Shamira, la niña que sonríe feliz desde la oscuridad
La semana pasada tuve la oportunidad de conocer a Shamira en la Casa de la Cultura de Mieres. Tenía, de pasada, una superficial información de su grave enfermedad. Allí, sobre el terreno, me di cuenta de que se trataba de un caso excepcional.
–Hola... –le dije.
–No te conozco –me contestó la niña.
Su abuelo, Daniel, que estaba presente, me espetó:
–No te ve. Está ciega.
Miré fijamente a los ojos de la niña y me di cuenta de que el cristal que brillaba era puro espejismo en el que Shamira escondía la sonrisa, dentro de la oscuridad que presidía todos sus movimientos. La tristeza se adueñó de mi corazón. Uno, que es de lágrima fácil, optó por retirarse. Allí quedó la niña que recibía caricias y carantoñas de todos los que se iban acomodando en la Casa de la Cultura para asistir a un festival en pro de la minería.
Shamira aplaudía las actuaciones de los cantantes. Ella acaparaba la atención de todos. Era, sin saberlo, la protagonista.
Desde estas líneas me gustaría reseñar con letras de oro el papel que tienen en esta cruda realidad los padres de la niña, los abuelos y toda la familia. Son padres coraje, abuelos coraje y familiares coraje. Daniel Lucas, vecino de Caborana, y sin embargo amigo, me pedía la oportunidad de poder agradecer a todas las gentes de Mieres, Lena y en especial Aller, la colaboración que reciben en la recogida de tapones de plástico para paliar de alguna manera las dificultades económicas por las que atraviesan. Hecho está.
Que sepan esos politiquillos de mierda que dicen que los mineros cobran pensiones millonarias que, de no ser por ese dinero, Shamira habría dejado de sonreír hace muchísimo tiempo.
Ánimo, Daniel; ánimo, Encarnita; ánimo a los padres, a la hermanita, a toda la familia de la niña. Sois un ejemplo a seguir. Los políticos seguirán mirando hacia otro lado. Seguro. ¡Qué triste!
Que estas líneas vean la luz en la prensa asturiana será un milagro. El que espera Shamira y su familia.
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