Búsqueda infructuosa
Diógenes comenzó a echar un discurso importante y serio en plena calle y nadie lo escuchaba. Se puso a hacer gorgoritos en burda imitación del canto de las aves y en unos instantes se vio rodeado de una atenta multitud, a la que se dirigió para decir: «Pasáis de largo cuando un sabio os habla y os paráis a escuchar a un tonto».
Ya ha llovido desde entonces y, sin embargo, aunque nuestro mundo actual tenga muy poco que ver con aquel en el que se desenvolvió Diógenes, el ser humano en sí mismo poco o nada ha cambiado, y menos aún su capacidad intelectual.
Evidentemente sabemos más cosas, pero ¿tenemos mayor capacidad para aprender, para entender, para analizar, para racionalizar? Pienso que no. Bien es cierto que escuchamos menos a los tontos, pero es porque, naturalmente, también los tontos han evolucionado y ahora se prodigan menos y resultan menos graciosos.
Ahora los más escuchan y, si no dan pábulo, cuando menos, se dejan anestesiar por los listos que se aprovechan y se ríen de ellos ostentosamente. Muchos escuchan a un Artur Mas al que todos le financiamos un garbeo por Rusia, con señora y séquito, alojándose en hoteles de 1.600 euros la noche; con día también de cinco estrellas. Todos consentimos que un Patxi López se otorgue una pensión vitalicia de 50.000 euritos de nada por haberse desempeñado tres años como lendakari; no ha dado un solo golpe en su vida.
Además de dar discursos y hacer gorgoritos, Diógenes andaba buscando un hombre con una linterna, lo cual, dicho sea de paso, no deja de ser contradictorio, pues entendido que el filósofo encontraba harto difícil la tarea, podía haber usado cuando menos una buena antorcha. Pero, en fin, si hoy en día, recurriendo a todo el poder lumínico que nuestra avanzada tecnología nos permite, tratáramos de conseguir un hombre o una mujer, ¿nos enfrentaríamos a una tarea menos ardua que la de Diógenes? Rotundamente, no. Porque un tío o una tía, con dos dedos de frente, sentido de la justicia y testículos u ovarios bien hormonados, capaz de gobernar como es debido este país, donde todo está manga por hombro, o no existe o no importaría que existiera, pues el pueblo que debiera reconocerlo se halla completamente perdido en «botellones» y algazaras estériles y ruinosas para sí mismo, unos, luchando por independizarse, pero quedándose con la habitación y el salón en la casa de sus padres para que éstos los sigan manteniendo, otros etcéteras, etcéteras.
«Mens sana in corpore sano». Más que claro: no puede estar sano lo que dirige asentado en un cuerpo enfermo.
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