¡Adiós! Que nos vaya bien
En 1982 el PSOE ilusionó a mucha gente que, ávida de progreso y de esfuerzo colectivo, quería llevar a España a un triunfo democrático y de riqueza. Pero se empezó a decir que la filosofía (marxista o no) no era valida. El humanismo, capaz de incidir en la sociedad y su historia, se hizo irrelevante. ¿Qué era eso de las humanidades y de un pensamiento libre? «El que se mueva no sale en la foto». Y la foto del día después, como flash publicitario, pasó a ser lo importante. Pragmatismo se dijo: mínimo esfuerzo para el conocimiento; máximo para la venta de activos de empresas públicas justificando alegres prejubilaciones de padres con hijos. El futuro para esos hijos consistía en: a) La continua petición de subvenciones y crédito a Europa (todo un despilfarro para poder hacerles el gasto comprando sus productos). b) La continua reclamación partidista de: «¡Y de lo mío qué!». Porque aquí, lo que se dice producir, sólo supimos colocar ladrillos de forma manufacturera mientras se colocaban hipotecas a las personas sobre unos pisos supervalorados por culpa de un suelo que, sociedades mixtas participadas por constructores privados, ofertaban a los propios constructores tras expropiar al ciudadano. Un señor endeudamiento viciado que acabó convertido en un alto riesgo, por falta de ética y humanidades. Esto llevó a considerar aburrido lo razonable y la máquina apisonadora convertida en «maquinona» se puso en marcha innovándose en «empresona». No sé cuántos, o si sólo fue uno, los que esperaban un cambio en el PSOE para 1986. Sin embargo, no lo hubo, sino más de lo mismo: «gato blanco o negro no importa si caza ratones». Y la escopeta nacional, cargada de soflamas populistas que no admitían réplica, salió a cazar ratones (bichos y demás familia) de la mano de los nacionalismos. Desde aquella época se podía decir: «Se están cargando un partido histórico como el PSOE». Pero era una equivocación: los históricos se convirtieron en aburridos y, apartados, fueron abandonados. Como consecuencia no se cargaron un partido, se cargaron todo un país histórico haciéndole desaparecer por el desagüe sin democracia, sin riqueza y sin futuro. De justicia histórica sería que lo acompañaran. Pero eso no les preocupa, no depende de ellos, sino de ciudadanos y trabajadores cazados por las soflamas que siguen disparando para no ser ellos los abatidos: los deprimidos sin psiquiatra ni coche oficial. Como dijo hace tiempo don Gustavo Bueno (ahora quiere que hable el silencio): «La culpa es de los trabajadores por tener los sindicatos que tienen». Y es que en esta Asturias del alma, el alma de los partidos de izquierdas han sido siempre los sindicatos que los controlaban. Todo tiene su cierre categorial.
Para 2016 sólo resta decir: ¡Adiós! Categóricamente cerramos. Las campanas del dinero sonaron convenientemente durante treinta años a base de subvenciones, prejubilaciones y jugosas pensiones. ¿Por quién doblaban las campanas? Dimitiendo Rubalcaba, más otros cuatro mil cargos del PSOE como él y junto a él (ya quisiéramos), no se arreglaría nada (ni todo). Sean bienvenidas, pues, otras siglas, otras ideas, otros discursos. Necesitamos un humanismo que nos haga fuertes, una cultura y un conocimiento que nos hagan productivos. Los pueblos que cultivan el humanismo, curiosamente, son los más productivos. De eso se trata: de ser productivos y que nos vaya bien.
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