Historia de «Flora»
NNo sé si habréis estado alguna vez en una protectora de animales con la intención de adoptar a un perro; yo estuve en la de Oviedo hace unas semanas, tras consultar varias páginas en internet. Nunca había visitado uno de estos sitios y yo ya suponía que iba a ser una experiencia bastante dura, como de hecho así fue, porque inevitablemente lo que te transmiten todos esos seres es su desesperación por salir de allí, mediante ladridos, torpes intentos de abrir las puertas de sus jaulas y, más que nada, las miradas, que expresan una inequívoca necesidad de que los rescates, lo que todo ese lenguaje no verbal se podría traducir en un humano «llévame a mí, llévame a mí». Y creo que fue esta presión la que motivó precisamente que me fijara en dos de los perros que mostraban una actitud más digna y serena ante mi presencia, un macho y una hembra a los que pocos días después llamaría «Celso» y «Flora». Mi idea era tener uno solo, pero a veces el amor es más luminoso que las cifras de tu calculadora, así que tampoco lo pensé demasiado. Y me los llevé a los dos a mi piso, en Gijón, contando con que tendría que transcurrir algún tiempo antes de que ambos se hicieran a la situación... pero al pensar esto sólo acerté al 50% –el que se refiere a «Celso»–, por ella: desde el primer momento me dejó claro que sus planes y los míos no
podían ser más opuestos: tenía pánico a salir de casa. En cuanto le ponía la correa, empezaba a temblar, se negaba a abandonar el portal y aunque con todas las personas y con los demás perros era cariñosa y se notaba que estaba a gusto, sin embargo, ante cualquier ruido, luz o movimiento que sintiera en la calle, trataba de huir metiéndose en el primer espacio cerrado que viese, ya fueran portales, comercios e incluso debajo de los coches que estaban aparcados. Y además noté en seguida que la atraían todos los enrejados, del tipo que fuesen: era ver unos barrotes o una tela metálica y, sin pensárselo, se lanzaba a ellos intentando entrar dentro del espacio que vallaban. Después de llegar a casa, sus taquicardias persistían durante media hora más, aunque finalmente se relajara con la seguridad de estar dentro de algún lugar y con alguien que la trataba bien, aunque yo me daba perfecta cuenta de que en ningún momento desde que la traje aquí, había estado tan alegre y confiada como cuando yo la vi dentro de su jaula; la tristeza se reflejaba claramente en su preciosa mirada azul. La perra tenía un síndrome parecido a los presidiarios que han estado privados de libertad durante mucho tiempo y padecen auténtica fobia a todo lo que esté más allá de los muros de su cárcel. O eso era, al menos, lo que yo pensaba hasta hoy, que fue cuando la llevé otra vez a la perrera de donde la había sacado, ya que me parecía muy cruel por mi parte seguir torturándola, por mucho que cualquier otro perro, en su situación, hubiera podido ser el más feliz del mundo; eso poco importa, si ella no lo era en absoluto. Cuando aparcamos el coche frente a la valla de la protectora, inmediatamente notamos un cambio en la expresividad y actitud de la perra, en el sentido de que ya no tenía miedo y tiraba en dirección al interior del recinto. Una vez nos abrieron la puerta, y el encargado la sujetó por la correa para meterla de nuevo en su jaula, entonces ya no nos quedó ninguna duda de que era eso lo que el animal estaba deseando desde que yo lo había sacado de allí: volver a la protectora. En su momento, yo percibí el hecho de llevármela como un rescate, sin embargo para ella había sido un rapto. Aquel sitio era su hogar en realidad y, por increíble que esto nos pueda parecer, se sentía bien en él. Y después de ver la expresión de alegría en su cara, ya metida dentro de su jaula, mientras ambas nos despedíamos con una mirada, yo de incredulidad y ella de agradecimiento por haberla devuelto a la que ella consideraba su casa, empecé a pensar que quizás el verdadero síndrome fueran mis prejuicios y no su deseo de volver a un sitio que, claramente y por varias razones, le aporta todo lo que ella necesita para ser feliz; y sin duda, una de las razones es el trato que recibe de las personas que prestan sus servicios en el centro. Al hacerle yo estos comentarios a Manolo, el encargado de la protectora, él me dijo que contase esta historia a la gente, para que se diera cuenta de que la labor que realizan quienes están cuidando de los animales abandonados no siempre era reconocida ni valorada en su justa medida, al menos por algunos humanos que quizá ni siquiera sean quienes más contribuyan de alguna forma a mejorar las condiciones de vida dentro de esta institución; desde luego, «Flora» y yo tenemos una opinión bastante diferente al respecto, así como también la tienen los demás que sí están deseando ser adoptados y lo manifiestan con sus conmovedores gestos, puesto que sí confían para ello en cualquier desconocido que vaya a visitarlos: es una clara señal de que aún siguen asociando la presencia humana con unos cuidados y un afecto que sería muy obcecado –y sobre todo injusto– atribuir únicamente a sus anteriores dueños. Éste ha sido un final feliz de película de cine independiente; pero final feliz, al fin y al cabo. Manolo me pidió que diera a conocer esta experiencia a todo el mundo y es con esa intención con la que he escrito esta carta.
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