Santiago

26 de Septiembre del 2012 - Luciano Hevia Noriega (Barcelona)

Con la muerte de Santiago Carrillo no solo desaparece la figura señera del comunismo español, por encima incluso de un mito como Pasionaria (quizá con mayor carga simbólica, pero con menor capacidad de influir en la realidad), sino que con él se va también un importante retazo de la historia contemporánea de España, de esa historia que, en palabras de Ángel González, era como la morcilla, porque estaba hecha con sangre y se repetía, de ese "corto" siglo XX que alborea con la Revolución Rusa de 1917 y se cierra en términos históricos de manera abrupta con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el fin de una utopía que había derivado en burocracia y barbarie.

Carrillo fue protagonista destacado de bastante de lo que aconteció entre ambos jalones: Partícipe de la revolución asturiana de 1934, por lo que fue encarcelado, muñidor del trasvase de militantes socialistas al comunismo con la creación de las JSU, actor importante, pese a su juventud, en la contienda civil que asoló nuestro país entre 1936 y 1939, ocupando cargos de responsabilidad, lo que le ha estigmatizado perpetuamente por los recurrentes sucesos de Paracuellos, exiliado durante casi 40 años y papel estelar en la sacrosanta Transición, para acabar sus días en una plácida vejez como lúcido analista de la realidad que nos rodea, entre el respeto de (casi) todos.

En Carrillo convergen todas las contradicciones del pasado siglo, buena parte de sus excesos y también muchas de sus grandezas. No es casual que uno de los mejores estudios que se ha hecho sobre la historia del Partido lleve por título "Miseria y grandeza del PCE" de Gregorio Morán.

Estalinista en su juventud (hasta llegar a romper con su padre Wenceslao, uno de los responsables del golpe "casadista", en una carta que pone los pelos de punta y en la que le acusa de traidor, aunque luego se reconciliaran, verbo clave en la historia de su trayectoria) y moderado en su senectud. Dúctil y flexible para los asuntos de estado y puño de hierro y martillo de herejes frente a las heterodoxias u oposiciones internas (ahí quedan los casos de Claudín o Semprún, esos "intelectuales cabeza de chorlito" en palabras de la gran matriarca del comunismo patrio). Secretario General durante 22 años y expulsado del Partido donde lo había sido todo. Bestia negra para el franquismo y héroe irredento para buena parte de la resistencia interior y exterior. Republicano histórico y "juancarlista" converso. Icono de la izquierda más combativa contra la dictadura y fracasado electoralmente en la democracia. En fin, de contradicción en contradicción hasta la ¿victoria? final.

Pero si hay algo innegable en su andadura política es la tremenda habilidad e inteligencia demostrada a la hora de abordar las distintas oportunidades que se le iban abriendo en el camino. Alcanzó la Secretaría General del PCE en 1960 tras un largo periplo a la sombra de Pasionaria y cuando se requería a alguien con una imagen más acorde con la etapa de "deshielo" que se había iniciado con Jruschev, lo que le permitió imponerse a Vicente Uribe. Mostró gran entereza al sobreponerse a las presiones y conducir al PCE a la condena de la intervención soviética en Praga en 1968 (con la consiguiente crisis interna que siempre causa un movimiento de este tipo en las filas comunistas). Intentó aprovechar y extrapolar las dinámicas electorales favorables al PCI como miembro fundador de ese experimento llamado Eurocomunismo junto con Berlinguer y Marchais. Tras la muerte del dictador maniobró con gran pericia para encontrar el hueco que le permitiera no quedar fuera del juego electoral como deseaban Suárez y el PSOE, utilizando para ello una calculada ambigüedad entre presión y moderación, que iba desde la entrada clandestina por la frontera tocado con una extravagante peluca a un manejo incólume de una situación tan trágica como la matanza de Atocha, donde la tentación de intentar responder al golpe podría haberse impuesto a la cordura mostrada. Otro tipo de comportamientos no creo que sean achacables a ningún tipo de estrategia, sino que cabe atribuirlos a virtudes personales, como la dignidad mostrada el 23-F negándose a echarse al suelo tal y como pedían los espadones de turno pistola en ristre o la ausencia total en su biografía de episodios de corruptelas personales, llevando una vida austera acorde a la prédica realizada.

