La Navidad del soldado
El viento del noroeste, frío y húmedo, no cesaba de empujar masas de nubes que descargaban mantos de agua sobre las ya empapadas tierras. Los vendavales que en muchas ocasiones acompañaban a las masas de nubes se batían con tremenda fuerza contra las tiendas cónicas bamboleando las lonas de un lado para otro con tal ímpetu que parecía como que un momento a otro pudiesen salir volando. Ello obligaba a los ocupantes a estar continuamente pendientes a una situación de emergencia. En la noche del 24 de diciembre de 1859, en plena Guerra de África, la llegada de las fiestas navideñas había hecho que la intervención del Más Allá trajese la calma meteorológica e indujese a los muslimes a establecer una tregua. En el Campamento Base, en una de las tiendas, los reunidos casi abarrotaban el habitáculo y el humo de los cigarrillos había creado una atmósfera blanquecina que llegaba a hacerse irrespirable. Las toses y los carraspeos salían de unas gargantas abrasadas por la acción de la nicotina que llegaba hasta los pulmones y los agrietaba. Con frecuencia salían al exterior a soltar un espeso y malsano salivazo. Una mesa mugrienta y destartalada colocada en el centro servía de acomodo a varias botellas de vino, un par de botellas de coñac y otras tantas de anís. Algunos de los presentes estaban sentados en una serie de burdos taburetes, otros se acomodaron sobre las yacijas que estaban distribuidas por el interior, simplemente un trozo de tela de somier claveteado sobre cuatro estacas hincadas en el suelo con las piernas recogidas. Al calor del vino y de los licores que ingerían de los cacillos que cada uno tenía entre las manos unos cantaban villancicos o al menos lo intentaban, otros reían a carcajadas, otros gritaban y discutían sobre asuntos intrascendentes. Prevalecían las conversaciones sobre mujeres, con exposición acalorada y manifiesta vanagloria por parte de alguno de ellos sobre las experiencias tenidas que producían sonrisas de incredulidad en el resto de compañeros. Por unos instantes se habían olvidado del horror y de la tragedia de las batallas pasadas y no querían pensar en las imprevisibles consecuencias de las próximas. El Pater que les acompañaba era el más solicitado y las preguntas que le hacían solían ser más que atrevidas, principalmente por aquellos que se consideraban portadoras de unas ideas progresistas y de futuro. El buen capellán respondía con sencillez y humildad pero siendo concreto y conciso sobre la materia que la pregunta requería. Pero envueltos todos ellos en un ambiente de fiesta y alegría que la noche solicitaba.
En un momento determinado el Pater se puso en pie y atravesando el hueco que hacía de entrada salió al exterior a respirar aire puro. De pie, con el sombrero calado hasta las orejas y las manos introducidas en los bolsillos del capote, dedicó unos minutos a recorrer con la vista el resto de las tiendas llegando a comprobar que en casi todas había reuniones y bullicio. La luz de las velas y de los candiles producía sombras difusas que se movían por el interior de los habitáculos. En el silencio de la noche le llegaba el sonido de los cánticos a coro. Con el paso de las horas la noche acrecentaba su frialdad y su humedad. Noche en que el cielo encapotado presagiaba tormentas y aguaceros. Esa noche no había sonado el toque de retreta y la morisma, que permanecía escondida en las escarpaduras de los cerros cercanos, aquello le debería parecer extraño. Recordaba el Pater que los moros estaban acostumbrados a oír al final de los atardeceres el sonido, el agudo sonido, del cornetín que indicaba a la tropa que era la hora de recogida y había que prestarse a descansar. Sin embargo hasta la cima de los cerros deberían llegar esa noche un rumor de risas y de cantares que confusamente se mezclaban con el rasgueo de alguna vieja guitarra acompañada por el repiqueteo de panderetas y el golpeteo continuado sobre las mesas u otros elementos. La morisma se habría de sentir inquieta. Se mirarían unos a otros desconcertados. Sobresaltados. No podrían entender qué les pasaría a los cristianos (arrumí) quienes estando inmersos en una cruenta guerra entregaban a las húmedas brisas de la noche la manifestación de una desbordante alegría. Estarían celebrando las victorias alcanzadas hasta esas fechas y por ello tanto alborozo y tanto bullicio.
Envuelto en la noche africana el Pater pensaba en como la ignorancia y la superstición podían forzar a la atribulada morisma a pensar en las causas que había motivado el júbilo de los soldados españoles que con sus cantares y griterío habían perturbado sus deseos de tranquilidad y descanso. Presumiblemente correrían rápidos a encaramarse en la parte más alta de los cerros próximos para poder fijar mejor la mirada sobre el refugio de sus más encarnizados enemigos. Desde la distancia percibirían el interior del campamento solitario y envuelto en una difusa niebla. Al resplandor de las luces interiores de las tiendas podrían vislumbrar figuras fantasmagóricas que se movían de un lado para otro a la vez que los cánticos de tan extraño regocijo se iban haciendo cada vez más sonoros para saltando por encima del muro de cierre diluirse lentamente por entre aquel dédalo de cerros y montañas ocultos por las sombras. Con una sonrisa de regocijo el capellán llegó a pensar que algunos de aquellos moros, que habían pasado algún tiempo conviviendo con los españoles (’ispány’ya) contarían a sus camaradas como los cristianos (arrumí) celebraban esa noche de cada año el nacimiento de su «Profeta» y como también celebraban su Pascua. También les contarían como al que celebraban su nacimiento le llamaban Jesús y decían que era hijo de Dios (Alá). Que aquella alegría y aquél alborozo de los que hacían gala los arrumí (cristianos) les servían para recordar una fiesta tradicional en la que procuraban que las mesas llenas de manjares estuviesen a la disposición del rico y del pobre. Pensaba también el Pater que los renegados españoles que posiblemente se encontrasen entre ellos aprovecharían la ocasión para contarles la misteriosa historia de José y María. La historia de ese Hijo que había venido a la tierra para redimir a los hombres. Los judíos integrados en la morisma al escuchar los relatos se preguntarían si el Jesús que ellos humillaron y sacrificaron siglos atrás era de verdad el Hijo de Dios. Esos españoles que habían renegado de su Patria y que ahora guerreaban contra sus compatriotas apoyando a los muslimes oirían la voz de la conciencia y cada uno recordaría a la mujer que lo había llevado en sus entrañas y que cuando era simplemente un niño le cobijaba en su regazo hasta dormirlo. Aquella mujer que con su amor y ternura le había enseñado los principios de una religión en la que ahora todos ellos manifestaban no creer. Sin embargo las narraciones contadas esa misma noche por otros compañeros habrían inflamado sus corazones desbordándolos de recuerdos y nostalgias de un tiempo pasado, pareciéndoles escuchar la voz del ángel que desde la lejanía de los tiempos llegaba siempre en las mismas fechas para cantar. «¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad!».
