Inflexibilidad del Niemeyer
Hace unos pocos días, acudí a un espectáculo en el Centro Niemeyer, en compañía de otra persona, con tan mala suerte que las entradas que había sacado por internet eran para la sesión anterior a la que yo pretendía asistir. Esta desafortunada incidencia, absolutamente imputable a mí, dio lugar a una secuencia de actuaciones que no me resisto a compartir, sobre todo por las reflexiones a que me condujeron después.
Al caer en la cuenta del equívoco, ya en la misma taquilla del centro y dado que el espectáculo para el cual teníamos pase había comenzado media hora antes, preguntamos a la persona que allí se encontraba si no podríamos entrar a la siguiente sesión, siempre, naturalmente, que quedaran plazas libres. Ante la amable negativa de la empleada, que cumplía con unas normas establecidas, solicitamos nos pusiera en contacto con algún responsable. Insistimos, cuando acudió a nuestro reclamo, en que asumiríamos que el auditorio estuviera completo para la siguiente sesión, pero en caso contrario pedíamos el favor de ser ubicados en cualquier lugar, ya que las entradas son caras y nos apenaba perder la ocasión. Llegamos a sugerir incluso que se nos ubicara en las plazas reservadas a personas discapacitadas, siempre, reitero, que éstas quedasen libres. La negativa fue inflexible y rotunda, no había nada que hacer.
Aun así, a pesar de la decepción, decidimos no darnos por vencidos y volvimos a insistir en el intervalo de ambos pases, esta vez a otro empleado encargado de comprobar las entradas y acomodar a la gente. De manera que fue a buscar a una persona, Ana, una mujer todo amabilidad y empatía; puesta al corriente de nuestro caso y entendiendo nuestra situación, hizo algunas comprobaciones y finalmente nos ubicó en unas plazas desocupadas de las destinadas a personas discapacitadas. Una vez acomodados, pudimos comprobar que el aforo no estaba ni mucho menos completo, lo que acrecentó nuestra perplejidad. Cuando en agradecimiento, y felicitándonos por una atención tan sencilla, solícita y eficiente, mencionamos al centro, esta señora nos indicó que ella no pertenecía al personal del Niemeyer, sino a la producción del espectáculo.
Quiero plasmar aquí mi agradecimiento a Ana, que hizo posible, sin menoscabo de la parte que a ella toca, defender que no perdiéramos la oportunidad de asistir al evento, y poner de manifiesto aprovechando estas líneas el rígido proceder del personal del Centro Niemeyer, porque, si bien les asistía la razón, no mostraron en ningún momento flexibilidad alguna a un problema menor de unos clientes: quien puede lo más, puede lo menos, y en ciertos comportamientos modestos y cotidianos es donde se puede apreciar la grandeza de empresas e instituciones. En este caso, y a nuestro parecer, el Niemeyer nos mostró un rostro poco amable. Sucesos así son puntas de iceberg que despiertan ciertas alarmas; hacen sospechar del largo camino que le separa, en todos los sentidos, del territorio de los mejores.
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