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Los "auténticos ecologistas" replicados

29 de Noviembre del 2012 - Juan Antonio Valladares Álvarez (Oviedo)

En respuesta a Carlos Rodríguez del Valle

Son ciertas muchas de las cuestiones que plantea el biólogo Carlos Rodríguez (LNE 18-11-2012), sin duda, pero están expresadas de forma equívoca. En dicho artículo se deacredita a los pastores de ser una parte legítima del ecosistema silvopastoril que domina en nuestra tierra; se alimenta el mito de que los incendios forestales se deben a los ganaderos, y se menosprecian las necesidades que tenemos para sobrevivir en nuestro medio natural. También se manejan algunos datos erróneos para justificar todo lo dicho anteriormente, como los datos referidos a la población del lobo en la Cordillera Cantábrica, y se considera al campesino necesariamente como un ser plenamente egoísta que absorbe ilegítimamente y sin pudor los recursos que le rodea.

Primer asunto: referido al absolutismo con que maneja la importancia de según qué especies.

Me gusta y siento que es ético el respeto pleno a la Naturaleza toda, sufriendo profundamente la destrucción que el hombre moderno está imponiendo en el Planeta. Pero, estrictamente, la Naturaleza sigue su curso perfectamente si de ella extraemos cualquier especie, ya sea el hombre, un ciempiés o el lobo. El resultado posterior a la eliminación de una especie puede ser casi lo mismo que la situación precedente o por contra puede alterar mucho el aspecto original. En cualquier caso al final se llegará a otro equilibrio, siempre dinámico, y punto. Nos guste el cambio o no nos guste, estrictamente no pasa nada; la Naturaleza sigue su curso. Puede que una especie clave se lleve en cadena a otras, de forma que, eliminado un tipo de hormiga nos carguemos a dos variedades de pino, cuatro setas, veinticinco especies de insectos y dos pájaros que dependían directa o indirectamente de ellos. No pasa nada. Se llegará a un nuevo equilibrio dinámico y ya está. Después de la última gran extinción ya culminada (ahora estamos viviendo otra casi sin darnos cuenta) vino una explosión de nuevas formas de vida y diversificación impresionante que, entre otras cosas, nos dejó aquí a lobos y paisanos. No pasa nada. Y algún día toda la vida del planeta desaparecerá, y será la Tierra quizá absorbida por algún punto negro del Universo... Tampoco pasa nada.

Segundo asunto: la manipulación que se hace del papel del hombre en la naturaleza.

No soy un humanista rancio de los que piensa que todo ha sido puesto a nuestro servicio, pero sí reclamo el mismo derecho que el resto de las especies para buscarme la vida en mi ecosistema. Ya sé que la mayoría de la gente ha perdido la noción de pertenencia a un ecosistema, pues se ha perdido la conexión directa con los recursos, pero los que trabajamos en el campo, a pesar de consumir productos foráneos, tenemos una notable percepción de pertenencia a un ecosistema, y del nicho ecológico donde desarrollamos nuestras actividades.

Si bien como dice Carlos Rodríguez “los representantes de sectores que manejan los recursos naturales tienden a autoproclamarse los verdaderos artífices de la conservación de la naturaleza”, no es menos cierto que los representantes de la otra escuela de presuntos “auténticos ecologistas”, los únicos que usan el término como título, tienden a no considerar al ser humano como un ser vivo que tiene pleno derecho a vivir integrado en un ecosistema. Siempre utiliza mi colega términos como “explotar”, cargados ideológicamente de connotaciones negativas, para definir la relación de los seres humanos con la Naturaleza, sea cual sea la actividad realizada, incluso la de aquellos que vivimos en la Naturaleza obteniendo directamente recursos de ella de forma sostenible. Me centraré en la ganadería extensiva tradicional para simplificar el discurso y porque es el tema que más me compete. Esta manipulación terminológica desencadena numerosos sofismas y contradicciones. Analizándolo objetivamente, o bien reconocemos que el lobo, el raitán y todos nuestros compañeros de viaje son explotadores de ungulados, insectos, etc. o bien reconocemos que el hombre tiene un derecho natural a aprovechar según le dicten sus inclinaciones y necesidades los recursos que le rodean. Otra cosa es que lo deba hacer, como en general -no siempre- lo hacen el resto de compañeros de ecosistema, dentro de un orden. Este orden, aunque no es inmutable, sí tiene una estabilidad elevada, y sus recursos deben utilizarse de forma sostenible tanto por motivos prácticos como éticos.

