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A la presidenta de Hunosa

9 de Diciembre del 2012 - Sixto G. Fernández Porrón (La Fresneda)

LLeí con mucha atención el manifiesto de intenciones de doña María Teresa Mallada, publicado el último domingo en las páginas de su diario. Y como técnico jubilado de la empresa, como minero y como asturiano, no salgo de mi asombro.

Presume la citada de asturiana, de minera, de orgullosa de su tierra allerana, de haber bebido y vivido la mina desde la infancia e inmediatamente inicia una crítica demoledora hacia los que hayan, o hayamos, podido pensar, analizando la situación del pasado reciente y la actual de la empresa y la minería en general que el futuro de las minas asturianas se adivina muy negro, salvo milagros económicos o catástrofes mundiales modificadoras de las relaciones energéticas, es decir, las espera el cierre.

¿Es que ésa es una opinión muy equivocada? Tal le parece a la presidenta, pues a los que así se expresan les dice de todo, parece que con la intención de calificarlos negativamente, por no decir de insultarlos. Pero, curiosamente, en su afán, se equivoca. Nos llama, me incluyo entre los afectados, adivinos, zahoríes, nigromantes, agoreros, como algo negativo, cuando cualquiera de esos vocablos tiene un sentido muy positivo si las expectativas de futuro que predicen se basan en hechos, señales o datos fiables y palpables. Y, para mantener la esperanza de la continuidad de las minas, como la dirección de Hunosa sabe muy bien, parámetros alentadores hay muy pocos, por no decir ninguno. Y, por si hubiese alguna duda, creo que doña María Teresa debiera recordar las recientes y drásticas medidas tomadas por el ministro de Industria, el señor Soria –por cierto, del mismo partido político que la nombró para el cargo que ostenta–. ¿O ésas también se deben a los malintencionados?

Respecto a los intentos de expansión empresarial en el extranjero, como ella sabe muy bien, no habla de nada nuevo pues los intentos de Hunosa de diversificación y exportación de técnicas y conocimientos ya se iniciaron, al menos, en los años ochenta con diversa fortuna y no dejarán de tener futuro por lo que digamos algunos sino por la eficacia de sus técnicos y comerciales en cualquier intento de aplicación, a lo que se ha de añadir una aportación imprescindible de la diplomacia gubernamental en los países a pretender.

Recomienda a los trabajadores mayor aplicación en el tajo y menos cortes de carreteras olvidando, ya que presume de asturiana y minera, que de los logros sociales y salariales conseguidos históricamente ni uno solo se alcanzó aplicándose en el tajo, desgraciadamente para los mineros, que, por otra parte, nunca dudaron de sudar lo necesario y mucho más para que la empresa saliera adelante. No todos los errores fueron de los trabajadores, ni mucho menos, en el devenir de la minería, y particularmente de Hunosa.

Ofrece doña María Teresa su trabajo y su tesón, a la vez que critica la falta de colaboración en su esfuerzo, y pide, por encima de todo, unidad. Cuando menos, resulta curioso que lo haga después de haber suspendido la entrega de medallas de Santa Bárbara, un acto en el que los mineros de muchos años reciben un obsequio simbólico y un dinero en reconocimiento de toda una vida en la mina, delante de sus mandos más significativos y ante el aplauso de sus compañeros. Un momento inolvidable para cada uno, casi siempre acompañado de sus familiares, en el que el orgullo de la profesión se manifiesta con un sentimiento indescriptible. Pues bien, la presidenta de Hunosa –minera, asturiana y orgullosa de serlo según sus palabras– ha privado a los trabajadores premiados por primera vez de esa posibilitad, de un acto que se viene celebrando desde hace muchas décadas.

Les envía la medalla y el dinero por paquete postal.

¿Y les va a enviar los aplausos de sus compañeros y la mirada orgullosa de sus familiares?

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