El frío era intenso y el Pater soltando un respingo se arrebujó más en el capote continuando con sus recuerdos. Al otro lado del mar que los separaba de los pueblos de España también estarían celebrando en esos mismos instantes la Nochebuena. Pero en muchas casas las madres que tenían hijos perdidos por los cerros del Rif peleando contra los moros demandarían machaconamente al Cielo que se los devolviesen cuanto antes sanos y salvos. ¡Cuánto amor y cuanta ternura les enviarían en las alas del viento! ¡Cómo los recordarían y los bendecirían! Dejándose llevar por la imaginación el capellán se preguntaba a sí mismo ¿qué estaría ocurriendo en esos momentos en cada aldea, en cada villa, en cada cortijo, en cada casa? ¿Cómo estarían celebrando la Nochebuena? Seguro que el recuerdo alcanzaría a cada uno de aquellos soldados que aquella noche santa defendían en tierras del África una posición rodeados de irreconciliables enemigos. Padres, hermanos, esposas e hijos, novias y amigos, continuarían viviendo en el mismo lugar y mantendrían las mismas costumbres en su vida cotidiana. Y esa noche especial del 24 de diciembre ocuparían el mismo lugar de siempre alrededor de la mesa de siempre. Solo quedaría un hueco libre, una silla vacía y saltarían al aire las preguntas de una madre acongojada ¿Cómo estará mi hijo Dios mío? ¿Pasará hambre y frío ? ¿Estará vivo?
Jóvenes llegados de todos los rincones de España nutrían las unidades militares que conformaban el Ejército de África. Gallegos, asturianos, vascos, andaluces y catalanes, entre otros, en perfecta comunión y enardecidos en la defensa de un mismo ideal, servir a España, victoria tras victoria habían alcanzado las proximidades de la ciudad santa marroquí y el terreno que pisaban en esas fechas lo consideraban como terreno español porque lo habían conquistado en el más alto precio y pagado con la moneda más cara: ¡la sangre de los compañeros derramada! Habrían de continuar la lucha hasta la victoria final, regando los caminos con su propia sangre y escoltados por los compañeros muertos que quedarían atrás. Sin embargo, envueltos en el drama y la tragedia de toda guerra, aquella noche santa habían sacado del interior de sus corazones el amor a su tierra, el amor a sus tradiciones, el amor a su aldea, el amor a sus casas, el amor a las madres que lloraban por ellos y que les habían enseñado que aquel niño llamado Jesús nacido en Belén en un pesebre era el Hijo de Dios y que vino al mundo a redimir a los hombres. Predicando paz, amor, humildad, sencillez, sinceridad, honor y lealtad a todos los hombres de buena voluntad. Era una noche de fiesta grande para los cristianos y así la celebraban aquellos bravos soldados españoles en aquel escenario de guerra ante el estupor de los muslimes. En cualquier aldea española, por pequeña que fuese, se levantaba un modesto belén en la Iglesia y raro era la casa que no tenía un pequeño nacimiento o una simple figura del niño Jesús. Los pueblos que configuran la nación española, desde Rosas en Gerona hasta la bahía de Algeciras y desde el cabo Ortegal en La Coruña hasta el cabo de Gata en Almería, están impregnados desde hace siglos de la fe católica que ha dado ser y sustancia a la propia España. Cuando el papanatismo, la bufonada, la falta de personalidad de la sociedad, permite que los grandes comercios propaguen la venta del Papa Noé, con el respeto que se merezca esa figura, y olvide colocar en los escaparates las figuras emblemáticas del Niño en el pesebre, la Virgen y San José o los entrañables y queridos Reyes Magos, hay que recordar lo que decían grandes figuras de la literatura: «Que el día que España vuelva la espalda a esa fe que la constituye no le restará otra suerte sino disgregarse en mezquinos reinos de taifas, a la greña entre sí, para regocijo de carroñeros foráneos prestos a la rapiña...». En estas fechas y elevando un recuerdo a los militares y civiles españoles que se encuentran distribuidos por todas las partes del mundo en el cumplimiento de sus obligaciones profesionales, solo cabe volver a recordar a las generaciones pasadas y como aquellos soldados que celebraron las Navidades en plena Guerra de África envueltos en una misma fe y con el orgullo de ser españoles, hoy sepamos tomarles como ejemplo y vivamos todos unidos bajo el amparo de una misma bandera y con la satisfacción del deber cumplido. Feliz Navidad.
Vicente Pedro Colomar Cerrada
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