Tercer punto: sobre la consideración absoluta como falacia de que el hombre pueda ser necesario en los ecosistemas en donde habita.

El hombre natural, integrado en un sistema ecológico o agroecológico sostenible, es como un elefante, una especie clave que altera mucho el ecosistema, pero que puede generar un nuevo equilibrio incluso enriquecedor desde el punto de vista de la biodiversidad. Obviamente aquí entran algunos sistemas agropecuarios tradicionales que ya han demostrado su sostenibilidad desde hace siglos o, a veces, miles de años. Es sabido que la apertura de nuevos ecosistemas en la selva astur permitió instalarse aquí a numerosas especies que, de otra forma, no tendrían cabida en la región: lindes, claros, landas atlánticas, pastizales... han permitido multiplicar las especies vegetales propias de las orlas, los insectos, las aves, etc., incorporándose animales propios de espacios abiertos como liebres o perdices, aves rapaces y carroñeras, etc.

La naturaleza claro que no necesita al ser humano, ni tampoco lobos, elefantes ni sapos de vientre dorado. Pero alguna de esas especies pueden ser claves en un orden preestablecido que nos sirva de referencia, en un ecosistema. Y es ahí donde hay razones, relativas a un espacio y un tiempo determinados, para decir que, por ejemplo, la ganadería extensiva en Asturias es clave para mantener los ecosistemas silvopastoriles. Es absolutamente irrebatible. Otra cosa es que uno prefiera otro ecosistema, vale, váyase. Pero en el caso de los Picos de Europa, sus deslumbrantes paisajes son silvopastoriles por definición desde que el hielo dejó de cubrirlos.

Así pues, la actividad pastoril no es indispensable para el planeta, ni para la supervivencia del roble o del haya, sino que resulta imprescindible para conservar el ecosistema silvopastoril de Picos, es decir, los Picos de Europa de nuestro siempre. Es la especie más clave del lugar. El pastor, más que el lobo, aunque los prejuicios de los ecologistas lo impidan ver, es la especie más definitoria del ecosistema de Picos. Y por ello, si hubiera una pugna entre estos, objetivamente habría que proteger más al primero que al segundo. Aunque soy de los que creen firmemente el la compatibilización de las especies, que desde hace mucho tiempo siempre ha habido, a la hora de priorizar alguna no se olvide nadie de que la especie señera en el entorno es el Homo sapiens ssp. picoeuropanensis.

Cuarto punto: sobre lo absurdo que le parece el control del lobo en el llamado Parque Nacional.

Admitiendo por fín el derecho que tiene el Homo sapiens de vivir en y del ecosistema de Picos, como un predador más, tan -no digo más, sino tan- legítimo como el Canis lupus, estudiemos la situación objetivamente, basándonos en la convivencia habitual de predadores en un ecosistema. No siempre dos predadores son compatibles, y en ocasiones la irrupción de una nueva especie desplaza hasta extinguir a otra determinada. Pero ahora parto de la hipótesis más favorable a mi hoy oponente dialéctico: voy a considerar al lobo compatible con el hombre. Aunque me cueste alguna discusión mañana en el chigre, en general han cohabitado desde hace miles de años, con muy pocas excepciones en Asturias -durante pocos años y en áreas muy concretas-. Pero apelo al noble derecho que tenemos unas especies de competir por los recursos con otras. Volveré a pedir para el paisanu sólo lo que le doy a las otras especies, no más.

Cuando un lobo se cruza con un zorro, que sabe que es un competidor que le va a quitar unos recursos alimenticios que quiere para sí, lo caza y lo mata. Ni siquiera lo come: “nun tien fame” o no le gusta. Lo mata para quitarse un competidor de encima. Si las especies pueden convivir en un área determinada, este control poblacional no culmina con el exterminio de la otra especie, sino que limita su población a una carga determinada, compatible. Por eso suele haber zorros en zonas loberas, aunque menos que si no lo fueran. Esta obviedad biológica se verá emponzoñada automáticamente por el ecologismo torticero si cambio los nombres de los predadores protagonistas, “lobo” y “zorro” por “pastor” y “lobo”. ¿Por qué? Esto entronca con el siguiente capítulo de esta exposición: la desnaturalización del Homo urbanita.

