La culpa siempre la tienen los demás
Como duele...
Con los años no se pierde el tiempo, se gana experiencia, bueno, sí que se ha perdido, yo digo que más de lo necesario y menos de lo esperado.
Que país éste, en el que se pasa del amor al odio en menos de un estornudo, de lo bueno a lo malo en un suspiro, de la verdad a la mentira en un pispás, qué cosas aquellas que cada uno dice y se convencen, asimismo, de que tienen razón y encima necesitan, quieren, imponen y obligan a que los demás las sigan. Jolines con los listos, espabilados, vagos, jetas y una retahíla de nuevas o no tantas profesiones que sin estudios ni aprendizaje, ni formación profesional ni leches, proliferan en este país. Encima, con exigencias retóricas de democracia, de derechos de no saber muy bien el qué o el porqué, pero el desprecio total o casi de todo aquello que hace muy poquito tiempo adorábamos, ensalzábamos, pedíamos, etcétera.
A cuento de...
Cuando nos empeñamos en malcriar a los hijos, sin enseñarles primero a ser personas, tener principios, capacidad de equivocarse y rectificar. Cuando lo que importa es resquebrajar la enseñanza, porque así se maneja mejor el principio y el futuro de la sociedad, dando valor a lo efímero y dejando a un lado lo importante, sin temor a que nos coloque a la cola en la enseñanza. Cuando se nos caía la baba con los bancos: tarjetas, créditos, regalos, etcétera, seguro que ni pensábamos con el 25 por ciento menos de nuestro cerebro útil (que es lo que utilizamos habitualmente) que todo esto podía pasar y que había tantos o más sinvergüenzas banqueros como políticos, sindicalistas, empresarios, funcionarios, trabajadores de postín y amigos... de sus amigos, esos de «por qué me quieres... por el interés».
Pues nada, la culpa siempre la tienen los demás, esos que con mucho sigilo, mucha paciencia, mucho sacrificio y aguante, no dan la nota ni en educación, ni en la banca, ni con los políticos, ni sindicalistas, ni gorrones, ni vendedores de humo, o sea, esos manipuladores de casi todo. Doy gracias por haberme permitido vivir para ver lo que yo también jamás pensé que podría llegar a ver, a las personas de verdad, a la familia de verdad, y siempre, a los amigos y a los amores (que los hay) que están cuando existen los problemas, y, sobre todo, los que saben, porque así se lo han enseñando y ellos han aprendido a navegar entre jugar a ser rico sin honor o humilde con dignidad.
Puedo equivocarme todos y cada uno de los días de mi vida, pues seguro que me enseñan algo, lo que no debo es dejar de ser yo mismo.
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