Reflexionando con Juan Antonio Valladares Álvarez
Leída con interés su respuesta a un artículo publicado en LNE con anterioridad y sin tener parte a priori en este debate he de confesar que me veo muy de acuerdo en la esencia de lo que expone, sin embargo quisiera plasmar aquí algunas reflexiones que se me vienen, si bien reconozco que no voy a aportar datos tan abrumadores como los suyos, creo que seré capaz de arrojar nuevos enfoques y -espero-, estimular el debate.
El argumento de que "El resultado posterior a la eliminación de una especie puede ser casi lo mismo que la situación precedente o por contra puede alterar mucho el aspecto original. En cualquier caso al final se llegará a otro equilibrio, siempre dinámico, y punto" es rotundamente cierto, sin embargo vayamos más allá y atendamos a Laplace cuando dijo que debemos considerar la actual situación del universo como consecuencia de la anterior y causa de la situación siguiente, que es más amplio. Desprendamos de ello que la actual situación de Picos no es más que eso; un estado transitorio, por mucho que nuestro orgullo nos haga creer que unos pocos miles de años de pastoreo son la historia toda.
Y ahora pormenoricemos, es cierto que la desaparición del lobo, del corzo o de la lavandera pueden no ser determinantes, apenas unos pequeños accidentes regenerables, y bien, siguiendo esa línea ¿cuánta sangre podrían sacarnos a usted o a mí, un litro, dos, dos y medio? ¿Cómo determinar el punto de no retorno, la incapacidad orgánica para reponer la perdida? No dudo que existan unas tablas indicadoras, sin embargo se me ocurre que cada individuo tendrá su punto crítico. Y llegados aquí por qué no meditar sobre el punto de no retorno del organismo Picos.
Cierto que el lobo no es relevante para el planeta, como no lo serán sus ganados para los vegetarianos, un decir, incluso a mí, degustador empedernido de los solomillos asturianos, podría suplirlos con bifes argentinos si se diera que otro competidor desplazara a los pastores cantábricos. Pongamos que alguien tuviera la ocurrencia, basada en sesudos estudios comerciales, de implantar allí al tigre siberiano, al irbis, que se adaptarían bien quizás. Tal vez se generarían nuevos recursos, de cualquier tipo, por muy circense que nos pueda parecer, y los Picos de Europa seguirían estando allí, consecuentes de la situación precedente y causantes de la posterior, con un paisaje algo variado pero estable al fin y al cabo, con sus automatismos y sus equilibrios, aunque mientras los felinos se comieran de vez en cuando a diez o doce vacas subvencionadas y los escaladores tuvieran que dormir colgados sí o sí. Habla usted de ecosistemas óptimos y se me viene de repente Australia, las ovejas y los dingos, un saludable universo de exotismos que configuran una nación prospera, aunque no puedo más que preguntarme sobre la opinión al respecto de los titulares tradicionales del territorio, en su situación precedente, claro.
Pero no seamos cínicos. La especie Homo Sapiens no se debe comparar en todo a las demás, sencillamente porque su vuelo es un don, no la medida del mundo. Y no es irrelevante el detalle, convenga conmigo que nuestro nivel de conciencia nos exige una moralidad que, en cualquier caso, debe alejarnos de una explotación codiciosa de los recursos finitos del planeta. Conste que no digo que sea el caso de los pastores de Picos, pero no está de más temernos. En los años setenta esos nativos amantes de su entorno echaban pesticidas y venenos por arrobas, mataban sin compasión a especies que consideraban dañinas, y no sólo hablo del lobo, sino de aves rapaces, anfibios, reptiles, invertebrados, en fin. Sencillamente porque a su entender eran alimañas perjudiciales. Ha cambiado mucho la mirada al respecto aunque aún hoy está extendido en todo el medio rural el desdén hacia los listillos de la ciudad que no saben nada del campo, es un hecho que la gente de este medio es muy conservadora en cuanto a sus actitudes, en todo el mundo, no se me alteren, por ello no está de más que se les insista con nuevas miradas simplemente porque en el medio que queremos y necesitamos son ellos actores principales.
Considere también un elemento que a mi parecer usted elude y que a buen seguro conoce mucho mejor que yo y sobre el que podría ilustrarme sin duda; hay especies que por diversas causas se convierten en lo que llamamos plaga. No sé con precisión como se determina que alguna lo sea en tal o cual circunstancia, pero sí que, en esta situación de la historia, es el sapiens quien decide regular a la mayoría de ellas a fin de no padecerlas. Y paradójicamente es esta especie una plaga, en esto no sé si estará de acuerdo y yo lo creo firmemente, de manera que los códigos morales erigidos por la especie deberían actuar para frenarla, reducirla al menor tamaño posible no con el fin de salvar al canis lupus, al falco subbuteo o al unica unica sino al hombre mismo. Puro egoísmo, ya ve.
En cuanto a su notoria confrontación con el ecologismo militante permita que le haga reflexionar en cierta dirección, y mire que no puedo estar más de acuerdo en la afirmación de que algunos vivimos dentro de "su poster". En cierta ocasión un geógrafo, director de un parque nacional, me dijo textualmente; "los ecologistas bullangueros no tienen ni idea, pero son necesarios, porque levantan liebres" y no puedo estar más de acuerdo, pues hasta los más desatinados están de nuestro lado, del suyo, del mio...
Para acabar no me resisto a exponer aquí un tema que me araña las tripas desde hace tiempo y ahora, al parecer defendido por usted, se me hace que voy a compartirlo. Las quemas.
Cierto, no vamos a llamarlo incendios. En una ocasión, ante un puente en deplorable estado en un lejano país, pregunté a un paisano si era el único paso y me contestó que era seguro "nunca se había hundido". Natural, un puente sólo se cae una vez. Ante la pasmosa visión de las noches de primavera de docenas de fuegos, fueguitos o lumbrecitas que medran por doquier y ante el aserto científicamente testado del "nunca pasa nada" me espanto ante el espectáculo, no de las llamas a su albur, sino de la tranquilidad del paisanaje. Aporta usted el irrebatible dato de un 40% de semillas que precisan de la ceniza y a mí lo empequeñece la cifra del 0,00000X% de probabilidades de que en una de esas sí pase algo. No se me escapa que alguien como usted será cuidadoso al respecto, pero ambos sabemos que muchos no, y es muy guapo darle candela al mato y bajarse corriendo a tomarse unos cubatas al bar, y presumir ante un turista al que se comerían crudo untado de queso de cabrales que "nunca pasa nada".
Pues si pasa, ya lo ve, a veces, y luego lloramos. Urge una regulación intensa al respecto y un control mucho más estricto de esas quemas con las repercusiones punitivas que hagan falta. Porque los Picos, la montaña asturiana, no es de los pastores, no es su cortijo heredado donde puedan hacer y deshacer, y si no queremos ponérselo fácil a los especuladores desalmados que nunca faltan deberemos comenzar por defendernos de nosotros mismos, y no valen corporativismos, es tan enemigo el inconsciente que quema como el que quiere acabar con el pastoreo, aunque comparta nuestro apellido.
Finalizo haciéndole saber que a partir de ahora hago mía su frase de que quien no ama a Picos con su paisaje humano no ama a Picos, aunque en algunos aspectos no compartamos opinión.
Un saludo.
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