Quinto punto: sobre la naturaleza del verdadero depredador ilegítimo.

Lo más habitual, aunque hay excepciones saludables, es que sean las personas más alejadas de una vida en contacto de dependencia directa con la Naturaleza las que desarrollan una visión romántica de ésta que excluye al hombre. Claro, vistos sus ecosistemas urbanos, no me extraña que piensen así. Es un hábitat insostenible, un sumidero de recursos lejanos, un tumor que surge en el planeta Tierra. Los que vivimos en y del campo solemos desarrollar un sincero respeto por la naturaleza basado en la profunda percepción de que somos parte de ella y también que dependemos de ella. No la vemos como algo distante que hay que proteger, sino como a nosotros mismos.

Dice mi colega en el artículo al que estoy replicando que ”conservación y explotación son términos que van en sentidos opuestos”, pero sigue manipulando los términos y etiquetando tareas muy diferentes en el mismo saco sólo porque coinciden en que las realiza el mismo animal: el Homo sapiens. No es comparable una explotación industrial del terreno que sirva para alimentar un sistema económico voraz y desmesurado con una explotación armoniosa de los recursos para que sobreviva el animal humano directamente en su medio. Esta última es la misma explotación que hace el raitán con sus gusanos o, para no exagerar, el elefante con su sabana. Explotar de forma sostenible es conservar. Y esa es la esencia funcional del pastoreo en Picos de Europa. Así pues, quizá haya que retirar definitivamente el término “explotar” cuando nos referimos a actividades humanas integradas y/o co-formadoras de un orden ecosistémico determinado para evitar malas interpretaciones. Claro que esto no permitiría seguir tergiversando la realidad a los “auténticos” ecologistas...

Sexto punto: sobre la falta de ética de los campesinos.

Obviamente, este Parnaso pastoril es circunstancial, y no se debe a una moral profunda y consciente de todos los pobladores de todas las generaciones de todas las culturas pastoriles y campesinas, pero ¿y qué? Por contra, tampoco se puede ni se debe -como se hace en el artículo recurrentemente mencionado- dejar el tufo de que el hombre (campesino o no) es un ser necesariamente insensible, egoísta e inmoral por definición en su relación con la Naturaleza:

Si las actividades campesinas no han pretendido conservar la naturaleza, tampoco lo hace el lobo cuando caza, o el ciervo cuando pace. Sencillamente cazan y pacen, se buscan la vida. Vuelve a tratar a unos animales peor que a otros. Si eliminamos de los ecosistemas a los animales egoístas nos quedamos sin animales.

Aunque sea por necesidad, el campesino tradicional ha conseguido una sostenibilidad envidiable del medio. Igual que el lobo y el ciervo, el campesino consigue obtener sus recursos de una forma equilibrada y duradera. A lo mejor resulta que eso está mal, porque no es un acto impregnado de la moral que otorga la consciencia de las consecuencias de tus actos, ni están afiliados a ninguna organización ecologista, pero es mejor que que estar afiliado a una ONG ecologista y no estar plenamente integrado en un ecosistema sostenible viviendo en y del medio natural.

Paralelamente a esa necesidad de respetar un orden natural, muchos individuos y culturas tradicionales han desarrollado una enorme sensibilidad hacia la Naturaleza, llena de respeto y admiración: “la Tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo que nos hacen nuestros hijos”. Es muy ofensivo y torpe calificar a las culturas tradicionales y campesinas globalmente de esa manera tan despectiva desde un punto de vista moral. Es una simplificación que falsea la realidad, siempre compleja. Tampoco es cierto que a título individual pueda suponerse que la mayoría de las personas que habitan en el campo lo devastaría si encontraran formas de sacarle más rendimiento del malo, del insostenible, del especulativo. Recuerdo una anécdota recogida por el peculiar y autodidacta etnógrafo Ramón Sordo que, estando con un paisano ya viejo en Sotres, vio cómo éste reaccionaba ante una motosierra la primera vez que conoció la existencia de tal artilugio. Después de observar a su vecino cortar y trocear un árbol, impresionado del poder de la máquina y tras unos momentos sin hablar, exclamó: “¡Probes venideros!”. Ahí es nada. Todo un modelo de insensibilidad.

