El alma y los trasplantes de órganos
Han levantado estos días un gran revuelo, en todos los medios de comunicación, las manifestaciones de Mariló Montero, una presentadora de un programa matinal de TVE, acerca de sus dudas sobre si, en el caso de que alguien reciba en un trasplante los órganos de un asesino de instintos perversos, el asesino pueda pasarle, con sus órganos, también su alma, afectando así al alma del trasplantado.
Todos los comentarios que he visto en todos los medios, desde los comentarios de la prensa y sus profesionales, hasta la de los intervinientes en todos los foros de ediciones digitales de prensa, etcétera, cartas al director, etcétera, van en la misma dirección de resaltar la brutalidad y majadería de semejante planteamiento, tirándose a la yugular de la presentadora, exigiendo su dimisión inmediata y explicaciones a los responsables de su trabajo, o bien burlándose de ella cruelmente. Muchos incluso se escandalizan del uso del concepto alma en un medio público al que suponen ha de tener superado, en una cultura avanzada y no medieval, ese término, exigiendo que quien se refiera al alma demuestre su existencia primero, que es algo cuya existencia ni siquiera está demostrada.
Quisiera expresar aquí un punto de vista diferente, y en la línea de justificar en cierto modo las manifestaciones de la mencionada periodista. Y lo primero que hago es afirmar que el alma existe. Claro que existe. No necesita demostración, es algo evidente. Tan evidente que quien no lo vea es que está ciego. El alma, a la luz de los conocimientos actuales, es un conjunto de programas, de software, grabado en las estructuras de nuestro cerebro. En parte, en las estructuras heredadas de nuestra especie, en lo más profundo de nuestro cerebro, y en parte en estructuras formadas a través de nuestras experiencias, de nuestro aprendizaje, de los complejos acumulados a través de las contrariedades de nuestra vida, de las dificultades superadas y las no superadas, de las humillaciones, presiones y también de los éxitos y gozos. Y todo eso, ahí grabado, conforma nuestro alma, que determina nuestros sentimientos y nuestro comportamiento, nuestras reacciones ante las situaciones, nuestros miedos, nuestra codicia, nuestra generosidad, nuestra agresividad, nuestra maldad y nuestra bondad, nuestras mariposas en el estómago y nuestros odios. No hace falta ser siquiatra para saber esto. Y el cerebro, el alma, es sabido que puede modularse a través de sustancias. Una persona normal puede asesinar y perder todos los valores bajo la acción de determinadas drogas introducidas en su organismo, puede deprimirse, suicidarse, matar, perder todas las barreras, perder su voluntad, según con qué drogas actuando en su estructura cerebral, en su alma. Y es sabido que el propio organismo, a través de muchos de sus órganos, como el hígado y otras glándulas que puedan tener un funcionamiento anormal, puede generar internamente muchas de estas drogas, que actuando sobre nuestro cerebro, nuestra alma, en intensidades anormales, pueden hacer de una persona alguien enfermizamente deprimido, o agresivo, etcétera. ¿Por qué hay asesinos compulsivos? Pues a lo mejor porque su hígado u otro órgano generan de manera irregular una determinada hormona que actúa sobre su cerebro, sobre su alma de manera irregular. El organismo es un todo único, con todos los órganos interactuando, interrelacionados a través de las hormonas que todos producen en su funcionamiento.
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