España: El «caga-Tió» de los catalanes
Les conozco como la madre que les parió, no en vano tengo un hijo catalán de Barcelona «ciutat». Los diez años largos (que no largos años, ya que fui muy feliz allí) que pude empaparme de la cultura catalana me obligan a defender lo defendible, casi todo, y a repudiar esa especie de «MAS-onería» que en los últimos años ha contaminado la vida cotidiana haciéndola irrespirable.
No cabe en Cataluña alguien que llegue sin el afán de trabajar e integrarse, pero lo consigues en seguida si vas con esa mentalidad, como en cualquier otro sitio del mundo.
Lo esencial es diferenciar claramente a las personas de los templos de la dichosa «Llingua» (lengua catalana) que son hoy en día la mayor parte de las instituciones y estamentos públicos. El equilibrio de la convivencia que aún existía entre ambos en 1997 fue deteriorándose a partir de 2002 hacia una especie de totalitarismo que empezó a contagiar a los ciudadanos de a pie desde las instituciones, cuyo descaro en obviar la Constitución y en profanar bandera y símbolos españoles fue yendo en aumento con la permisividad de sucesivos gobiernos centrales.
La entronización en el Gobierno catalán del primer «Tripartito» con la negligente complicidad del Partido Socialista Catalán (PSC) dio alas al nacionalismo más rancio y acabó «saliéndoles el tiro por la culata», porque la propia izquierda catalana supuestamente integradora fue dirigiendo a la sociedad hacia el triunfo del rival, este independentismo trasnochado que quiere separar MAS a Cataluña del resto de España.
Por mi parte, como si ponen una muralla alrededor y sólo se puede llegar por mar o aire, que ya está bien. En 2007 ya estaba más que harta de sus lamentos insolidarios como «despensa» de España, como si por abastecernos con sus productos no pagásemos los correspondientes impuestos y aranceles los demás. Como si a los castellano-parlantes que allí vivíamos no se nos cobrasen los mismos tributos que a ellos. Como si nuestros hijos allí nacidos fuesen menos catalanes que ellos por el simple hecho de no pedir la teta en catalán, con perdón de ustedes.
Ahora eso sí, muy listos ellos, se atreven con un indecente «antes de irme de casa España primero dame mi parte de la herencia en vida, papá Estado, que ya yo...». Si cuela un pacto fiscal o un rescate de nada desde España con la amenaza de independizarse, ese pellizco que se llevan aprovechando que el Llobregat pasa por El Prat. «La pela es la pela».
Y quede claro que la mitad muda de la población catalana se siente española, pero no hay voz para los callados.
Dejo para contertulios mucho más ilustrados que yo desgranar el trasfondo político de la cuestión, que para mí no es más que un cóctel de egolatría nacionalista, victimismo burgués y delirios de grandeza de aldeanos, con todos mis respetos para los habitantes de las aldeas. Como dirían en la mía: «Aquella muyer palmóla...», o sea, que ya no existe aquella catalanista a ultranza que fui al principio.
Por mí que se separen. ¿Qué perdemos?... ¿La unidad de España?... Me parto.
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