Séptimo punto: sobre los ganaderos como destructores pirómanos ilegales.

Respecto a lo que habla acerca del fuego Carlos Rodríguez, también hay que contextualizar y relativizar gran parte de lo que se dice, que destila una gran miopía en el análisis de los procesos ecológicos, sin demasiada capacidad de crítica objetiva: “El arraigo de esta práctica -el uso del fuego- es tal que, según datos de la Fiscalía de Medio Ambiente de Asturias, más del 80% de los incendios que se producen cada año son provocados por los ganaderos -dato inducido de que mayoritariamente se producen en febrero o marzo-. Esto ha llevado a que en algunas zonas la pérdida de suelo y la erosión sean realmente graves, especialmente en el occidente de la Cordillera. Numerosas laderas antaño boscosas han quedado reducidas a auténticos pedregales cuya recuperación sólo será posible a muy largo plazo... ...En este caso, un paisaje calcinado e irrecuperable durante muchos años.”

No hay que confundir a la opinión pública identificando una quema puntual de matorral como si fuera un incendio forestal equivalente a que estuviera ardiendo Muniel.los. Hay que llamar “incendio forestal” al fuego incontrolado y que afecta a masas arboladas, y “quemas de matorral” al control puntual de los matos.

Una vez alcanzado un equilibrio silvopastoril, en donde las notas dominantes del paisaje son los pastizales y el bosque, en distinta proporción según el área, las quemas bien realizadas para controlar la proliferación del matorral son absolutamente sostenibles. Sí es cierto, empero, que no vale acoplar un pastizal en cualquier lugar (según la pendiente, la exposición, lo rocoso del sustrato, las características del suelo...). También hay que decir claramente que, en los momentos en que el medio rural sufrió una verdadera superpoblación, terrenos incultos muy inapropiados se roturaron para aumentar forzadamente la capacidad de carga de una forma poco sostenible. Y no sólo para buscar pastos para el ganado, sino que incluso se utilizaron para plantar pataques... Todos tenemos que trabajar juntos para recuperar en cada lugar los ecosistemas óptimos.

En su ejemplo de uso del fuego utiliza con falsedad precisamente un triple supuesto muy impropio del manejo tradicional pastoril: los incendios de verano, los incendios profundos sobre terrenos pendientes situados en sustratos silíceos y los incendios propiamente forestales -aplicados conscientemente sobre masas arbóreas-. En ninguno de estos casos es tradicional quemar. En el primer caso, porque los pastores saben muy bien que el suelo se degrada -no les conviene un suelo degradado- y se pueden quemar bienes o áreas indebidas -bosques principalmente-; en el segundo lugar, porque saben perfectamente que no hay pasto detrás de esa acción, y sería un acto inútil -ahí se prefiere bosque-, y en el tercer supuesto, porque los paisanos consideran el monte arbolado como un valor más. Quieren que haya árboles ya sea para obtener leña, vigas, refugio, caza, plantas y frutos como para disfrutar de sus colores otoñales -a lo mejor piensa alguien que las personas que vivimos del medio rural no apreciamos la belleza del otoño-. Pero los pastores respetan el bosque obviamente una vez que tienen los pastos necesarios en las áreas convenientes, alcanzado el mencionado equilibrio silvopastoril. Es cierto que, desde que nos arrancaron gran parte del derecho natural de gestionar los montes donde vivimos, hay una cierta aculturación pastoril que puede derivar hacia malas prácticas, pero no es el caso general. La mayoría de los grandes y devastadores incendios derivan precisamente del abandono de las actividades rurales tradicionales, no de su aplicación. Cuando abundaban los pastores no había incendios, sino pequeñas hogueras, pues se perseguía mato a mato antes de que estos ocuparan extensiones considerables y alturas desorbitadas. Pregunten a los más viejos si ellos vieron cuando eran jóvenes incendios como los que hay ahora. La respuesta será “no”.

