Doce resumidas en tres
Eso dicen los eruditos budistas: las doce causas que conducen al ser humano al dolor pueden ser resumidas en tres: la ignorancia, el deseo y la acción determinada por el deseo.
Consecuentemente, es evidente, suprimidas la ignorancia, el deseo y la acción determinada por el deseo, todos felices.
Chupao si el conocer las causas de los males trajera consigo el conocimiento de cómo eliminarlos. Pero todos sabemos que no es así.
Y aquí estamos muy doloridos la mayoría. Y, además, el dolor, tarde o temprano, salvo los iluminados estos de marras, todos lo vamos a sentir. La diferencia entre la mayoría y el resto, que no por ser minoría son pocos, es que esa mayoría nos pasamos doloridos la mayor parte de nuestra, cuando menos, dificultosa existencia, mientras que los más inmorales se libran de muchos padecimientos gracias a su permisiva conciencia y sólo llegan a padecerlo, el dolor, cuando ven cercano el final de sus días, que su falta de moralidad hicieron de vino y rosas. Aunque es tan pasota la vida que no a pocos de ellos les da el mágico analgésico: que me quiten lo bailao, para que ni con un minuto de dolor paguen el mal que hicieron mientras pudieron.
Llegado a este punto me gustaría estar facultado para preguntarle a la humanidad, bueno, seré menos ambicioso, preguntarle a todos los que viven en lo que de momento algunos seguimos llamando España: ¿Os parece racional y realista el pensamiento de que el ser humano, en general, es, sobre todo, un ejecutor sin muchos escrúpulos que obra conducido por la ignorancia y el deseo?
Si la respuesta fuera negativa no diría nada para los demás, sería inútil, sólo diría para mí lo que los demás me parecen. Mas, si la mayoría respondiera afirmativamente, seguiría filosofando en letra pública.
Aceptado que el ser humano es como es: político, banquero, empresario, etcétera, debería estar claro que a ningún individuo o asociación de individuos se le puede dar carta blanca, que la carta ha de contener todas las condiciones necesarias para que a aquellos a quienes se entrega se les haga, ojalá, imposible cagarnos con el poder que nosotros mismos les damos.
He dicho les damos. Porque nosotros, los habitantes de este país, como los de todos los países, deberíamos ejercer de lo que somos: empresarios dueños del país que habitamos. Y por tanto deberíamos ser nosotros los que realmente decidiéramos quiénes, cuántos, cómo, en qué condiciones, con qué rumbo, etcétera, deberían actuar los empleados que contratáramos para llevar la administración de nuestra empresa, nuestro país.
Así de fácil. Pero claro, si ya es difícil el autocontrol de un individuo, imaginémonos el de una ciudadanía al completo.
Un pueblo capaz de aunarse en torno a una idea clara y sensata de cómo debe gobernarse, y que no se deje llevar por toda esa caterva de charlatanes vividores, no existe. No existe porque esos charlatanes y vividores son pueblo, y el pueblo que no es charlatán y vividor no lo es porque no quiere sino porque no puede.
Por supuesto que hay excepciones, individuos excepcionales, pero también se sabe: la excepción no hace la regla, ni un país en condiciones.
Por eso arreglados estamos, nos cagan porque nos cagamos.
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