La osadía se llama Neira
El primer síntoma de la falta de humildad es la arrogancia, la altanería, la soberbia. Vestigios claros de inseguridad para enfrentarse a la realidad de sus vacíos. A cambio, son los demás quienes no están a la altura de las circunstancias y el presuntuoso se erige en juez universal. Casi un dios vivo insuflado con la gracia de la ciencia infusa; conocimiento innato que le hace percibir la realidad tan distorsionada que el fatuo, situado en un plano superior, se cree incluso capaz de valorar a personajes tan elevados que, por sí mismos y su obra, son paradigma de la racionalidad. Hombres y mujeres que hacen a la especie humana acreedora a la semejanza divina, alejada del reino animal irracional.
Digamos que hablo de Javier Neira y su enfermiza necesidad de meterse en charcos de los que desconoce su profundidad. La temeridad de este individuo, que comienza haciendo químicas para terminar en historias e historietas, no tiene límites. Se atreve con todo. Podría decirse que la osadía desnuda del complejo ignorante se llama Neira.
Investigación científica y técnica, artes, ciencias sociales, deportes, letras, comunicación y humanidades, no tienen ningún secreto para él, aunque, en lo que de verdad sobresale es en arquitectura moderna. Es su fuerte junto a la música con mayúsculas; ese arte concreto que te transporta al abstracto. ¿O tal vez sea al revés? No sé.
Uno se pregunta: ¿qué especie de locura, supongo transitoria, puede hacer que una persona se erija en juez de una figura sobresaliente en el ámbito de la arquitectura sin tener ni pajolera idea de arte, a no ser el que estudió de mozalbete? Es cierto que el papel lo soporta todo estoicamente. Si se pudiese revelar contra las atrocidades impresas, a Javier Neira le haría un favor impagable.
Para esta semana recomendamos vivamente a todos aquellos seres humanos a quienes los dogmas ideológicos les cubre con el velo de ese concepto filosófico llamado irracionalidad, hagan más el amor. Además de saludable relaja las vísceras.
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