Don Ricardo Ruíz Arias, apuntes
Señor Arias, lo primero usar correctamente el lenguaje; yo no digo llamarme José Luis Peira, sino que me llamo así, y no podría ser de otro modo ya que para publicar cartas en esta sección de LNE es preciso acreditarse, como supongo que usted sabe.
Dos. Ya que veo que apenas ha entendido mi carta albergo razonables dudas de que sea capaz de entender esta, y le confieso que siento cierta desidia de escribirla, pero mire, ya que percibo cierta acritud de su parte me voy a tomar la molestia de hacerlo y a -tratar- de aclararle algunos aspectos que se empeña en no entender a pesar de que escribo bien claro.
Tres. Comencemos con El Foro de la Familia, la cita en el último párrafo de la carta se dirigía, y así constaba, al vicepresidente asturiano de tal institución, que en una carta de parecido tono a la suya (publicada con fecha 13 -nov-2012, LNE) decía textualmente que la ley de matrimonios homosexuales era nefasta para España. Ignoro si es usted o no parte de tal institución pero si la airada lectura de mi respuesta no le hubiera cegado hubiera sido capaz de diferenciar mi secuencia de argumentos.
Cuatro. Aludir a la hemofilia para construir un argumento no es en absoluto falta de respeto, se sobreentiende que en un discurso o diálogo se vendimian ejemplos al azar y jamás se esgrimió tal alusión con el ánimo de ofender, no ha sido tampoco capaz de entender esto tan simple, debe ser que lee usted muy por encima. No le voy a dar una clase de biología, o de biogenética, pero le insisto, siguiendo con su adjetivo argumental, que cruces de cables en la Naturaleza son todos; la homosexualidad, la hemofilia o tener los ojos verdes, y por eso, sólo por eso métaselo en la cabeza, no se les pueden restar derechos a los ciudadanos, dígame donde encuentra la falta de respeto.
Cinco. Por mucho que diga que un matrimonio es esto y lo otro y que sirve para tal o cual cosa resulta que unas leyes que nos rigen han determinado que personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio con sus derechos y deberes, como también pueden sacarse el pasaporte o hacerse socios del Oviedo, allá ellos. A mi esa ley me parece acertada, lo cual es asunto mío, pero me irrita es que a ustedes, por algo que les afecta nada más que en la fibra moral -de su moral, no la de todos- estén empeñados en restar los derechos de otros. Como en Estados Unidos hace sólo cinco décadas sucedía con los negros, también entonces unos fanáticos auguraron la destrucción de la nación si se les ampliaban derechos y deberes.
Seis. Sus argumentos, en fin, son lo que son, pero permita que me anime a explicarle algo sencillo; en el improbable caso de que todos los humanos llegaran a ser homosexuales le informo, por si no ha leído prensa en los últimos veinticinco años, de que la preservación de la especie estaría garantizada gracias a las múltiples técnicas de reproducción existentes, pero el extremo es tan improbable como que todos los humanos sean estériles. Así que quede tranquilo, seguiremos siendo muchos miles de millones.
Siete. Nada que objetar a su argumento de la mala imagen que a su parecer dan en sus manifestaciones los homosexuales, le aclaro de nuevo que yo tengo mis opiniones sobre los hinchas celebrando copas o el público que sigue al Papa, y ya aprovecho y comparto esto último con usted, ya que viendo la gazmoñería de los más, con sus banderitas y sus guitarritas, se me generan dudas respecto a una de las mayores religiones del planeta.
Ocho. No era mi intención lucirme, como erróneamente me atribuye, ya que para ello afortunadamente dispongo de otros espacios, y por descartado que no me han dado ningún revolcón, ya que para ello hacen falta algo más que un ramillete de de argumentos infantiles.
Cierre. Me despido adelantando que por lo que a mí respecta queda concluido este tedioso debate, son más altas mis miras y, no vaya a ser, que aquel que nos leyera terminara por no notar la diferencia. Kant Dixit.
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