A vueltas con el belén
Aunque, a mi modesto entender, el asunto de si en el hipotético portal de Belén, donde la tradición cristiana sitúa el nacimiento de Jesús, había o no buey, asno, pastores, estrella, etcétera, no está, ni de lejos, entre los principales problemas que actualmente tiene planteados la Iglesia católica, parece ser que el actual titular de la cátedra de San Pedro, Benedicto XVI, tiene una cierta predilección por este tema, en el que, no sin cierta controversia, ya se ha pronunciado en diversas ocasiones.
Con motivo de la Navidad del 2007, el papa Ratzinger instaló en el Vaticano un nacimiento que se apartaba diametralmente del concepto tradicional, situando el acontecimiento en Nazaret, en el seno de una familia tradicional de aquella época, desposeído de todos los ingredientes clásicos con los que este hecho se venía identificando en todo el mundo; asunto que causó gran sorpresa y abundante polémica. Ahora, con la reciente publicación de su libro «La infancia de Jesús», vuelve a ahondar en el mismo tema, aunque cambiando algunos matices, para ser nuevamente objeto de comentario en todos los medios de comunicación. Una de las novedades más significativas que ahora se introduce es la de situar el origen de los Reyes Magos en Tartessos, denominación por la que los griegos conocían a la que creyeron primera civilización de Occidente, supuestamente desarrollada en el triángulo formado por las actuales provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, en el entorno del río del mismo nombre, que los romanos rebautizaron como Betis, y más tarde los árabes como Guadalquivir. Esto anula, de facto, la creencia de que los citados reyes procedían y representaban a tres civilizaciones distintas del mundo de aquella época, dando, de esta manera, un nuevo palo a la tradición. Después de todo esto, no sería extraño que los andaluces, con el gracejo que los identifica, empezasen a elucubrar sobre cuál sería el color de sus camisetas, provocando un nuevo tema de debate entre las distintas aficiones. Sería lo que nos faltaba.
Desde el respeto y la consideración que se debe a una persona de tan alta relevancia social como es el caso del Pontífice, creo que, en este caso, está cometiendo un error de bulto. Tratar de modificar usos y costumbres tan arraigadas en el acervo católico, sin motivo ni razón para ello, es generar malestar sin contrapartida de beneficio. Si, subrepticiamente, lo que se pretende con ello es desviar la atención de los verdaderos e importantes problemas que actualmente están removiendo los cimientos del Vaticano, no me parece que éste sea el mejor método ni el camino más adecuado para conseguirlo.
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