Melodías de arrabal
El 9 de diciembre tuvo lugar en el Filarmónica un gran espectáculo de tango a cargo de la voz de Mariel, de los instrumentistas (guitarra, bandoneón y piano) Alejandro, Fernando y Federico, y los danzantes Romina y Milton.
Mariel, una señora esbelta y bien plantada, no sólo era la cantante sino también la que llevaba la voz cantante del grupo, presentadora de los números, y comentarista entonada a lo largo del espectáculo. Es difícil saber lo que más encandiló al público, si su perfecta interpretación de los tangos, o la elegancia de su prosa al dirigirse a los espectadores.
La actuación se inició con la canción «Buenos Aires», e incluyó obras de Carlos Gardel, como «Cuando tu no estás», en que Mariel, acompañada por el trío instrumental, desveló desde el inicio su sabiduría tanguística, sus maneras y sus posados. Junto a obras de otros compositores menos conocidos acá, no podían faltar las de Astor Piazzolla, con su vibrante «Libertango» para bandoneón, ni el famosísimo «El Choclo» de «El Negro Casimiro» y Villoldo, para instrumentos. Entre el repertorio para bandoneón, algunos echamos de menos «La casita de mis viejos» de Juan Carlos Cobián, con su atemperada añoranza.
El clima pausado, pero con chispa, lo creó sobre todo Mariel. Por su parte dos de los instrumentistas eran pródigos en sonrisas, en contraste con el bandoneón que parecía un misántropo ceñudo, con un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro, creando un ambiente de cabaret bonaerense. Su interpretación, excelente.
Contribución especialísima al éxito del espectáculo la ofreció la pareja de danzantes, Romina y Milton, habilísimos en todos los pasos de tango, y con todas las «zancadillas» y «golpes bajos» propios de este arte; y sin faltar las habituales acrobacias del patinaje artístico en pareja, que enardecieron al público.
Se echó de menos la mención del notable compositor de tangos Enrique Santos Discépolo, aunque sus tangos, para varones desesperados, no tenían cabida en el repertorio femenino-vocal de la velada.
El espectáculo concluyó con la interpretación de un tango, que el guitarrista presentó, con picardía, como «de mi propia autoría», y que resultó ser la famosa «La Comparsita». Ésta se interpretó simultáneamente por los seis actuantes, de forma espectacular. El dilema estaba entre poner el oído en la voz de Mariel y los ojos en los bailarines, o alternar la mirada entre éstos y aquélla. ¡Mucha mina Mariel para perderla de vista todo el rato!
José María Izquierdo Ruiz, Oviedo
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