Oportunidad perdida
Me levanto una mañana de sábado con la ilusión de recoger la invitación que me permitirá conocer un poco más de cerca a Shigeru Miyamoto, uno de los personajes más influyentes de nuestro tiempo y premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades este año.
Después de más de una hora de espera en la cola por fin consigo mi ansiada invitación (desgraciadamente, muchas personas se quedaron sin ella). Ahora sólo queda esperar la llegada del gran día. Para acompañarme y compartir ese momento, mi hermana viaja desde La Coruña el mismo jueves, ya que a ambos nos une una especial admiración hacia el señor Miyamoto.
Llegamos al teatro. Se respira la emoción en los momentos previos a la llegada del gran Shigeru. Por fin aparece, el teatro explota en aplausos. Pero aquí comienza el desengaño: lo que prometía ser un acercamiento, una charla con un personaje tan interesante y con tantas cosas que contar se convierte en un despropósito total. El ilustre invitado sentado en la penumbra de un palco asiste junto al resto de público a la proyección de un infame vídeo –una especie de práctica o ejercicio de un cursillo de iniciación a la infografía– de una fotógrafa local, a una descontextualizada charla con un escritor y a las opiniones de un director de cine (tal vez el único con cierta conexión con el evento). Llevamos unos 45 minutos en la sala y Shigeru brilla por su ausencia. Una verdadera pérdida de tiempo.
Yo –y, como pude notar, la mayoría de gente que me rodeaba– no hicimos cola más de una hora para ver cómo opinan sobre generalidades unos invitados que, lamentablemente, no debieron tener protagonismo en el acto.
Finalmente, el señor Miyamoto es llevado al escenario para una brevísima entrevista y para responder a algunas preguntas del público (exactamente, cuatro). Un verdadero fiasco. En la invitación se pedía a los asistentes que enviaran sus preguntas para el invitado; ahora me pregunto para qué, si los organizadores hicieron caso omiso de lo que verdaderamente el público tenía ganas de ver. El invitado era lo suficientemente interesante y brillante (la revista «Time» le nombró «la persona más influyente del mundo») como para que los asistentes pudieramos disfrutar con él y no con una desafortunada demostración del mejor nepotismo.
En resumen, una grandisima oportunidad perdida de compartir un valioso momento con uno de las personas que ha revolucionado nuestra forma de divertirnos y relacionarnos.
Lástima. Una verdadera pena
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