Proporciones
Me llevó el coche la grúa, sí. Un despiste porque yo nunca aparco en lugar prohibido. Era de noche, fin de semana, salía un coche de una zona de carga y descarga, y aparqué. Las señales no se veían muy bien con esto de que las farolas de Oviedo, diseñadas en sabe Dios qué siglo, pensadas para tener no se cuántos brazos, casi tantos como un pulpo, sólo uno tiene luz, aunque más bien lo intenta; qué cosas, con lo caras que dicen que son, con su pie de granito... Pero no nos desviemos: estábamos con el coche en carga y descarga, y voy por él dos horas más tarde cuando veo a una grúa cargando otro en la misma zona ya casi despejada y el mío no estaba. Voy incrédula a mirar la señal –desde cerca que la languidez lumínica no permite audacias ópticas– y, efectivamente, pone «Reservado carga y descarga», pero debajo no trae el típico «de 8 a 20», sino «24 horas».
Languideces a parte, y por muy poca intención de saltarme la ley que yo tuviera, había metido la pata y tocaba pagarlo. De camino al depósito imaginaba que con la brillantez de la gestión pública actual, con lo amable que se ha vuelto la vida y con la comprensión permanente de los poderes públicos hacia el ciudadano hacia sus problemas y circunstancias, la sanción sería proporcionada... «Son 290 euros; si paga antes de veinte días, 190», eso me dijo el operario tras el cristal: 90 por el arrastre y 200 de multa.
Depositaba en el depósito otro coche la grúa, el guardia rellenaba otra sanción y el chófer cargaba los carros de ruedas pequeñas, y pensaba yo que en absoluto era un coste desproporcionado para un despiste, la verdad: parecía hecha a la medida de las características de los gestores públicos y de sus proporciones. Además, igual aparcar allí comportaba un riesgo grande para la seguridad vial, ¿quién sabe?. Por otra parte, como yo pertenezco a ese mundo de los privilegiados –ahora ya no hace falta tener un yate, o un coche oficial, basta con un trabajo– pues debía contribuir de forma adecuada, proporcionalmente: trabajando durante cuatro días si pago antes de veinte días, o seis días, si lo hago más tarde. La verdad, me dio mucha pena pensar cuánto tendría que pagar, por ejemplo, Emilio Botín si, en un despiste similar, lo sancionaran con esa proporción. Pobre. De camino a casa barrunté que el guardia y el operario, con los recortes, cobrarían un 12% menos, como poco, y del chófer de la grúa ni a hablar me atrevo, que es de una empresa privada, y no parecía que la multa se redujera en esas proporciones... Pero pensé que no hay que ser tiquismiquis; además, alumbren o no, hay que pagar las pulpofarolas de fundición con su pie de granito, por no hablar de otros gastos aún más pétreos.
Entrando en el portal me pasó por la cabeza que quizás la grúa, aprovechando la singularidad de la señal, igual pasaba todas las noches por allí a cazar despistados, pero no –me dije–, el agente tenía cara de buena gente, y además, maldita la gracia que le hará desplumar a privilegiados cuando le pagan un 12% menos, por muy privilegiado que él mismo se sienta. Ya en la cama, y sin entender que no pudiera pegar ojo, decidí ver la prensa en una «tablet» y leo que el Gobierno acaba de indultar a cuatro torturadores, y que poco tiempo atrás hizo lo propio con varios políticos prevaricadores, otros tantos corruptos y algunos malversadores. Me dormí tranquila concluyendo que muy pocas cosas he visto tan proporcionadas a estos tiempos como esa multa.
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