Al igual que los massáis realizan quemas de regeneración de pastizal, aquí también lo han hecho desde siempre los pastores. Concretamente desde el Neolítico hay huellas de fuegos en sierras planas del occidente, justo donde mejores suelos hay en estas ácidas montañas, prueba de su sostenibilidad. En estos miles de años ha habido mucho tiempo para aprender, sin duda más que en cinco años en la Universidad. Hay mucho conocimiento detrás de una buena gestión del fuego; no basta con tirar del mechero cuando a un pirómano le plazca. Por ejemplo, las preferencias de que las quemas sean en marzo no son casuales. En marzo se quema porque es lo que más conviene desde el punto de vista ecológico: los tapinos conservan la humedad acumulada durante el invierno, lo que protege al suelo; las plantas bulbosas y anuales en general quedan a salvo; en marzo, si llueve, lo hace en general a modo de orbayu, lo que dificulta que una tromba erosione el suelo; la vegetación herbácea medrará pronto para proteger el suelo de la erosión, etc.

Lamento decepcionar a los biólogos recordándoles esta durísima apreciación: el fuego, incluso en casos de dolorosos y devastadores incendios, es un elemento natural en muchísimos ecosistemas del mundo. En algunos bosques mediterráneos, por ejemplo, el 40% de las especies tienen inductores de crecimiento en sus semillas que dependen del contacto con la ceniza. Tan acostumbradas están muchas plantas al fuego que algunas lo necesitan. Si bien, por su clima, nuestra tierra no es proclive a los incendios espontáneos, la inclusión de este elemento por el hombre (recordemos, animal de presencia legítima en la Naturaleza) en estos últimos miles de años ha generado un equilibrio sorprendente que ha mantenido muy buenos suelos en las áreas más adecuadas para el desarrollo de los pastizales. También esta práctica bien gestionada ha aumentado la diversidad vegetal en Asturias.

Octavo y último punto: un gran turrón.

Los que tenemos ganado en el monte sabemos que los ataques del lobo en los últimos cinco años han crecido de forma casi exponencial (dispongo de los datos más objetivos). Es falso que en Asturias la población de lobo no haya crecido; se debe defender al lobo sin mentir. Si hay estudios que concluyen eso están mal hechos. Los que vivimos en el monte sí lo sabemos. También sabemos que no se denuncian ni la mitad de las muertes de animales a causa del lobo -así que los datos que se tengan oficialmente sobre daños también son erróneos-, y además, que la mayoría de las denuncias no se aceptan con criterios dignos de una película de Federico Fellini, y que no se consideran como daños las muertes indirectas derivadas de los ataques -ovejas axfisiadas, despeñadas, abortos, etc.-, y mucho menos se considera el “lucro cesante” -gastos para compensar el desaguisado, curación de ganado herido, pérdida de linajes muy trabajados, muerte de Margarita o Pastosa, etc.-. Lógicamente, los mayores perjudicados de ello somos los pastores y ganaderos, y por eso somos los que pedimos el control poblacional del lobo en nuestra casa llamada Parque Nacional -no sería un exterminio-, cuyo título de P.N. sí que es un artificio humano. No lo va a pedir un ecologista que trabaje con su ordenador en la Corredoria. Si el lobo es una especie clave en nuestra naturaleza ya dije que el pastor también lo es, y lo más racional es plantear la compatibilización de ambas, lo que supone un control poblacional diseñado a la medida de las características de la ganadería, el comportamiento de las manadas de lobos y del ecosistema en cada monte, puerto y sierra.

Y me despido parafraseando el final de un artículo que le dediqué a una ecologista que supongo que también se creía auténtica:

“Mordemos y somos mordidos por otros pobladores del monte; no sólo amamos, sino que somos el monte. Si os gustan los Picos de Europa sin nosotros, no os equivoquéis: no os gustan los Picos de Europa. Os habéis equivocado de país y de montañas.

La sociedad que nos rodea se ha complicado. Lo asumimos, ya que no tenemos más remedio que adaptarnos a muchos cambios acaecidos; algunos habrán sido para nuestro beneficio y de otros la mayoría no sabríamos desprendernos. Estamos dispuestos a explicaros cosas y a negociar con vuestra sensibilidad. Os esperamos en nuestra mayada, en las montañas, con una pipa de la paz encendida. Pero no os equivoquéis. Vuestro “póster” es nuestra casa.”

Juan Antonio Valladares Álvarez

Voceru de la Plataforma GEA (Ganadería Estensiva d’Asturies) y presidente de la Federación Estatal de Pastores (FEP). Dr. en Ecología.

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