Netanyahu, cero en Historia
El pasado 28 de noviembre la ONU admitió –con 138 síes y 9 noes– a Palestina como estado observador. Esto no ha gustado al primer ministro israelí quien, como respuesta a esta votación va a proponer medidas contra los palestinos; entre ellas la de permitir nuevos asentamientos de colonos judíos en Jerusalén Este, con lo que Cisjordania quedaría partida en dos: la zona de Jenín, Nablús y Ramala al Norte, y la de Belén y Hebrón al Sur, sin contar con los 400 kilómetros de muro de aislamiento ya construido en 2007, y los 700 previstos.
Sin entrar aquí en el fondo de la cuestión, sorprende el mensaje del premier israelí para la Asamblea General. «La resolución no va a cambiar nada sobre el terreno... no hay decisión de la ONU que pueda romper 4.000 años de vínculo entre el pueblo de Israel y la tierra de Israel».
El itinerario del patriarca Abraham desde Ur, y de sus descendientes, a través de Sucot, Siquén, Betel, el Neguev, Egipto, Betel de nuevo y Hebrón... fue la mera trashumancia exploratoria de una familia que con Jacob alcanzó los 70 miembros, integrados por sus esposas (excepto aquella hermosa mujer que por dar vida dejó la suya), 11 de sus hijos, hijas, nietos y nietas, que llegaron a Egipto para quedarse al amparo de José. Cuando salieron de allí 430 años después, para pasar el Sinaí y llegar a la tierra prometida, ya eran 600.000 varones adultos.
Fue aproximadamente en el año 1250 a.C. cuando, por obra pionera de Moisés, continuada por jueces y reyes, tras belicosas acciones, se asientan los hebreos en tierras de los cananeos y demás habitantes que las ocupaban desde tiempos remotos.
A partir del reinado de Salomón, cuando se separan Samaria y Judea, y salvo períodos como el de los macabeos, el territorio es dominado por macedonios, egipcios y romanos. Ahora, la disminución del territorio disponible, en relación al impulso reproductor de los judíos, les lleva a iniciar la diáspora, con la que surgen prósperas comunidades judías en Antioquía, Alejandría, Roma y demás. El impulso final a una diáspora –que habría de durar 1.700 años– lo dio la represión de Adriano ante la vigorosa revuelta judía del año 134 d.C.
En conjunto, la vinculación material del pueblo judío con tierras palestinas fue de unos 1.400 años, y no de 4.000. Cosa distinta es la vinculación afectiva, sobre la que otros pueblos también podrían hablar; y en presente de indicativo.
Fue sobre todo la ulterior ocupación árabe, que se prolongó durante el imperio otomano, la que repobló el territorio, quedando los judíos en franca minoría, hasta el punto de que a mediados del siglo XIX sólo quedaban 15.000 israelitas. La entrada de éstos en Palestina se inicia a fines de dicho siglo, aumenta a causa de su persecución en Europa, se acelera con la derrota de Turquía en la gran guerra, y se dispara cuando la Sociedad de Naciones divide en dos estados el territorio, de los que –ya lo ha dicho Netanyahu– sólo habrá uno.
A este propósito cabe recordar que en el reparto posdiluviano de las tierras de la región, entre los hijos y descendientes de Noé, a los de Sem les correspondió Mesopotamia, a los del Jafet, las islas, y «a los cananeos de Cam, el territorio desde Sidón hasta Gerar, cerca de Gaza, y hasta Sodoma, Gomorra y Zaboiim, cerca de Lasha (Génesis 10,19); es decir, más que la actual Palestina.
Dicho reparto de tierras ocurrió hace más de 5.000 años.
José María Izquierdo Ruiz
Oviedo
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