Me han sacado una sonrisa
A día de hoy me cuesta rememorar aquellos tiempos en los que pasaba largas mañanas en la sala de espera de rehabilitación del hospital. Mi hospital.
Por aquel entonces, y con apenas 6 años, me diagnosticaron una enfermedad común en muchos niños, pero más tarde terminó por convertirse en cuatro largos años de ortopedia y una inevitable parada por el quirófano.
Tenía 14 años, e intentando recapitular todos y cada uno de los momentos que estuve en el hospital recuerdo haberme sentido como en casa, me sonreían y me animaban, incluso sabiendo que iba a ser una operación difícil, con una recuperación dolorosa. En ningún momento sentí miedo, y en ningún momento me faltó de nada.
Recuerdo el primer instante en el que entré en la habitación, en la que posteriormente pasaría casi doce días. La cama estaba limpia y confortable, hacía calor, y las enfermeras vinieron a saludarme y a conocerme. A la mañana siguiente me encontraba tranquila, y cuando el celador me trasladó a quirófano, al primero que vi al salir del ascensor fue a él. A mi médico y cirujano. Ya lo conocía y sabía cómo era, me dio mucha seguridad. Ahí estaba él, observándome, preparándose y preparándome para la operación, pero siempre con una sonrisa. Una vez tumbada en la camilla del quirófano recuerdo pensar: ¿Cómo puede haber tanta gente sólo para atenderme a mí? Pues allí estaban todos.
Días después, ya despierta, y luchando por recuperarme, él, mi médico, vino a verme. Por lo que mi madre había dicho, ese día era domingo y no trabajaba. Tampoco estaba de guardia, pero vino a verme. Quería saber cómo estaba. Me sorprendió tanto que a día de hoy ese gesto nunca se me olvidará. No sólo él y su equipo me devolvieron mi salud, a la que tengo derecho por encima de todo, sino que lo hicieron magníficamente bien.
Con un cuarto de siglo a mis espaldas, y nunca mejor dicho, no hago más que preguntarme ¿por qué está pasando esto? Estamos hablando de la salud, nuestra salud. Y depende total y absolutamente de nuestros médicos. Benjamin Franklin dijo: «Apenas nos están dando a elegir». Por mi parte, seguiré luchando, porque en las manos de los médicos que hoy protestan por jornadas laborales dantescas estará la vida de mis hijos, que todavía no los tengo; mi vida, la de mi familia y la de toda una generación que no sólo se está viendo asolada por el desempleo y la necesidad de emigrar, sino por una falta de ética y de moral que atenta contra uno de los derechos fundamentales de los seres humanos: el derecho a la vida y a la salud.
Al SESPA, a la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, al actual y futuros gobiernos, a quien le concierna solucionar esto, por favor, ¡ya basta! No lo dice un médico, lo dice una joven que vivió en primera persona lo que es tener una sanidad de primera, con unos médicos y profesionales sanitarios excelentes, que sueña con un futuro en el que la sanidad le ofrezca a sus hijos lo que a ella le ofrecieron. Y que no quiere verse obligada a abandonar su tierra por falta de calidad de vida. Lo que nos faltaba.
Con mi columna vertebral sujeta por varillas y tornillos de titanio escribo con agradecimiento y placer estas palabras dedicadas a una sonrisa en concreto, y a otras muchas que me ayudaron a caminar erguida. Médicos y personal sanitario, amigos y también familiares. Gracias a todos, pero por favor, no dejéis de sonreír, estamos con vosotros. No debéis olvidar que la risa es el mejor remedio para curar enfermedades. Conmigo lo hicisteis, conseguisteis sacarme una sonrisa devolviéndome la salud.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

