El oficio de la mentira
Aunque los españoles ya nos vamos acostumbrando a una clase política que practica profusamente el arte de mentir, lo que ya es intolerable es que este hábito se haya convertido en un oficio. Tal parece ser el caso del actual inquilino de la Moncloa, que, en este sentido, está dejando atrás a todos los que le antecedieron en el cargo. Si bien el último presidente, el no gratamente recordado Zapatero, consiguió en estas artes, a lo largo de dos legislaturas, lo que podíamos equiparar académicamente al grado de licenciatura, Rajoy, con apenas un año en el poder, ya ha alcanzado el grado de doctor, convirtiéndose, de esta manera, en el alumno más aventajado en esta materia, con una proyección futura difícil de pronosticar.
De récord se puede considerar que, apenas superada la primavera de la X Legislatura del actual período democrático, el Gobierno del Partido Popular haya incumplido una a una todas sus grandes promesas electorales, incluida la relativa a las pensiones, que, proclamada a bombo y platillo, había llevado como estrella más rutilante de su programa en las últimas elecciones legislativas. Lo más lamentable del caso es que lo hace aquel que, con tanta acritud y descaro, criticó, por activa y pasiva, todas las medidas que había tomado el Ejecutivo de Zapatero, proponiendo alternativas que ahora, cuando tiene la responsabilidad de gobernar, puede poner en práctica y que, lamentablemente, hace justamente lo contrario.
El trato a los pensionistas, unido a toda una batería de medidas puestas en marcha, que no figuraban en el programa con el que el PP acudió a las últimas elecciones generales celebradas el pasado 20 de noviembre de 2011, termina con toda la confianza que millones de españoles pusieron en esta formación política y pone fuera de juego a su presidente, deslegitimándole, de facto, para seguir ostentando la máxima responsabilidad política del país. Si el mentir siempre es censurable, cuando se hace de manera consciente y calculada, con la ambición de alcanzar objetivos de poder, sin medir el daño moral y material que puede causar a todos aquellos que pudieron haber confiado en sus falsas promesas, la mentira alcanza el grado de miseria.
A nadie le es ajena la situación crítica por la que está atravesando España y otras naciones de la órbita europea, y que la salida de la crisis supondrá sacrificios para todos; pero todos no tienen que ser sólo los de siempre y, menos aún, los más sensibles y vulnerables, como es el caso de los pensionistas. Si se está admitiendo que gracias a las pensiones se está paliando parte de los efectos de la crisis, sosteniendo a muchas familias en las que el paro se está cebando de manera particular, el incumplir la promesa de mantener el poder adquisitivo de estas prestaciones es doblemente grave. Si, como trata de justificar el Gobierno, se hace para garantizar el que no se dispare el déficit público, poca imaginación demuestran nuestros gobernantes para no compensar este gasto con otros posibles ahorros e ingresos alternativos. Lo que hace falta es coraje político, sensibilidad y sentido común, que es precisamente de lo que se adolece.
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