Los abuelos, sostén familiar
Desde hace unos años en España se está viviendo un desencanto permanente entre la población, fruto del desengaño que nos embarga en mayor o menor medida a todos los ciudadanos. Conflictos diversos y la crisis económica que nos sigue atenazando, nos deja transidos de pena y, lo que es peor, sin ilusiones. La dura realidad de los contratiempos, especialmente los económicos, extienden sus marcadas rodadas por los caminos de la vida.
Como consecuencia de esta crisis que padecemos en el país, los abuelos, en su condición de jubilados, han adquirido un reconocido protagonismo social y familiar. Los yayos han pasado de sentirse un obstáculo, un fastidio, a ser el sostén económico de muchísimos clanes familiares. No sólo cuidan y asisten a los nietos, sino que también echan una mano a sus hijos a la hora de hacer frente a los múltiples gastos de una vivienda, como son la alimentación y el pago de la hipoteca, cuando los hijos se quedan sin empleo o sin prestación. La pensión del abuelo, actualmente, puede servir para que viva un nutrido número de miembros de una amplia comunidad familiar. En estos momentos de dificultad, los abuelos jubilados, con su estimada ayuda económica, no sólo están disimulando la pobreza real de infinidad de hogares, sino –tal vez ¿por qué no decirlo?–, evitando un estallido social.
Lo que en tiempos de vacas gordas era un recurso para satisfacer las necesidades de una estricta logística infantil, se convierte en estos momentos en una necesidad ineludible, de pura supervivencia. Ante el doloroso embate de la crisis, existe una situación cada día más usual en la que los abuelos se erigen en verdaderos baluartes de familia.
Aquellos mayores que pueden cooperar con algún tipo de ingreso (llámese pensión de jubilación o prestación por desempleo), se ven en la obligación de tutelar, ayudar y proteger a los familiares –especialmente hijos y nietos– que, sin esa contribución, estarían directamente condenados a la indigencia. Hay mucho abuelos que acogen en su casa a los hijos y a su prole, o que se involucran cuanto pueden a satisfacer en lo más imprescindible –en un entorno ciertamente preocupante– a los ocupantes de casi dos millones de hogares en los que en la actualidad ninguno de sus miembros está empleado.
La casuística es extensa y las consecuencias negativas incalculables. Pero, ¿hasta cuándo puede durar ésta situación? Y, cuando falten los mayores, que por deterioro físico y por lógica se irán primero, ¿de qué van a vivir sus hijos si la situación sigue así de enfurecida? Por no hablar, además, de una convivencia diaria que puede ser estresante, por la inconfesada vergüenza de unos y la injusta sensación de culpabilidad de otros. Por si esto fuera poco, las perspectivas de un rescate europeo son aún más negras.
Congelar las pensiones ya no es solo rebajar el nivel de vida de los mayores, sino que de rechazo se cercena todo un entramado social y familiar que con sus percepciones mensuales los jubilados están sosteniendo más o menos con dignamente.
Por ello, no sólo no tocar las pensiones, presidente Rajoy, sino que se impone revalorizarlas adecuadamente. Como queda dicho, los pensionistas son en España la esperanza de muchísimas familias y, para seguir siéndolo, así se lo exigen.
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