Los renglones torcidos de Dios y algún que otro tachón
Esta carta va dirigida a tanta... tanta gente... que supongo que empezaré por el personal sanitario del ala de psiquiatría del Hospital Álvarez-Buylla de Mieres. Un equipo humano y profesional fantástico que, a pesar de recortes salariales y demás miserias, trabaja cada día para cuidar de su pacientes con una entrega, una alegría y una dedicación que no conocen límites.
Quiero acordarme de Ángel (el nombre es auténtico y le viene que ni pintado), de Cris (que se ha ganado a pulso su merecida jubilación), de Cari (maravillosa), de Gil (siempre tan educado), de Ana (guapísima por dentro y por fuera), de Belén (tan divertida, tan salada ella), de Marta (grandísima profesional, una bella enfermera), de Ángeles (absolutamente sofisticada, dulce como pocas), de Marga (excelente enfermera y mejor persona), de Paz (su nombre lo dice todo; es maravillosa) y, por supuesto, de Nel (una gran mujer como pocas he conocido); gracias a ella estoy escribiendo esto porque la noche en que ingresé en esa «temida» ala el pasado 12 de octubre, de no haber sido porque se sentó en mi cama y me escuchó, sí, simplemente me escuchó, no sé qué habría sido de mí. Se me olvidan algunos nombres: mi memoria tiene un límite y a algunas personas no quiero ni recordarlas; es mi privilegio.
Gracias a todos ellos por ayudarnos a aumentar nuestra autoestima, por regalarnos cada día una de esas sonrisas que (cosas de la vida) son gratis, sí, sí, gratis.
Yo podría explicar en estas líneas por qué el año pasado intenté quitarme la vida en varias ocasiones, pero no voy a hacerlo. Sólo menciono que... bueno, estuve ingresada en abril del año pasado durante quince días y volví a recaer, con lo que me pasé en la unidad de psiquiatría el mes de agosto entero del pasado año también.
Ahora, en octubre de 2012, volví a estar ingresada pero por otras razones. El 27 de septiembre (San Cosme y San Damián) rompí una relación sentimental de quince años y me liberé: estoy absolutamente feliz. No obstante (y siempre desde un punto de vista psiquiátrico): «Esto puede desembocar en un pequeño trastorno bipolar porque no es normal que hace un año quisiera morirme y hoy esté exultante y pidiéndole a Dios y a la Santina cuarenta años más de vida por lo menos».
Intentaré ser más escueta porque me estoy desviando del tema y nada más lejos de mi intención.
Lo que deseo transmitir a través de estas líneas es que mi corazón está lleno de gratitud a estos grandiosos profesionales que desprenden humanidad y sentido común bajo sus impolutos uniformes blancos. Que mis circunstancias personales me permiten ser feliz; que el año pasado sufrí una aguda depresión que casi me cuesta la vida y que ahora me doy cuenta de que en esta unidad hay gente que está loca, sí, completamente loca; sí, pero de pena. La gente de la que hablo, los pacientes, son mujeres olvidadas por sus hijos; ancianos que sufren demencia y los encierran aquí para que vengan del Juzgado a incapacitarlos para siempre. Hay dichos encerrados que tienen problemas con sus «ex» y debido a ello ni siquiera pueden llorar de verdad y con el alma la muerte del padre que se fue hace un mes.
En fin... tantas historias... Gente buena que ha decidido luchar por voluntad propia e ingresar en el «manicomio» porque queremos, simplemente, seguir adelante con nuestra vida. Una vida que, para bien o para mal, nos ha tocado vivir. Nos han elegido la banda sonora, pero podemos decidir cómo bailarla.
Así que aprovecho estas líneas para darle mi cariño a la gente que se siente sola: que sepan que no están solos, que luchen y que hagan amigos. Que aunque valga más estar solo que mal acompañado... la soledad impuesta es muy cruel. Y ésa sí que debería estar encerrada en una camisa de fuerza.
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