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Una pregunta a Rafael Moneo

25 de Octubre del 2012 - Miguel Bretón Fernández (Avilés)

Lo conocía por fotografías, por alguna publicación también y es que me habían hablado siempre muy bien de esta obra: el Museo de Arte Romano de Mérida estaba entre mis intereses desde tiempos ya estudiantiles. Lo había intentado, tras muchos años, en agosto del 2011, aprovechando una parada de viaje hacia Cádiz por la Ruta de la Plata. No pudo ser, los horarios no siempre se ajustan a las necesidades del viajero. Pero no se resistiría por mucho tiempo

Casi un año después, y dejando atrás la Feria chiclanera de San Antonio, la visita era obligada en la vuelta hacia el norte: Mérida y ese museo esperaban. Día de sol a mediodía, calor de fin de primavera no había mejor lugar para estar por esas tierras, que entre el frescor de las paredes de piedra cerámica. Tras dejar el coche al buen recaudo de la sombra, pregunté hacía donde debía dirigirme. No me costó mucho encontrarlo.

Desde el acercamiento primero, accediendo al interior del edificio después, caí en la cuenta de que el continente tendría tanta importancia como el contenido. Me dejé llevar por sus recorridos, descendí curioso a la penumbra de su fenomenal cripta. Al ascender de nuevo a la planta principal, por fin me decidí a entrar a tan genuino espacio. De escala colosal e impecable orden, la luz y el color hacen de esta primera vez algo inolvidable. Y es que a mi memoria regresan, de repente, grandes primeras veces arquitectónicas, entre las que ya se encuentra esta obra plena de mérito: la Acrópolis ateniense cuando era muy pequeño, la nueva cúpula del Reichstag varios años después, esa que no está muy lejos de la gran cubierta de acero del museo de Mies que años antes levantó. También el Panteón romano mora en el recuerdo, sin olvidar jamás la genial e increíble ascensión hasta la cruz, solo y sin nadie delante de mí, del cementerio en Estocolmo del gran Gunnar Asplund. Y más. Son tantas y tantas cosas las que uno disfruta al viajar, que uno ya nunca puede parar

De esta primera impresión emeritense, recuerdo bien la natural relación que se establece entre las obras allí expuestas y la materia que la cobija: natural, a juego diría cual actores en escena hablando un mismo lenguaje. Disfruté como pocas veces de una visita tan deseada. Observé, paseé y también escuché y es que si hay algo que a uno le encanta, es acoplarse a grupos de visita y sacar algunas cosas en claro. Y ya una vez solo de nuevo, hubo algo que me llamó mucho la atención, algo que le daba a todo un toque más sublime aún, algo que estaba presente pero que no había caído en la cuenta: algunos de los ladrillos que todo lo llenaban, tenían alguna rotura e imperfección

Esta tierra cocida fabricada a escala de la mano, adquiere en este lugar una importancia primordial. Sencillo y elegante, se alza al encuentro de una luz que se introduce desde las alturas, coloreando de tierra todo el espacio, despiezando en pequeñas partes los grandes planos de sus muros, arcos y pilastras. La lógica estructural propia de la naturaleza del material es total. Un ocre terral que lo inunda todo, que bajo el dominio de la luminosidad reinante, da cuerpo a una atmósfera única: dentro se está a gusto, dentro se está al abrigo dentro se está genial. Y es que este ladrillo, presente en todas las partes de la obra, provocó en mí esa duda curiosa, esa cuestión de gran interés para un observador que ya se ha dejado llevar por todo lo que le rodea: a veces piezas de impecable factura, otras de un ladrillo imperfecto, herido, desgajado. ¿Sería algo buscado por el arquitecto para unificar el contenedor y el contenido? Porque era esa la sensación que generaba en mí. Porque esas roturas en la piel de arcilla hacen perfecto juego con las obras allí exhibidas, con esas esculturas rotas, con el material expuesto envejecido. Es tal la fusión que alcanza lo nuevo y lo antiguo, que uno se queda perplejo.

Seguí paseando por el edificio, estudiando sus recorridos, disfrutando de las vistas desde las pasarelas metálicas y la duda seguía ahí, rondando en la cabeza, sin respuesta. En cuanto tuve oportunidad en mi fin de visita, pregunté a una de las encargadas el porqué de que algunos ladrillos estuvieran desgajados, unos un poco rotos, y otros muchos no a juego perfecto, para mi manera de interpretarlo, con la obra antigua expuesta. Sonriente, agradecida por mi interés, ella me contestó: No se responderte, la verdad esos son cosas de vosotros, los arquitectos. Pero lo que si te puedo decir es que el autor de la obra quiso que el ladrillo fuese a media cocción. Parece que la pregunta me delató, y es que acertó. Agradecí su respuesta y entablé con ella una agradable conversación. Escuché atento muchas de las historias que solo un trabajador que vive el día a día allí puede contar: es parte importante de su mundo y en esa ocasión lo compartió conmigo.

