, quedando marcados durante años.

El acontecimiento –que nunca deberá quedar impune– de Paracuellos no libra a Carrillo de culpa. Aun en el caso de que no haya sido él quien diera las terribles órdenes de fusilamiento de tantos seres inocentes, el cargo que ocupó en aquellos momentos como jefe de Orden Público en el Madrid de 1936, le obligaba a no mirar para otro lado sino a tomar parte activa para que aquella masacre finalizara. En el mejor de los casos, el de la omisión, no le exime en absoluto de culpa. Y nadie pudo jamás demostrar que Carrillo pusiera los medios a su alcance para paralizar aquella barbarie; ni siquiera él mismo se atrevió a insinuarlo.

En la historia queda reflejada aquella amistad de Carrillo con Ceaucescu, triste y repulsiva figura que ostentó el poder en Rumanía con brutalidad y represivamente. Muchos recordamos aún cómo fue derrocado durante la revolución de diciembre de 1989, en la que él y su mujer, Elena Ceaucescu, fueron ejecutados tras una mediática sesión en los tribunales de dos horas televisada. Pues bien, también recordamos cómo mientras aquel pueblo rumano vivía en la miseria, la señora Elena Ceaucescu no sólo vivía en la abundancia sino en el derroche desenfrenado. ¿Nos hemos olvidado de aquellas 2.500 pares de zapatos que la señora tenía, de los que algunos estaban decorados con brillantes en sus tacones? Pues bien, también recordamos cómo la amistad de Carrillo con Ceaucescu le sirvió para ser hospedado en Bucarest, recibiendo Carrillo por parte de Ceaucescu alojamiento, dinero, honores, y coche.

No es necesario enumerar más puntos, que los hay. Bastará decir que Carrillo ha sido un privilegiado en este país. Mientras a cualquier persona humana se la condena de por vida generalmente así –es nuestra pobre mentalidad– por un fallo que haya cometido, hiriéndola en su honra y en su dignidad, a Carrillo se le han borrado todas sus culpas, exaltándolo hasta el extremo de que un Ayuntamiento, el de Gijón, le ha rendido tributo por sus valores (¡!), amén de otras maravillas.

Como punto final, el deseo de que descanse en paz. Ha entrado en esa otra vida en la que todos seremos al fin tratados con la misma y justa oportunidad de ser juzgados por el mismo rasero. El tiempo de ser tratado con todo el favoritismo ya ha desaparecido.

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