El buey por el Rey o el asa por el caldero
Como el tonto al que le indican dónde está la Luna y él sólo se fija en el dedo apuntador, muchos comentaristas de la actualidad y tertulianos, para referirse al libro del Papa sobre la infancia de Jesús, sólo comentaron el tema de la mula y el buey. Como hay gente «pa tó», hay quien cambia el asa por el caldero, hay quien se separa del cónyuge y lo sustituye por otro a peor... y hay quien le da más importancia a un buey que al Rey. El pobre Papa perdiendo horas de sueño para que nos fijemos más y mejor en el Rey de Reyes... y los necios pensando en el buey. El refranero, que incluye máximas que rayan en lo políticamente incorrecto, dice que «Hay gustos que merecen palos». Y el mismísimo Rey de Reyes, que supera al refranero en incorrecciones políticas, ya les advirtió a sus discípulos hace dos mil años de que no les diesen perlas a los cerdos, porque no las sabrían apreciar e incluso se revolverían contra ellos. Servidor diría que en el fondo de este tomate hay un doble o triple problema. Por un lado, la supina ignorancia en materia religiosa del personal, que en un alto porcentaje se conforma con la formación correspondiente a la primera comunión. En ello algo de culpa tenemos los evangelizadores, dicho sea de paso. Por otro lado, está la osadía de tertulianos y comentaristas, que pontifican cada día sobre temas que no dominan y/o sobre documentos que no han leído. En tercer lugar, hay un problema más profundo: Jesús de Nazaret, el Rey de Reyes, «quema», cuestiona el tinglado de nuestras vidas, nos recuerda nuestro pecado o pecados... y el subconsciente se defiende con bueyes, con mulas o con la figura del propio Papa. Por ejemplo, un columnista de este diario, don Matías Vallés, el jueves día 29, además de referirse al Papa como Benedicto «siglo XVI» y decir que «mandaba menos que si fuera polaco», calificaba el libro papal de «teología agropecuaria» y afirmaba que, más que la infancia de Jesús, Benedicto contaba «su propia infancia, en la Alemania más desquiciada», olvidando «el poder inmenso del ridículo». ¡Di que sí, campeón!: el papel aguanta lo que le echemos.
Moraleja: de desquiciamientos y de ridículos hablan casi siempre los más indicados.
José Manuel Fueyo Méndez, párroco de Nuestra Señora de Covadonga
Oviedo
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