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El palacio de los Selgas o el patrimonio capturado

10 de Octubre del 2012 - Víctor Fernández Salinas (Sevilla)

Hace algunos días cayó en mis manos la carta de Fifi Mones Casanova publicada en su periódico y titulada «Ni bolígrafos ni fotos en el palacio de los Selgas». En ella se narraba la aventura que supuso para esta escritora y sus acompañantes la visita a dicho palacio de los Selgas el día 21 de agosto.

Yo realicé la misma visita unos días después, el 29. Aunque acostumbrado por mi dedicación al patrimonio cultural a toda suerte de vicisitudes en las visitas a bienes culturales, y aunque mi experiencia y la de los que me acompañaban no llegó a los extremos de lo narrado en aquella carta, sí puedo asegurar que las condiciones casi policiales en las que se realizaba la visita eran, como poco más, que reprobables. En nuestro caso, una amable, porque era amable, empleada de la institución obligó a borrar a una de las personas que acudían en mi grupo un par de fotografías obtenidas en los jardines del palacio con un teléfono móvil.

Si la Fundación Selgas-Fagalde cree que está haciendo una labor a favor de difundir el patrimonio con iniciativas como las del pasado verano se halla muy equivocada.

Para empezar, el palacio debería ser accesible todo el año y con un horario regular. No ha alcanzado la categoría de bien de interés cultural, pero podría serlo. Más bien es algo incomprensible que no lo sea ya, dado el valor del edificio, de su contenido y de sus jardines y no olvidando que es uno de los testimonios más valiosos del mestizaje de la cultura indiana y el mundo rural asturiano, modesto y sencillo, al que se yuxtaponían exóticos modelos de arquitecturas eclécticas europeas no sólo en sus casas-palacio, sino también en todo un repertorio de edificios para la colectividad (iglesias, escuelas, etcétera).

Desde luego, la exposición de Luis Meléndez fue soberbia, pero no puede ajustarse la visita al palacio a que se produzcan estos hechos excepcionales. Una Fundación como la Selgas-Fagalde tiene una responsabilidad de difusión cultural de primer orden, especialmente cuando en su página web se señala que su creación es «resultado de la inquebrantable voluntad de dos generaciones familiares que durante muchos años dedicaron su tiempo, sus conocimientos y sus recursos económicos a conseguir reunir un extraordinario patrimonio artístico. [...] el patronato de la Fundación tiene como misión [entre otras...] la divulgación de este patrimonio para ponerlo al servicio de la sociedad».

Difícilmente se podrá conseguir este cometido con regímenes de visitas complicados y, sobre todo, sometidos a un control excesivo y absurdo desde el momento de comprar las entradas (en el que se obligaba a dejar todo bolso, cámaras, etcétera en unas taquillas habilitadas), y con reglas tan restrictivas sobre las fotografías. Todos sabemos que nunca se debe utilizar el flash en los lugares sensibles, y que tampoco es conveniente permitir fotografías de objetos que puedan resultar peligrosas para su seguridad, pero impedir fotografías en los jardines resulta simplemente ridículo, y aún más los métodos para impedirlo.

Todo esto hizo que se ensombreciese el conocimiento de uno de los edificios que más deseaba conocer en mi visita a Asturias del verano pasado y que cuando, al salir del recinto, no sabía si había estado en una institución cultural o en una especie de cárcel del patrimonio en la que había objetos, construcciones y jardines bellísimos, pero en la que a los ciudadanos se nos trataba continuamente como presuntos malhechores provistos de la peor de las intenciones: hacer fotos o simplemente tomar apuntes.

Por favor, pido a los responsables de la Fundación que se relajen un poco y que dediquen parte de sus recursos a saber cómo hacer más amable y atractiva la visita, cuando ésta puede hacerse, al palacio y jardines de los Selgas.

Víctor Fernández Salinas, presidente del Comité Internacional de Itinerarios Culturales del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), Sevilla

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