Lo que se pierde Philip Roth
Es una pena que la enfermedad haya impedido al narrador norteamericano venir a recoger el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Quizás aún no sepa lo que se ha perdido. Como experimentado viajero hubiera podido comprobar fácilmente que entre Oviedo y Newark hay más cosas en común que diferencias. Caminando por las calles peatonales del centro hubiera podido admirar, entre un enjambre de bolsas, jardineras y magnolios plastificados, el cimbreante movimiento de las anchas caderas de las mujeres de esta ciudad. Hubiera dado alguna que otra charla en la universidad ante una audiencia de jóvenes embelesadas y sonrientes que le habrían mandado postales de su infancia con el brillo de sus ojos de antracita. Hubiera escuchado embelesado las dulces y cantarinas palabras salidas de los encarnados labios de las azafatas cuando hablan el inglés con acento asturiano. Podría haber dado algún paseo por el Campo de San Francisco, donde habría observado lo caprichosos que son los huecos que los centenarios Castaños de Indias le brindan a la luz para colarse. Es incluso probable que alguno de nuestros escritores le regalara Otoños y otras luces, y que el premiado se quedara plácidamente dormido en algún sillón del Reconquista con el libro del genial bardo en el regazo. Tampoco podemos descartar que a algún miembro de la fundación se le podría haber ocurrido llevarle por los picos de Europa para que no añorase ese ambiente de las montañas americanas tan incomparablemente descrito por él. Quién sabe si no hubiera degustado los excelentes mariscos del Cantábrico y bebido sidra sin que su fría mirada perdiera de vista ni un instante a la simpática camarera de pelo castaño y brazos robustos. Quizás hasta alguien nos contara después que lo vio reír.
Sí, también se perderá la solemne, aburrida y rancia entrega de los premios. Y las gaitas. Pero esta es muy poca pérdida si la comparamos con las anteriores.
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