Elogio y aliento del empresario
Enlazando con la noticia que recogía LA NUEVA ESPAÑA (12/11 y 16/11/2012) del merecido homenaje que sus amigos rendían al empresario don Isidro González Suárez con motivo del abandono efectivo de sus actividades empresariales, indicando de antemano y para evitar malas interpretaciones que mi juicio parte tanto del cariño que deriva de mi condición de primo carnal suyo como del conocimiento real de su vida empresarial de los últimos treinta años, quiero realizar una reflexión, no personalizada de Isidro –que ya quedó realzada en el acto referido–, sino de la figura del empresario que él representa y que ciertamente no es comprendida, entendida ni suficientemente valorada en la sociedad actual. ¿Por qué digo esto? Pues sencillamente porque la figura del pequeño/mediano empresario en España y en Asturias en concreto goza de una inmerecida mala fama transfundida como una especie de veneno en la sangre del ciudadano corriente, y en la sociedad en general, paralizador de la situación social en el final del siglo XIX (sin llegar aun pues a León XIII y la publicación de la Rerum Novarum), que gráficamente se reflejó tanto en aquella frase atribuida a ese personaje que llegó a ser vicepresidente en el primer gobierno socialista de 1982 que decía, más o menos, que a los empresarios había que meterlos en un barco, llevarlos a alta mar y allí hundirlos a todos, como en los manuales de la malhadada Educación para la Ciudadanía que pintan a los ricos malos como plutócratas explotadores de los pobres buenos.
Cualquier análisis serio de la realidad ha de apartarse de este juicio apriorístico y absolutamente erróneo sobre el pequeño/mediano empresario en nuestro país, pues ciertamente entre los empresarios, como entre los abogados, los soldadores, los médicos, los conductores, los políticos, los periodistas, los sindicalistas, como en cualquier profesión u oficio hay y habrá buenos y malos entendidos estos adjetivos como unitarios, de unidad de vida, comprendiendo la aptitud profesional y la rectitud de la persona como un todo inseparable, pues como afirma Benedicto XVI, «el desarrollo económico es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se necesita tanto la preparación profesional como la coherencia moral» (Caritas in veritate, 71 in fine), y entre ellos debemos distinguir para que, en todo caso se pueda llevar a los malos a la bondad. Para ello es necesario un esfuerzo educativo a todos los niveles, desde la enseñanza primaria a la universitaria, desde el trabajo a la tertulia de amigos que, propiciada desde luego por los poderes públicos (que a estos efectos son los que más responsabilidad han de tener en tal promoción), lleve a asumir socialmente la valoración, crítica, pero real, de la función del verdadero empresario: el que crea o más bien hoy mantiene empleo; que trabaja junto con los asalariados que prestan sus servicios en la empresa; que es generador de riqueza; que si decide extinciones de contratos, lo hace en evitación de perjuicios mayores y le duele. En fin, el que entiende (puesto que no lo olvidemos, el sustrato católico en España se mantiene aunque a veces no se sea plenamente consciente de ello), la función social de la propiedad (por consiguiente la hipoteca social que existe sobre la propiedad privada) en la economía de mercado, y aprecia las personas que trabajan en la empresa como su patrimonio más valioso y el factor decisivo de la producción, constituyendo al tiempo el respeto a la dignidad de la persona su deber preciso (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 344).
Por favor, olvídense las figuras empresariales dickensianas y respétese, apréciese y valórese en su justa medida la actividad empresarial, la del verdadero empresario que será en definitiva, no lo duden ustedes, un eficaz colaborador en la salida de la crisis social, económica y moral que padecemos.
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