El guarda de seguridad de la Catedral de Oviedo
El día 8 de diciembre, la Inmaculada Concepción (supongo que en todos los festivos y fiestas de guardar), la Catedral pone a un «guarda de seguridad» trajeado en la puerta, echando el cerrojo cuando hay misa e impidiendo el tránsito de tanto no confesional (aunque creyente) que haya por el mundo. Ante tal sorpresa, y requiriendo un poco más de formación (tal vez, sí, lo reconozco, de una forma un tanto brusca, dada la actitud desafiante y despectiva del salvaguarda de la fe católica), da una respuesta ingeniosa: los servicios religiosos son para rezar (como si no se pudiera hacer fuera del servicio religioso) y (esto es lo verdaderamente ingenioso) que para eso «es mejor solo que mal acompañado» (en referencia a lo indeseable de nuestra presencia en el santo sitio en hora litúrgica).
No voy a entrar en contenidos, porque estoy segura de que el cancerbero de la Catedral tiene las razones lógicas de su mano (tampoco se dignó a explicarlas de forma comprensible y alternativa al abigarrado cuadro horario informativo de entradas, salidas, misas y confesiones), y la actitud de la persona que iba conmigo era realmente de estar airada porque se ofendía a su fe (a diferencia de mí, creyente de las de agua bendita al entrar y genuflexión ante el altar...). Lo bueno es que ¡estoy de acuerdo!, me gustaría que el Estado fuese plenamente laico, que la Iglesia estuviera «sola» en financiación, fuera de los centros educativos como asignatura que debe ofrecer la enseñanza pública y que el dinero de los impuestos no financiaran a la Iglesia por ser Iglesia, sino que fuera yo misma y cualquier otro visitante de las catedrales como obras de arte los que pagásemos religiosamente nuestra entrada, y que compatibilizaran horas de visitas con servicios privativos litúrgicos, con un recibimiento serio, pero respetuoso, dando información de forma clara, como la que se recibe del que nos atiende en un museo o similar.
De todas maneras, esta misiva no es reivindicativa, sino de resarcimiento a una querida amiga que, ironía aparte, tiene el bonito nombre de «altar del cielo» y que se vio ofendida y cuestionada en su fe y en el respeto a la oración el día de la Inmaculada Concepción.
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