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Dos puntualizaciones sobre el Mazucu

1 de Octubre del 2012 - Antonio Quintana (Llanes)

El pasado día 24 de septiembre apareció en LA NUEVA ESPAÑA un interesante y bien documentado trabajo sobre la batalla del Mazucu, firmado pro don Javier Rodríguez Muñoz. Tan sólo deseo hacerle un par de puntualizaciones al autor. En Llanes nunca hubo «aeropuerto», sino un modestísimo campo de aviación. Un aeropuerto, por pequeño que sea, ha de contar con un cierto número de instalaciones para merecer tal categoría. El campo de la Cuesa, como lo llamábamos por aquí, jamás contó con las infraestructuras imprescindibles para ostentar esa denominación. El de Llanes fue, eso sí, un aeródromo que prestó buenos servicios en su tiempo. Situado en una meseta cuya forma, vista desde el aire, recuerda la de un portaaviones, tenía una longitud aproximada de un kilómetro y una anchura máxima de unos trescientos metros en dirección Este-Oeste, con vientos dominantes del Noreste-Noroeste. Por lo que yo sé, fue utilizado por primera vez por el piloto francés Garnier en 1919 y en fechas posteriores por algunos pilotos civiles españoles, entre ellos Yanguas, si no me falla la memoria. En 1932 aterrizaron aquí tres Breguet pilotados por Gallarza, Lecea y otro cuyo nombre no recuerdo en este momento. Durante la Revolución de 1934, el aeródromo de esta villa fue empleado como base de operaciones por una fuerza de 30 aparatos ligeros, 18 de observación y 12 de bombardeo, que atacaron Oviedo el 7 de octubre. Más adelante, en plena guerra civil, lo utilizaron ambos bandos. Las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española) tuvieron destacados aquí varios aparatos de caza, posiblemente Polikarpov soviéticos, de los tipos 1-15 («Chato») e 1-16 («Mosca»). Tras la toma de Uanes por las fuerzas nacionales el 5 de septiembre de 1937, el campo de la Cuesta pasó a ser controlado por la legión Cóndor. Desde aquí, como acertadamente señala don Javier, despegaban los aparatos nacionales que tomaron parte en la batalla del Mazucu. Los aviones empleados por los germanos fueron básicamente Heinkel He-51, un aparato de caza que como tal era un «petardo», por lo que fue relegado a misiones de ataque al suelo en apoyo de la infantería. Durante la posguerra se creó en el aeródromo llanisco una Escuela de Vuelo sin Motor que permanecería en activo hasta 1963. Pero ese tema ya ha sido tratado en LNE en un corto pero estupendo artículo por mi paisano Higinio del Río. Como campo de aviación, el de Uanes no era gran cosa. Resultaba incluso peligroso, a pesar de que la hierba y el suelo de turba hacían el terreno bastante compacto, impidiendo el encharcamiento del mismo. Adolf Galland, jefe de toda la caza alemana durante la II Guerra Mundial, contaba que despegar desde allí era como hacerlo desde la terraza de un rascacielos. No obstante, algunos modelos de avión se desenvolvían bien en nuestro campo, como por ejemplo las fabulosas avionetas «Fieseler Fi 156 Storch», conocidas popularmente como «Cigüeñas», un prodigio de la tecnología aeronáutica alemana, que podían despegar en apenas 65 metros y aterrizar en 20, e incluso quedar suspendidas en el aire contra un viento de 40 km/h, sin que el piloto perdiera el control del aparato.

Mi segunda puntualización se refiere a Higinio Carrocera, uno de los mayores héroes de la resistencia republicana en el Frente Norte. Coincido plenamente con usted, don Javier, en todo lo que dice. Pero he de señalar que omite usted en su trabajo, confío en que por olvido y no por «corrección política», una anécdota (llamémosla así) que retrata muy bien a Carrocera. Tras el desplome del frente, se iniciaron unas frenéticas operaciones de evacuación de Asturias a través de los puertos que aún quedaban en poder de los republicanos. Cuando Carrocera y los pocos hombres que le quedaban se disponían a subir a un barco, un comisario político se lo impidió alegando que no había sitio para la tropa, aunque sí para su jefe. Indignado, Carrocera tuvo una buena «agarrada» con aquel lacayo político, y al final optó por quedarse y compartir la suerte de sus hombres. Su lealtad hacia los que habían combatido codo con codo a su lado le costó la vida, pues apenas un mes más tarde fue capturado y al año siguiente fusilado por los franquistas. Mientras tanto, personajillos como Belarmino Tomás y sus hijos –que estaban en edad militar pero que jamás pisaron el frente como los hijos de los pobres–, Amador Fernández, Avelino González Mallada y otros «prohombres» republicanos que tanto había arengado a las masas a luchar por la República, se apresuraban a ponerse a salvo, por lo general cargados con maletas harto sospechosas. Por aquel entonces corrió por toda la zona republicana, como un reguero de pólvora, un rumor según el cual unos 400 milicianos heridos fueron abandonados en tierra, para hacer sitio en los buques a cargos políticos, muchos de ellos chekistas y miembros de los ominosos Tribunales Populares, que tanto «bien» habían hecho a la causa republicana. A la vista de estos hechos, es de justicia ensalzar a aquellos que, como Carrocera y sus hombres, dieron la vida en defensa de sus ideales... y despreciar a aquellos que los abandonaron a su suerte.

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