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Diversiones de alto riesgo

11 de Noviembre del 2012 - Constantino Díaz Fernández (Oviedo)

La tragedia vivida durante la celebración de la fiesta de Halloween en el recinto Madrid Arena, en la capital de España, en la noche del pasado 31 de octubre, en la que perdieron la vida 4 jóvenes muchachas y una más resultó herida de extrema gravedad, lo que sumadas a otras, como el caso de la discoteca Factory de Quito, durante un concierto de rock celebrado el 19 de abril de 2008, en el que hubo 17 fallecidos; el de una discoteca en la localidad rusa de Perm, el 5 de diciembre de 2009, con un balance de 109 muertos y más de 130 heridos, o el acontecido durante el festival de música electrónica Love Parade, celebrado el 24 de julio de 2010 en Duisburgo (Alemania), con resultado de 21 muertos y más de 500 heridos, por mencionar sólo algunos de los sucesos recientes más relevantes, viene a poner en tela de juicio toda la normativa existente en materia de seguridad para garantizar la integridad física de los asistentes a estas macroconcentraciones de personas, o, cuando menos, el rigor en la exigencia y vigilancia de su aplicación.

El incendio acaecido en la madrugada del 17 de diciembre de 1983 en la discoteca Alcalá 20 de Madrid, en el que perecieron 82 personas atrapadas en las deficientes vías de evacuación, causó una auténtica conmoción nacional que llevó a la necesidad de replantear todos los aspectos de seguridad relativos a los locales de pública concurrencia; pero, hoy por hoy, a pesar de los muchos años transcurridos, los cambios legislativos, y una mayor disponibilidad de medios, los avances en esta materia, a juzgar por los resultados, no han sido suficientes. La superación del aforo permitido en estos establecimientos, la falta de control en los accesos a las instalaciones y en su interior, los defectos y carencias en las infraestructuras, junto con algunas imprudencias temerarias cometidas, la mayoría de las veces provocadas por estados de euforia derivados de la excesiva ingesta de alcohol, e incluso estupefacientes, suelen estar en el origen de estas tragedias. Evitar que hechos similares puedan volver a repetirse no es solo una necesidad, es, ante todo, una obligación; una labor en la que deben estar implicados todos los estamentos de la sociedad, sin excepciones. Si todos tenemos alguna parte de la culpa, entre todos tenemos que buscar la solución; por supuesto, cada uno en su medida.

Situaciones extremas, como las anteriormente mencionadas, en las que la tragedia golpea de forma llamativa a muchas familias, y son portada en todos los medios de comunicación, ponen un plus en la tensión que se vive en el seno de los hogares cuando alguno de sus miembros acude a cualquiera de estos eventos, y acrecienta la particular y sistemática angustia que todos los padres sufren los fines de semana cuando ven partir a sus hijos para pasar la noche fuera de casa, con la incertidumbre de no saber con certeza adónde se dirigen ni la suerte que puedan correr durante su ausencia, mientras se mantienen en vigilia, atentos al móvil; inquietud que sólo encuentra el alivio cuando se escucha la llave en la cerradura de la puerta, aunque ello sólo represente el inicio de otros seis días de sosiego.

La problemática con que se encuentran los padres para evitar la exposición de sus hijos a todos los riesgos que representa su asistencia, hasta altas horas de la madrugada, a salas de fiesta, «botellones», etcétera, donde uno de los fines primordiales es el consumo de alcohol, cuando no se mezcla también la droga, es la de carecer de argumentos suficientes para convencer a los jóvenes, sobre todo cuando éstos vienen cumpliendo satisfactoriamente con sus deberes, de que abandonen una práctica que ellos consideran normal y que forma parte elemental de sus relaciones sociales. Este complejo y engorroso asunto, una vez que ha alcanzado las dimensiones actuales, no será nada fácil de erradicar, y la solución, sin duda, tendrá que pasar por generar un cambio en el modelo de ocio de la juventud. La cuestión es si estamos realmente convencidos de su necesidad y, sobre todo, dispuestos a poner todos los medios para conseguirlo.

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