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Dos alcaldesas y los bandoleros de la trama redonda

7 de Diciembre del 2012 - Isabel González Fernández-Argüelles (Avilés)

A ver si lo he entendido: Resulta que un tal Natalio se trinca 500.000 euros del presupuesto del Niemeyer «engañando» a doña Pilar Varela, mi alcaldesa, la de mi ciudad, vamos, la que rige los destinos de estas miles de marionetas que caminamos a oscuras por las calles de Avilés al anochecer porque no se encienden las farolas (a pesar de que el IBI ya se cobró en noviembre).

¡Resulta que las cuentas eran falsas!

Supongamos, es un decir, que mi querido banco, donde me ingresan la nómina, por quien pongo la mano en el fuego, custodio del futuro de mi hijo, el niño de mis ojos (el hijo), a lo que iba, supongamos que a fin de mes me confecciona un extracto con el debe y el haber, ingresos y gastos, entradas y salidas, sumas y restas, gallinas que entran y gallinas que salen, en fin...

Supongamos que yo estoy tranquila en mi casa porque el banco me envía además por carta o en PDF los recibos de los correspondientes pagos a mis acreedores, con lo cual me fío a ciegas de que mis finanzas son reales y puedo hacer planes a corto plazo: Aunque no voy a cobrar la paga de Navidad, además de subir al Corte a comprar regalos con la Visa crédito, me daré una vuelta cada día libre por el Parche y también invertiré algo en lotería, que así perdemos, digo, ganamos todos. De paso, admiraré la exquisita iluminación navideña del Ayuntamiento.

Este cuento de la lechera se trunca cuando aparece en mi escalera un cobrador del rap apremiándome para que haga efectivos los pagos de los últimos recibos, porque desde hace unos meses mis acreedores no cobran. Me presento en la oficina de mi banco y descubro que un antiguo directivo falseaba mis recibos y, creyendo yo que sólo tenía pendiente un préstamo de 2.000 euros, resulta que estoy en números rojos no, escarlatas, con un negativo total en mi contra de 7.000 euros.

Los actuales directivos de mi oficina se afanan en consolarme, no me vaya a ir al Juzgado a denunciarlos por apropiación indebida, estafa, robo, malversación, abuso de confianza, falsificación de facturas, desaparición de justificantes, sustracción de claves informáticas... Me ofrecen todo tipo de soluciones políticamente correctas para evitar el escándalo... Eso sí, debo seguir manteniendo mi nómina en su sede para cubrir las apariencias y no provocar una desbandada entre mis amistades con cuentas en el mismo banco. Aguanto el tirón, pero empiezo a adelgazar y envejecer a ojos vista. Soy decente, no quiero cadáveres pero sí soluciones. Me lo puedo permitir. Aún.

¡Ja! Resulta que se corre la voz igualmente, y se hace público. Tengo que dar la cara. No soy una gaviota idiota, pero creía en la buena fe de las aves de mi entorno y, por supuesto, nunca me había planteado ser estafada por un depositario incondicional de mi confianza. Pero mi desconocimiento de la ley (de su flagrante incumplimiento) no me exime de la culpa, vamos, que debo dinero por culpa de terceros. Me quedan los juzgados porque aún confío en la justicia, en general.

Empiezo a hacer inventario de mis bienes para un hipotético embargo, me lo tengo merecido. Desaparezco del horizonte social una temporada. En casa la wi-fi echa humo indagando el paradero del chorizo estafador. No busco en las Bermudas, las Barbados o en Belice porque no va a llegar muy lejos con 5.000 euros. Nadie me cree porque hay fotos juntos que insinúan cierta complicidad. Eso encima. Si me lo encontrase, le daría una bofetada a mano abierta, o algo peor.

Sólo a 500 kilómetros, en Madrid, el choro se ha ligado a otra pardilla y pasa totalmente desapercibido. Su labia ha encandilado a una mística madre de familia tradicional que se las da de progre firmando manifiestos a favor de los hospitales públicos... Su marido se dedica al culto al cuerpo desde que se prejubiló con una indemnización millonaria, y ella juega al monopoly en el «country» con su pandilla de toda la vida. Introducirlo en su círculo queda vistoso y chic, porque el tío da el pego como intelectual. Aún no le ha pelado su Visa Oro, todo llegará...

Hasta aquí mi cuento de Navidad. Como fábula es una porquería la verdad, pero creo que la realidad la supera con creces (la porquería).

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