La épica del Niemeyer
El Niemeyer está a punto de erigirse en la mayor obra literaria jamás contada. Atrás queda todo el poemario legendario lleno de narraciones heroicas y traiciones vergonzosas a cuenta de su ubicación. Ahora, la épica del Niemeyer por la sobrevivencia ya supera con creces los 120 tomos de El Cantar del rey Gesar. La penúltima entrega consta de cuatro capítulos preñados de acusaciones y reproches en los que la tinta de calamar tiene más presencia que la seca del papel prensa.
Comienza el relato con el cabreo generalizado de los acreedores que observan desconfiados bajo el anonimato, el intento oficial de poner luz y orden, mediante proceso concursal, en las cuentas presentadas por aquel equipo rector de inspiración pícara y aprobadas por los patronos fijos y eventuales al servicio de los progenitores del invento, todos ellos obnubilados por la escenografía de un prestidigitador y tramoyista, vendedor de humo, que acabó instalado en la capital del reino.
Una vez esfumados 2,4 millones de euros, dicen que reconvertida la alícuota en agüita amarilla por obra y gracia de la Veuve de Clicquot, entre otros sabores inasequibles al vulgo, se abre la veda para la caza del gamusino. De los productos originarios del abono orgánico, dispersos por distintas partes del planeta Tierra, incluido el faro de Avilés, mejor no hablar para que el hedor no llegue hasta El Parche y aires limítrofes.
En el siguiente capítulo entra en escena nuestra particular dama de Orleans, Carmen Rodríguez Maniega, heroína popular que antes prefiere morir cien veces en la hoguera del honor que claudicar a la deshonra del impago a los proveedores. Eso sí, con el dinero de todos y ella haciendo campaña. Que no sólo de pan vive el hombre.
Pero en esta particular guerra de los cien años entre perroflautas y aristócratas, no falta el caballero español, interpretado por Juan José Fernández, quien con su mano derecha blande la Tizona que empuja al PP contra la pared del recuerdo vergonzoso y con la izquierda mete el dedo en la llaga de la estrategia popular. Al adalid del republicanismo local, no le cabe ninguna duda: el pufo no entra dentro del capítulo de gasto público y sólo depende de los populares domésticos la decisión de coger la pala y ayudar a los socialistas a enterrar un muerto que solo a ellos corresponde inhumar.
Carmen Rodríguez, herida en el orgullo al ver descubierta la maniobra, carga contra la coalición, entonces comandada por Fernando Díaz Rañón, acusándole, en relación a su responsabilidad como miembro del patronato, de emular la pose de los tres monos sabios.
Más tarde Fernández contraataca con argumentos de tal verismo que la dama de Orleans retrocede en la pujanza al tiempo que pide, como mal menor, la dimisión de Varela de su cargo en el Centro Cultural, antes que la sangre gestora del Niemeyer le salpique más que las vergüenzas de su gestación. A fin de cuentas, ¿quién le mandó entrar en una guerra con IU que tiene perdida de antemano? La historia de la traición no se olvidará jamás, está escrita en la memoria ciudadana con letras vergonzantes, y los manejos y manipulaciones de Varela están al descubierto.
Moraleja: a las cuchipandas no hemos sido invitados pero ya verán como no habrá dimisiones y conseguirán, de una u otra forma, sacarnos los cuartos de la vajilla. Pero qué delito cometimos para merecer tal castigo.
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