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El ilusionista de Aravaca

14 de Octubre del 2012 - Francisco José Cadavieco Suárez (Luanco)

Hubo un tiempo, lejano como el fulgor de la opulencia, en el que la ilusión extendía sus alas en el horizonte pintando de «verde especulativo» todo paisaje que la vista humana alcanzaba a ver. Un tiempo en el que la sonrisa amanecía como calcomanía entre los pechos de Clara, alumbrando al anhelo con escarpias de colores vivos.

Conocí a Clara en una pequeña tienda de cuentos para adultos llamada Pinocho y Tú, y, sin embargo, nada en ese momento me hizo sospechar de la fragilidad del suspiro. Ella trabajaba como coordinadora de la esperanza en una fábrica de sueños, situada en la calle Manuel Pedregal, de Oviedo, que contaba con numerosas franquicias a nivel nacional y por lo que me contó no le suponía esfuerzo alguno encandilarse de cualquier sombra que hiciese eses en la esquina de Turina con Manuel de Falla.

Por aquella época, según me confesaron meses después, hacía ya tiempo que Clara despertaba, aun soñando, con la aurora abriendo sus ojillos garzos en un mar pincelado con pequeñas islas, vestidas con pétalos de azalea, y se dejaba llevar por estrechos caminos de arena que confluían en un rastrillo aparcado a las afueras de Madrid, cerca de un barrio llamado Aravaca, creo recordar, donde vivía un popular ilusionista que ofrecía humo envuelto en papel de regalo azarado por la frase «Súmate al cambio». He de reconocer que mucha gente se enamoró de la quimera que Clara guardaba, sin llave, en el espejismo de la confianza; qué carajo, yo mismo hice algún viaje con billete pagado, pero jamás atisbé, como hacía ella, en la penumbra del ocaso, un camino sembrado de luces por el que pasear en la oscuridad de las cloacas.

Realmente, no quisiera aburrirles con una historia de amor confinada en un tupido velo de ninfas y estupidez, así que lloraré con ustedes por el día en el que Clara y la esperanza comenzaron a enfermar.

Todo ocurrió en un pestañeo irreverente, allá por el otoño de 2011, fecha grabada a fuego en el pecho de los crédulos. Clara amaneció sin trabajo; la esperanza no recibía encargos, ya que, según una normativa interna, quedaba terminantemente prohibido aceptar compromisos utópicos ligados a los mercados laborales o relacionados con el Estado del bienestar.

Y así fue, se lo crean o no, cómo una noche de diciembre encontré a Clara acurrucada en la entrada de la fábrica de sueños con una delgadez súbita y vestida con un manto blanco que ocultaba sus evaporadas curvas bajo una luna teñida de vergüenza.

No dormía, no soñaba, no respiraba. Entre sus manos se aferraba un poema, una llovizna de sollozos que decía:

Podrás ceñir palabras en papiro, arcoíris de color adivinanza. / Podrán corroer al ayer en un suspiro, coloreado con mil pliegues de esperanza. Podrás disfrazar a la farsa en tu cerro, remontando la falda de la aurora / desde la Estaca de Bares hasta el Hierro, azuzando al amanecer a deshora. / Podrás plagiar a la edad efervescente, regalando sonrisas pontífices / que ladran, rumian y escupen; «la única verdad es la que no se dice». / Podrás, mas te aseguro que... no podrás.

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