Ya han pasado muchos meses desde aquella experiencia. Y ha sido de nuevo en Cádiz, y que sean muchas más, donde ha renacido esta historia. Tras recibir de un amigo un correo electrónico a cerca de las actividades de la fundación Príncipe de Asturias para este Octubre de 2012, todo volvió a empezar. Pues, oh mi sorpresa, esta vez a mi regreso desde el sur no me encontraría con la obra de Mérida, sino con su autor: Rafael Moneo daría una conferencia en Asturias a la que, por supuesto, iba a acudir. Ante la alegría de poder tener cerca a tan magnífico arquitecto, lo comenté con mis amigos gaditanos: les hablé de la sensación que el museo me causó cuando lo visité, del buen rato que allí pasé de mi dilema con el ladrillo. Les comenté esa duda en relación con ese defecto que tan bien quedaba: ¿sería buscada o accidental? Ante esta situación, ante esa duda de textura, recibí en respuesta algo que sería definitivo: ¿Y por qué no le preguntas a él, ya que vas a ir a su conferencia?

Este pasado martes 23 de octubre, unos cuantos afortunados tuvimos la ocasión de acudir a escuchar al maestro en Gijón. La conferencia, basada en la argumentación de dos de sus proyectos más extremos en cuanto al uso de los mismos, a muchos nos devolvió a la Escuela. Magnífica explicación, una gran lección. Tras ella, y en un ambiente de lo más agradable, fue inaugurada la exposición dedicada a parte de su obra en el edificio anexo a la Colegiata de San Juan Bautista, en el Palacio de Revilladiego, con un más que agradecer vino español para amenizar el fin de la jornada. De entre todos los presentes, Rafael Moneo era el invitado especial. Verle atender a todos los que allí acudimos, a todos los que celebrábamos tenerlo entre nosotros, fue una experiencia de lo más especial. Y tenerlo tan cerca, tan a mano, me dejó en bandeja hacerle esa pregunta que rondaba en mi cabeza desde el primer momento en que me la planteé, meses atrás, en la emérita visita al museo. Posé mi copa en la mesa y me dirigí a él. Tras esperar el momento oportuno, pues eran muchos a los que recibía, me volví a plantar ante él, pues ya antes me había presentado. Sencillo y directo, le puse en antecedentes y le hice la pregunta: ¿fue buscado el relativo deterioro de ciertos ladrillos en su obra del Museo de Mérida?

En cuanto escuchó la pregunta, capté entera su atención. Con cara entre un tanto contrariada y perpleja, y siempre con tono alegre y jovial, se acercó a mí y empezó a explicarme como habían llegado esos ladrillos a esa obra. Nos comentó, pues éramos más alrededor, que esos ladrillos se habían mandado hacer en una fábrica sevillana, con moldes y medidas especiales y que, por lo visto, habían dado mal resultado. Algo escuché a cerca de una futura rehabilitación, de que ese efecto es producto de un inesperado comportamiento del ladrillo. Vamos, que las piezas utilizadas no era las esperadas. Ante ello, le comenté mi percepción: que me encantaba como quedaba, que hacían un perfecto juego con las piezas antiguas romanas. Que si no hacían mella en su función estructural, y él nos comentó que no, que lo que había sucedido daba un resultado genial. Y entonces recordé unas palabras de Eduardo Chillida, donde este afirmaba que la obra de arte está viva, que termina cuando hay un tercero que la interpreta, y que esa era, para mí, mi manera de entender esa faceta del proyecto. Me sonrió de nuevo, esta vez más intenso y cercano, y se acercó agarrándome fuerte el brazo: me dio las gracias más sinceras que jamás haya recibido de un artista de semejante altura.

Hay un precioso cuento taoísta que habla de la mala suerte, buena suerte ¿quién sabe?. Pienso que la Venus de Milo ya no sería la misma con sus brazos en su lugar, así como que la Victoria de Samotracia está estupenda sin cabeza. Y también creo que si a la torre de Pisa la ponemos en su sitio, perdería toda su gracia. Y es que las cosas son como son , no como deberían de ser que decían y, por ello, creo que el Museo de Arte Romano de Mérida está genial con esa piedra cerámica tan singular.

Yo seguiré pensando que esas imperfecciones son parte de la obra, así la conocí así quiero recordarla. Y ya nunca olvidaré ese pequeño rato que pasé hablando con su autor, respondiendo a esa pregunta que tantas veces me hice disfrutando que, en ocasiones, las cosas no salen como uno espera y, que si se miran con buenos ojos, hasta uno las ve mejor. Y esto, al menos, será el consuelo que le quedará al último eslabón en la cadena de una obra de arte, ese que la interpreta.

Un fuerte abrazo, maestro es todo un privilegio y un placer tenerlo por estas tierras que son suyas, que son de todos. Por artistas de su altura, por la altura de su arte, merece la pena seguir luchando por hacer buena arquitectura.

Va por usted, Rafael, ejemplo de buen hacer y trabajo.

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