¿Tiene usted fiebre?
¿Tiene usted fiebre o cree tenerla? Pues entonces empiece a preocuparse, pero no sólo porque el aumento de temperatura corporal sea un indicativo de que pueda estar enfermo, sino porque va a tener que recurrir a la utilización de un medidor de temperatura, ya sabe, de un termómetro, y hoy día, hacer esto puede resultar toda una aventura.
Claro que, es posible, se encuentre usted entre el grupo de personas agraciadas con la suerte, de que le haya tocado el premio gordo por haber acertado, a la primera de cambio, con el exacto medidor de temperatura o se lo crea- , pero hay una ingente cantidad de personas que, aunque no lo confiesan abiertamente, están apunto de desquiciarse porque no les ha tocado ni el reintegro.
¡Eh! Usted, el de la suerte no será que tiene un termómetro de mercurio ¿verdad? Porque si es así, a pesar de que el Parlamento Europeo ha prohibido su venta, puede usted seguir conservándolo y, no sólo eso, si no que si su termómetro tiene 50 años o más, entonces estará indultado por ser considerado un "bien cultural" o de anticuario. Y digo yo, ¿qué diferencia hay entre uno de estos termómetros añejos y los que no lo son en lo que referido a su potencial peligrosidad?
El caso es que mi último termómetro de mercurio lo regalé un día a un familiar que lo necesitaba y, pasado un tiempo, fui a comprar otro a la farmacia. Pero ya estaba prohibida su venta; así que fue tal la cara que puse, que rápidamente vi extendido sobre el mostrador un arsenal de artilugios que abarcaban toda gama de precios, tamaño, formas y colores. Eso sí, todos tenían un denominador común: su pantalla digital.
-¿Y con qué "motor" se pone en marcha esto? Le pregunto a la señorita que me atiende.
Pues con una pila tipo "botón", me contestó muy amablemente.
- ¡Ah! Pero esta pila ¿no contamina? Esta vez no obtuve respuesta.
Me fui para casa con el modelo digital alargado, axilar y que pitaba antes y después de la toma de temperatura. Lo utilicé en esa ocasión, pero luego estuvo más tiempo durmiendo en el botiquín que otra cosa, así que cuando de nuevo tuve que volver a usarlo la medición resultaba un poco extraña y los pitidos ni se oían, así que pensé que la pila ya se había agotado y decidí bajar a la farmacia a por otro porque el asunto me urgía.
Esta vez me traje a casa un pequeño termómetro digital de "dedo", provisto de unos sensores que se sitúa en la sien del enfermo: comodísimo para utilizarlo con los niños. Así que yo, tan contenta, pues encontré fácil solución para la emergencia que tenía.
Pero hete ahí que, pasados los meses, alguien viene a casa a verme porque me encontraba pachucha y con algo de calentura, y tiene a bien regarme un termómetro "ecológico" a sabiendas de lo mucho que me iba a gustar por ser muy parecido en su concepción y estilo al de mercurio, y por lo no contaminante de su contenido: Galistan, una mezcla de galio, indio y estaño. Lo recibo con una enorme alegría y lo utilizo.
-¡Caramba! Con este no tengo fiebre a ver, que me voy a medir de nuevo con el comprado para los niños ¡Córcholis! Un grado de diferencia entre ambos. A ver, a ver tengo fiebre, tengo febrícula, no tengo fiebre, con lo cual terminé el día con un estrés que no tenía.
En cuanto pude me pasé de nuevo por la farmacia y le expliqué a la farmacéutica el trajín que me traía con los dos termómetros que contaba "en activo". Le supliqué que me vendiera un termómetro fiable al 100%, como el añorado, sencillo e infalible termómetro de mercurio. Me dedicó una sonrisa cómplice, a la par que me enseñó una serie de termómetros de más alta gama y cuyo volumen, posibilidades y motores eran diferentes.
Me decidí por uno que no arruinara demasiado mi bolsillo, que fuera capaz de hacer lecturas en diversas partes del cuerpo y que sus pitidos fueran más intensos. La pila no era de botón, pero, como con aquélla ¡cuidadito con ella!
Y ya en casa saqué su amplio cuaderno de instrucciones ¡cuántas exigencias para tomarse la temperatura! Lo pruebo y anoto la temperatura. Después hago lo mismo con los otros dos termómetros. ¡Caramba! ahora resulta que son tres los resultados distintos que obtengo. Repito una y otra vez y, lo mismo. Así que, desesperada de mi voz escuché: lo único que deseo es saber qué temperatura tengo, nada más. ¡Quiero mi termómetro de mercurio!
Después me serené, recapacité y me dije: No, porque tengo que aceptar los beneficios ambientales que suponen el que estén retirados de la venta, pues no quiero contribuir a envenenar más el ambiente de lo que lo hacen los vertidos industriales causa del 75% de las contaminaciones- , y de todos aquéllos que utilizan compuestos de mercurio en pesticidas, en la manufactura de equipos eléctricos y científicos, etc.
Ya sé que hay países como la Unión Europea que tienen regulado todo este desmadre de contaminación, pero también sé que hay muchos incumplimientos de sus leyes y que se sigue vertiendo al aire y a las aguas metales pesados altamente tóxicos. Y también sé de los muchos países, entre ellos los denominados emergentes, que nada tienen regulado y que siguen envenenado sin piedad alguna nuestro planeta.
Así que, le doy mi más sentido adiós al termómetro de mercurio. ¡Todo sea por la causa! Lo que no quita que, en cuanto pueda, intente conseguir uno de esos termómetros que el Parlamento Europeo tuvo a bien considerarlos como "bien cultural" o de anticuario.
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