De crisis, conflictos y huelgas sanitarias
Vivimos una crisis de consecuencias dramáticas. Todos los análisis económicos coinciden en lo mismo: se ha alcanzado un fin de ciclo y nada volverá a ser como antes. En definitiva, los tiempos de abundancia se han terminado y el bienestar que sustentaban, también. Ahora toca desmantelar. Y en esas están las clases dirigentes mientras los ciudadanos asistimos perplejos a este proceso. Gramaticalmente comprendemos la frase nada volverá a ser como antes, pero en términos de realidad el antes es ahora, y ahora estamos sufriendo las consecuencias de quien despierta pobre habiéndose acostado rico.
Las crisis económicas suceden en contextos sociales que influyen en la solución de las mismas. En la historia de la humanidad se ha pasado por etapas diferentes en cuanto a la capacidad de las sociedades para resolver conflictos. Estudiosos y analistas coinciden en señalar que la época actual presenta algunas características, como la crisis de valores, el vacío ideológico o la ausencia de pensadores influyentes, que pueden entorpecer la superación de las dificultades. Se dice que es una sociedad que vive el presente dando con frecuencia la espalda a la experiencia del pasado.
Precisamente de un pasado reciente proceden numerosos textos de estudiosos sociales como Adorno, Althusser, Kernberg, Giddens, Castells, etc., explicativos de las dinámicas en los grupos humanos en circunstancias de crisis, desde las actitudes de lucha (resistencia), pasando por las de huida (como expresan las recientes aspiraciones independentistas), de defensa paranoide (echar la culpa al otro) o melancólicas (no hay remedio). Por eso en estas circunstancias es especialmente relevante el ejercicio de un liderazgo con capacidad de gestionar, desde su conocimiento, estas dinámicas para orientarlas en la dirección que permita una resolución colectiva, constructiva y pacífica de las disyuntivas.
Desde esta perspectiva es difícilmente comprensible la actitud de las autoridades sanitarias asturianas que han desencadenado un conflicto de gravísimas consecuencias con la pretensión de ajustar los presupuestos. Aprovechando la ampliación de horario para todos los trabajadores públicos, derivado del decreto del Gobierno central, han llevado a cabo una modificación sin precedentes de las condiciones laborales de la mayoría de los trabajadores sanitarios, provocando un unánime y enfurecido rechazo. Desafortunadamente, desde el inicio del conflicto se ha generado una escalada de la tensión que ha ido enconando las diferencias, especialmente con el colectivo de los médicos, y en el que los directivos sanitarios lejos de contribuir a mejorar la situación, como corresponde a su responsabilidad, están jugando un papel incendiario.
La Consejería de Sanidad y el Sespa están obligados a una reflexión urgente acerca de lo que pretenden y cómo conseguirlo salvaguardando al sistema que gestionan. No pueden tener un comportamiento autoritario cuando son representantes de un sistema democrático y saben sobradamente que los cambios en las relaciones laborales de las personas que forman parte de los servicios públicos se llevan a cabo mediante negociación con los representantes de los trabajadores.
Sería sumamente arriesgado que los responsables sanitarios hicieran dejación de sus responsabilidades y enrocándose en la idea de que el fin justifica los medios, asumieran un inapropiado rol de justicieros, según el cual ahorran gastos reduciendo el salario a privilegiados. De sobra saben que no es así, por la propia trayectoria profesional y su experiencia en la gestión sanitaria. El sistema sanitario público no es lugar de privilegios. El salario que ganan los médicos es el resultado del valor que la sociedad otorga a su tarea en relación a la preparación que requiere y la responsabilidad y laboriosidad de su ejercicio. Los médicos asturianos no cobramos más que nuestros colegas de otras comunidades autónomas e incluso cobramos menos que la mayoría de ellos.
Por tanto, los dirigentes sanitarios tienen la obligación de recuperar el diálogo para reconducir la situación y si no saben o no lo pueden hacer, dejar el sitio a otros. No es de recibo que la sanidad asturiana quede en el lugar a dónde la han llevado. Cuando las crisis económicas golpean con dureza, la sanidad es uno de los recursos básicos para el mantenimiento de la cohesión social. Sin duda, también es una fuente importante de gasto. Por eso es altamente relevante que los gestores sanitarios tengan la sensibilidad y las capacidades necesarias para preservar función y sostenibilidad. Para eso cobran, porque en los momentos de crisis su tarea es tan delicada que una mala gestión va más allá de un mal resultado y puede contribuir al incremento de las tensiones sociales.
Ahora bien, ¿cómo van a preservar la función del sistema dando la espalda a los profesionales sanitarios? Aunque sea una obviedad, la situación obliga a recordar que ninguna organización puede desarrollar su tarea sin contar con los profesionales encargados de ejecutarla. Lamentablemente, las autoridades sanitarias asturianas han descuidado la relación con sus profesionales, presentando un comportamiento improcedente con las siguientes características:
1. La utilización de una ampliación de horario decretada por el Gobierno central para todos los trabajadores públicos para modificar las condiciones laborales de los profesionales sanitarios, de modo que la mayoría tendremos que trabajar bastante más de lo ampliado al resto de empleados cobrando menos.
2. Trasladar a los medios de comunicación que la oposición a la modificación de las condiciones laborales es una negativa a la ampliación de horario fruto de una obstinación corporativa.
3. Defender la reducción de salarios argumentando que hay médicos que ganan más que algunos cargos públicos cuando las nóminas de los médicos son perfectamente conocidas por el Sespa y saben que todos los conceptos que figuran en ellas se atienen a los criterios retributivos establecidos, por tanto al precio fijado a su tarea.
4. Tratar a todos los médicos por igual cuando hay realidades asistenciales totalmente diferentes, poniendo de manifiesto una preocupante incapacidad para distinguir entre profesionales y tareas, lo que permitiría, en consonancia con una buena gestión, estimular y premiar las actividades y actitudes más valiosas y corregir las inoperantes.
Este comportamiento ha generado un profundo y generalizado malestar entre los médicos y profesionales sanitarios que ha desembocado en las indeseadas convocatorias de huelga por parte de todas las organizaciones sindicales. Las consecuencias de la huelga las padecemos todos, ciudadanos y profesionales, y denota un fracaso de los cauces sociales para resolver conflictos preocupante en situaciones de crisis profundas.
En estas circunstancias, las autoridades sanitarias deben asumir todas sus responsabilidades, lo que implica trabajar para hacer los ajustes en el sistema a los que obliga la crisis con y no contra los profesionales. Es el momento de ejercer un liderazgo que nadie más puede acometer y es imprescindible para resolver el conflicto. Por el bien de todos, ojalá que sepan hacerlo.
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