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La charlatanería empobrece

13 de Noviembre del 2012 - José Ramón Rodríguez Fernández (Oviedo)

Casi todos hemos oído decir en alguna ocasión que fulano de tal no hace otra cosa que hablar, que no calla un momento y que aburre a las piedras; dicho de otro modo más sencillo, que es un charlatán.

El fenómeno de la charlatanería está aumentando cada vez más. Hoy son muchos los individuos que se exceden en palabras, no con ánimo de informar, y así prestar un servicio al oyente, sino más bien por intereses personales. El lenguaje se está empleando a menudo para protagonizar, para exhibir y para hacerse notar. Si el charlatán no tiene de lo que hablar, entonces exagera, inventa, incluso miente, y retuerce el lenguaje hasta que ya no puede más.

Los charlatanes están hoy de moda, cosa que no ocurría en el pasado que yo conocí. Los tienes en tu propia casa, en la calle, y te puedes encontrar con ellos en cualquier lugar. A veces, por poner un caso, vas a una reunión de comunidad, con un claro y preciso orden del día, pero son tantos los intervinientes y sus ocurrencias que después de largas horas regresas a tu casa sin haber alcanzado acuerdo alguno y con un profundo malestar.

El Congreso de los Diputados, también llamado «Parlamento», es donde la charlatanería se hace más ostensible. «Los representantes del pueblo» están más pendientes de sí mismos que de los ciudadanos. Pronuncian largos y floridos discursos, siempre vagos y vacíos, sin ocuparse del fondo, pero muy atentos a la forma. Calculan cuanto dicen, siendo su único objetivo capitalizar, presumir, distraer, confundir e incluso engañar. Los ves a todos muy contentos, pues no tienen que pensar ni discurrir. Pues ya saben de memoria lo que tienen que decir y lo que hay que contestar.

¿Qué está pasando en los medios de comunicación? Hoy en algunos de ellos abundan más que nunca los debates sobre política y demás asuntos de interés general. Los contertulios curiosamente suelen ser gente preparada, pero no callan un momento, discuten, se interrumpen, riñen y se enfadan. Se escuchan a sí mismos, pero no a los demás. Sólo buscan protagonismo y algo que cosechar. A veces los oyentes nos retiramos aturdidos y agotados y con la clara sensación de que no hemos obtenido beneficio alguno.

A todos estos charlatanes de las distintas esferas del ámbito nacional me gustaría recordarles hoy aquel sencillo pero elocuente proverbio bíblico: «No es el sabio quien se deshace en palabras, sino el necio. La charlatanería empobrece».

Sí. Los charlatanes no son gente rica, sino más bien necesitada y, en consecuencia, poco o nada nos pueden aportar, sino más bien empobrecernos.

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