El electorado no se lo agradeció, porque encontraba en el PCE un discurso obsoleto y una estructura gerontocrática que recordaba muy sospechosamente épocas felizmente pretéritas. Así fue como el PSOE ocupó prácticamente todo el espectro ideológico situado a la izquierda, pese a la ausencia manifiesta de mérito alguno en la lucha contra la dictadura (eso que algunos han expresado con gran tino y no poca mala leche para definir a nuestros socialdemócratas como "Cien años de honradez y cuarenta de vacaciones"). Su momento ya había pasado, aunque se resistió a aceptarlo, intentando tutelar primero a su sucesor, Gerardo Iglesias, y fundando después, tras su expulsión en 1985, un partido comunista de efímero recorrido y magros resultados que acabó entrando en el PSOE, aunque sin la figura de su líder.

Curiosamente, cuando todo parecía abocado a que su ascendiente fuera inexorablemente languideciendo hasta desaparecer, Carrillo supo reinventarse una vez más (como el superviviente que siempre ha sido) y se convirtió en un agudo observador de la realidad desde tribunas periodísticas, principalmente escritas y radiofónicas. Así, alcanzó una respetabilidad aureolada en muchos casos de admiración, convenientemente teñida de episodios anecdóticos de agravios públicos en presentaciones y actos en forma de abucheos e insultos, lo que dotaba aún de más muescas al mito y contribuía a convertirlo en un ejemplo de sensatez, aunque solo fuera por comparación.

Una comparación estremecedora si confrontamos su bagaje y talento con el de la clase política que actualmente padecemos: Socarronería, cierto cinismo simpático, capacidad de comunicación, habilidad para el análisis..., frente a la mediocridad palmaria de la casta presente.

Su momento de gloria fue la Transición, pero para la izquierda real de este país se trata también de la etapa de su vida que le ha granjeado mayores antipatías por las demasiadas renuncias: Bandera, monarquía, Pactos de la Moncloa, reforma y no ruptura (o ruptura pactada),... Muchos sapos que tragar. ¿Era posible otra actitud en los tiempos que corrían sin vernos abocados a caer en el basurero de la historia? Resulta difícil pontificar sin haber estado en su pellejo, aunque de lo que no cabe duda es que el relato idílico que se ha hecho de la Transición dista mucho del real. O por decirlo en palabras de Ortega ante una situación muy distinta: "No es esto, no es esto".

Las conductas humanas y los resortes de la memoria responden a pautas muy curiosas. Tendemos a realizar análisis de los hechos y las personas simplistas y unívocos, cuando las realidades y los comportamientos suelen ser poliédricos. Escribo esto porque se me viene a la cabeza la muerte de Líster. Yo estaba entonces cursando segundo de carrera y recuerdo que se celebraba una Asamblea Federal de IU, que se paralizó unas horas para que los asistentes (con la excepción, claro está, de los trotskistas liderados por Jaime Pastor) fueran a homenajear al gallardo comunista gallego cantado por Machado. Muchos de ellos son los mismos que ahora loan la figura de Carrillo, enemigo acérrimo de Líster (y autor de una obra de título tan gráfico como "Así destruyó Carrillo el PCE") o hace poco enaltecían a Semprún, autor de "Autobiografía de Federico Sánchez" donde el gijonés tampoco sale bien parado. Así se escribe la Historia. Creo que es imposible, aunque tentador, juzgar según que cosas bajo prismas que obvian el momento histórico en que se desarrollaron. En todo caso, en la muerte de Carrillo cobran más vigencia que nunca las palabras del parlamentario socialdemócrata alemán August Bebel, que en una intervención, al verse aplaudido por sus adversarios se preguntaba: "¿Qué habrás hecho mal que hasta la burguesía te aplaude?".

Con sus luces y sus sombras Carrillo ha sido un referente para la izquierda de este país en los últimos 80 años, desde la más moderada hasta esa otra izquierda revolucionaria empeñada en tomar los cielos por asalto. Su legado será ahora fruto de historiadores que tendrán que desentrañar entre las realidades y los mitos.

Santiago Carrillo: El hombre que sí estuvo allí y vivió para contarlo... a su manera. D.E.P.

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