Los silencios
La zona rural del concejo de Oviedo está enferma. Padece parálisis regresiva que no cura con resignación vecinal, sino con determinación política.
Hagamos historia. Particulares y asociaciones vecinales, mención para la de Sograndio por su lucha y su trabajo presentado al Ayuntamiento en abril de 2008, vienen denunciando la disparatada demanda administrativa de 5.000 y hasta 10.000 metros cuadrados de terreno para edificar vivienda unifamiliar en zona rural. El señor De Lorenzo prometió reducir a 1.000 metros cuadrados las parcelas. Renunció a la Alcaldía antes de cumplir la promesa, pero su grupo la llevó adelante y el 27 de diciembre del pasado año el Pleno aprobó por «mayoría» un plan reductor de exigencia de terreno. Las salvedades, cargadas de arcaico intervencionismo, deslucieron la faena. Por ejemplo, afloja la mordaza de fincas con fachada a caminos a partir de ciertos metros, limitando en ellas el número de parcelas y se olvida de los predios interiores. Sin embargo, algo es algo. Gracias.
El 18 de enero de este año el Ayuntamiento eleva el acuerdo a la Dirección General de Urbanismo del Principado para la aprobación definitiva. El inesperado cambio de Gobierno lo paralizó. Consumidos con creces los cien días de gracia del nuevo gabinete, el plan no ve la luz (ojalá la vea enriquecido). Estas demoras torpedean los grandes discursos cargados de esperanzada creación de empleo, ya que uno de los nichos de trabajo, y tal vez no de los menores, se localiza en la agilidad burocrática. No se espere hoy por la boñiga de un buey, hay que conformarse con las mil de golondrinas y revertir la atención hacia ellas en esta delicada época, en la que «todo es bueno para el convento». La construcción de una humilde vivienda unifamiliar arrastra una alegre cola económica y no se corta cuando finaliza, que los impuestos la mantendrán viva año tras año. Estas golondrinas se hallan en la zona rural.
No extrañe, pues, la reflexión. Si el Ayuntamiento tiene la obligación de conocer su territorio y las necesidades de sus administrados, aquí debe de nacer y morir el expediente, evitando superiores organismos solapados, superpuestos o controladores, porque ¿quién controla al último controlador y cuánto tiempo se dilapida? No quiero decir que la referida dirección sea una de tantas que sobra, pero el viejo plan para la zona rural, que asilvestra praderías, vacía pueblos y no renta a las arcas públicas, sigue vigente, al menos hasta donde estoy informado, achacable a la pesada y duplicada estructura burocrática. El silencio es fecundo y confortante, pero en la Administración es antieconómico e irritante.
Para finalizar, dos anécdotas. Paseando por la cima del montículo de La Medina, en Sograndio, un acompañante afirmó con sorna: «Esta zona rural será libre, dentro de un orden liberal y no progresista, cuando Gibraltar sea español». Y otro, disfrutando del panorama, añadió: «Si Jesucristo hubiese nacido por aquí, habría escogido esta colina para transfigurarse».
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